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Opinión / A mí no me líe

Remírez vuelve y escribe Servinabar

Por Javier Ancín

¿Si tan bueno para Navarra es recuperarlo, por qué lo cesó? Es la primera pregunta que tenía que haber respondido Txibite. Silencio.

María Chivite junto a Javier Remírez en el parlamento de Navarra. PABLO LASAOSA
María Chivite junto a Javier Remírez en el parlamento de Navarra. PABLO LASAOSA

Hace unos días tuve la suerte de ver el preestreno de La Grazia, la última película de Sorrentino. Un Toni Servillo portentoso daba vida a un presidente de Italia que se enfrenta a dilemas morales y que trata a toda costa de encontrar la verdad. Y no pude sentir más melancolía al compararlo con Txibite: una presidenta de Navarra enfrentada con la verdad, tratando por todos los medios de ocultarla, regida por un principio de inmoralidad para conseguir un día más en el poder.

Lo que define el gobierno de Txibite no es la rectitud, es la irregularidad. No hay grandeza en ella, que desde su comienzo como presidenta ya llegó menguada para poder escabullirse mejor por los recovecos de la falta total de ética. Apoyarse en el partido de una banda de asesinos para ser presidenta, porque te lo ordenó el jefe de tu partido, Santos Cerdán —que lideraba una banda de mangantes—, no podía traer más que desgracias.

El poder como fin. Estar en el poder, seguir en el poder, no como trampolín desde el que mejorar la vida de la gente. El poder como un lugar donde se cobra, se gana dinero, no un espacio en el que alcanzar objetivos políticos concretos: reducir las listas de espera en la sanidad, por decir algo concreto y fácil de conseguir si se quisiera. Todo es implosión.

Incluso el impulso es solo recuperar el pasado, saltando hacia atrás, colocando de nuevo de vicepresidente a Remírez, al que solo se le conoce por la inmoralidad de ser usuario de la educación concertada siendo su gobierno un ariete contra ella, atacando la libertad de las familias de llevar a sus hijos al colegio donde les dé la gana.

¿Si tan bueno para Navarra es recuperarlo, por qué lo cesó? Es la primera pregunta que tenía que haber respondido Txibite. Silencio. Ya sabemos cómo terminan las segundas oportunidades, y no por Napoleón regresando de su exilio en la isla de Elba —esos cien días que terminan con el estrepitoso fracaso de Waterloo—, sino por Ben Affleck y Jennifer López: la segunda relación aún fue más agónica que la primera.

Y ahora, en pleno enero de 2026, Txibite nos regala su enésima pirueta: una crisis de gobierno disfrazada de “nuevo impulso”. Cesa a Félix Taberna, que se va corriendo para no mancharse más con la sombra de Cerdán, aunque ya lleve el culo pringado de sentarse en ese gobierno.

¿Y para qué trae de vuelta a Remírez? Para que sea vicepresidente, consejero y portavoz, todo en uno. Un superministro que controle la comunicación, dicen, aunque lo primero que haya hecho sea cagarla con un simple tuit donde, con la que tiene el PSN encima, con su jefe Santos Cerdán imputado, no se le ocurre mejor cosa que escribir Txibite, honor, “servir” y “Navarra” juntos —Servinabar— y, a continuación, gobierno, para que cale aún más en el inconsciente de la gente lo corruptos que son.

En La Grazia, De Santis busca la verdad aunque le duela, indulta por piedad y duda con grandeza. Aquí, Txibite indulta irregularidades, duda solo de cómo seguir un día más en el sillón y encuentra la gracia en el silencio y el enchufe.

Al final, la película de Sorrentino nos deja con melancolía por lo que podría ser la política. La realidad navarra, con indignación por lo que es, el reino del chanchullo. Y eso es todo.

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