• domingo, 21 de julio de 2024
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Opinión / A mí no me líe

La nueva tómbola de Cáritas de toda la vida

Por Javier Ancín

Avanzaba este fin de semana por el paseo de Sarasate y al entrar en el pasillo de la tómbola de siempre, es como si el mundo se hubiera puesto del revés, como si me hubieran cambiado la ciudad, dándomela la vuelta, como si un espejo la hubiera reflejado para meterte a ti, espectador, dentro.

Todo cambia para que siempre quede igual. Es Lampedusa en su Gatopardo, el final, pero podría ser nuestra vida dando comienzo. Una metáfora, dicen, pero quizás solo sea un guión. Vete tú a saber si en realidad todo está escrito ya, en algún lado. Los creyentes lo llaman Dios, los que no creemos en nada no lo llamamos, solo nos dejamos sorprender por sus pruebas al comentario de ‘qué curioso esto’. Y tan curioso...

Las cosas cambian constantemente, de una forma tan sutil, como las aplicaciones de los móviles, todo ha cambiado en esta pantalla, pero el qué exactamente, porque todo está igual, todo parece estar igual, que a veces no lo vemos y nos entretenemos buscando el pasado que ya no existe. Es como jugar a los antiguos pasatiempos de encontrar las siete diferencias en dos dibujos, que son el mismo, sin serlo, pero en la realidad animada, en la analógica tresdé.

Avanzaba este fin de semana por el paseo de Sarasate y al entrar en el pasillo de la tómbola de siempre, es como si el mundo se hubiera puesto del revés, como si me hubieran cambiado la ciudad, dándomela la vuelta, como si un espejo la hubiera reflejado para meterte a ti, espectador, dentro. ¿Qué ha pasado aquí, que paseo por dónde siempre he paseado y parece que todo es diferente... sin serlo? Qué sensación más curiosa esta, en la que todo está donde tiene que estar pero cuando alzas la mirada todo queda donde no tendría que estar.

Parece Matrix, un fallo en el sistema, o quizás de forma más precisa la Tenent del director Nolan hecha provincia: el pasado se pliega sobre el futuro y la realidad se confronta con la irrealidad, hasta quedar unidas a la perfección contornos que eran diferentes. Marea, pero es un privilegio estar aquí metido, recorriendo un camino donde la física tradicional suspende sus leyes, donde tú ya no sabes si estás cabeza abajo o con los pies en el techo, caminando.

Arriba y abajo en realidad no existen, son la representación de la tierra en relación a la nada. Un convencionalismo más que damos por hecho. Los globos terráqueos podrían haberse representado desde el primer momento con Australia arriba o Alaska abajo, girados ciento ochenta grados, un saludo Virginia Díaz, y seguir todo en su sitio.

El rojo de los semáforos podría haber indicado pasar y el verde parar y todo seguiría teniendo el mismo sentido. ¿Quién conduce al revés, los automovilistas británicos o los continentales? Ninguno, todos conducen por el lado correcto, aunque sea el opuesto y cada uno entre en las rotondas girando el volante a favor de la manecillas del reloj o en su contra, dejando el centro unos a la derecha y otros a la izquierda.

Han permutado de lado todo, si miras hacia el edificio de la Diputación, los premios ahora se recogen en el lado izquierdo y los boletos en el derecho. Y eso para quien la simetría es valor supremo de la existencia, es una dislocación del universo intolerable, porque sigue siendo simétrico a sus recuerdos pero de una forma completamente diferente. Opuesta. Afortunadamente todo funciona tan bien como siempre ha funcionado.

Todo ha cambiado para siempre pero está igual. Ha quedada inaugurada la tómbola de Cáritas... la tómbola y su nueva estructura, y que sea por muchos años. Compren boletos y aunque parezca que todo es imposible algún niño seguirá volviendo feliz a casa montado en ella, porque le ha tocado la bici, como siempre ha sido. Y eso es todo.


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La nueva tómbola de Cáritas de toda la vida