• domingo, 14 de julio de 2024
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Opinión / A mí no me líe

Por qué los Sanfermines son universales

Por Javier Ancín

Se diluye tanto la ciudad que aquí caben todos en ella, da igual de dónde seas, dónde hayas nacido, estos días, si lo quieres, puedes ser de Pamplona de toda la vida. O ni tan siquiera eso, puedes ser de un espacio común que compartimos todos y que está a mitad de camino entre la alegría, el jolgorio, la amistad, el respeto y el vivir y dejar vivir.

6 de julio. Primer día del año, porque en Pamplona tenemos dos comienzos anuales: el genérico 1 de enero y nuestro particular 6 de julio, hoy, que da inicio al ciclo Sanferminero. O lo concluye, porque en Pamplona vivimos más esperando que otra cosa. Somos una ciudad sin mar que aguarda en el puerto, oteando el horizonte, a que llegue este día, a que empiecen las fiestas de San Fermín.

Si paseas por las calles lo que encuentras no son calendarios ni relojes que indiquen el tiempo y su transcurrir, sino cuentas atrás. Queda un segundo menos, un minuto menos, una hora menos, un día menos... y hoy se pone fin a la angustia de la travesía.

Porque hay mucho de eso, una liberación, una paz que brota cuando consigues los retos, una alegría desbordante de volvemos a estar aquí, otra vez, traspasando la meta del chupinazo. Hemos sorteado mil peligros, hemos visto caer a compañeros, hemos estado a punto de descarrilar muchos de nosotros pero los volvemos a vivir. Seguimos vivos y vivos los vamos a disfrutar. A nuestro ritmo, a nuestra bola, porque hay tantos Sanfermines como personas.

No sé si sin las mejores fiestas del mundo -supongo que no, sería demasiado pretencioso creerlo-, pero sí que son las más universales. En Pamplona, una ciudad tan enfermizamente identitaria, con fronteras tan marcadas entre nosotros, entre nuestros barrios durante todas las semanas del año, es un misterio cómo desaparecen esos límites durante estos días de San Fermín. Hoy las murallas caen.

Mientras las demás ciudades que conozco en sus celebraciones se cierran, haciéndose muchas de ellas impenetrables, Pamplona, que vive impermeable durante el año casi hasta el hermetismo absoluto, se abre, acogiendo a todos, sin distinciones. Los Sanfermines nos hacen mejores personas. Ojalá que durante el resto del año pudiéramos mantener este espíritu tan saludable porque nos iría mejor.

Aquí a nadie se le exige nada, nadie te pregunta de dónde vienes ni por qué vienes, un pañuelo rojo y una vestimenta blanca, a lo sumo, que para todos, incluidos los pamploneses, es extraordinaria, y a discurrir a tu gusto, a tu aire, a tu paso por estos nueve días con sus nueve noches.

Se diluye tanto la ciudad que aquí caben todos en ella, da igual de dónde seas, dónde hayas nacido, estos días, si lo quieres, puedes ser de Pamplona de toda la vida. O ni tan siquiera eso, puedes ser de un espacio común que compartimos todos y que está a mitad de camino entre la alegría, el jolgorio, la amistad, el respeto y el vivir y dejar vivir. Por eso durante estos días hay tan pocas peleas entre el personal, porque algo cambia en el ambiente que hace que todos nos toleremos mejor, que hace que los conflictos se puedan resolver brindando y con un abrazo.

Quizás tiene su explicación en que ese santo, San Fermín, no es el patrón de Pamplona sino copatrón, junto a San Francisco Javier, de Navarra y desde siempre estas fiestas no han sido las particulares de la ciudad sino las universales de Navarra entera. Unas fiestas de Navarra que se desarrollaban en su capital y de ahí, por esa generosidad que siempre ha estado en la esencia de la urbe, la de no ser protagonista sino escenario del festejo, con la colaboración de Hemingway y una novela que para mí es una joya literaria, pudieron dar el salto al mundo entero sin ningún tipo de problema.

Y que dure, durante muchas décadas, durante todos los siglos que haya. Y que lo veamos. Y que lo disfrutemos. Viva San Fermín y aúpa Osasuna. Y eso es todo.


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