"En Tudela tienen un alcalde que mira por la ciudad navarra; en Pamplona, tenemos un alikate que se preocupa por las ciudades vascas".

El mundo, la vida, siempre va así: cuando alguien abdica, se pira, renuncia, otro ocupa el hueco que se crea. No tiene mucho misterio. Lo estudiábamos en física en el cole: en la naturaleza, los vacíos tienden a llenarse.
En el momento en que la Irroña de Asirón dejó de ser la capital para convertirse en un pueblucho decadente, supeditado a lo que mandaran sus amos vascos, Tudela aceptó el desafío y pasó a ser la primera ciudad de Navarra. El impulso navarro hoy, quien tira del carro de la Comunidad Foral, del económico, del existencial, del cultural, viene de la Ribera.
No hay que darle muchas más vueltas; si miras la realidad de Tudela y la de Pamplona, Tudela es una ciudad con una potencia industrial al alza y Pamplona a la baja. Mientras que en Pamplona solo crean funcionarios, ventanillas, tapones de plástico amarrados demencialmente a la botella, en Tudela han ido creando empleo, desarrollando una industria puntera que da gusto verla.
Mientras que Pamplona cada vez está más aislada —un tren que no carbura, unas carreteras que no van a ningún lado—, Tudela está a mitad de camino de un eje que cada vez tiene más fuerza: Madrid-Logroño-Zaragoza.
Tudela florece y Pamplona, enredada con sus cardos borriqueros, se marchita. Es lo que hay. En Tudela tienen un alcalde que mira por la ciudad navarra; en Pamplona, tenemos un alikate que se preocupa por las ciudades vascas: nueva ocurrencia, cederles la plaza del Castillo al partido guipuzcoano de la ETA para que se celebre en Irroña el día de la patria de los vecinos. Trasnochado akelarre aberchándal de ikurriñas como gran acto político para Semana Santa. ¡Qué perezón!
Si fuera nuestra patria, hace tiempo que nos habrían cedido Fuenterrabía para que Navarra tuviera salida al Cantábrico, un puerto propio desde el que comerciar con el mundo; pero aquí somos todos vascos para lo que quieren ellos, no para nosotros, que básicamente es para tener más territorio sin que les haga competencia, relegando a Navarra a una cosa folclórica en la que morirse de asco con chapela, cuernos en la cabeza, pellejos y cencerros en el culo.
Los aberchándales nunca quieren el bien de Navarra, solo su sometimiento; por eso jamás oirás a un aberchándal de Navarra reclamar a la Comunidad Autónoma Vasca esos ocho kilómetros que nos separan del mar y que nos darían un crecimiento, un posicionamiento para los desafíos económicos del siglo XXI, revolucionario.
Mientras Tudela hace tiempo que ha optado por el emprendimiento, por avanzar, por el dinamismo, por la productividad, por el empleo real, por el futuro de Navarra, Pamplona se enreda cada vez más en un debate identitario vasco absurdo destinado a destruirla. Cuanto más la ha acercado el partido de la ETA al País Vasco, a las neuras aberchándales, peor le está yendo.
Toquero atrae inversiones, Asirón las espanta. Tudela lidera; Pamplona, más Irroña que nunca, se apaga. Y eso es todo.