• jueves, 18 de julio de 2024
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Opinión / osasuNAvarra

La derrota en el césped evitó el funeral en la grada

Por José Mª Esparza

Despedida de la temporada con un un Osasuna sin chispa, pero con espectáculo gracias a la visita del Mallorca y sus seguidores y al adiós del capitán Oier

Lo mejor del partido, sin duda, los dos vecinos de grada, aficionados del Mallorca. Viaje a Pamplona por Barcelona y vuelta a Mallorca vía Sondika. El precio a pagar no fue tanto el dinero (algo más de 200 euros, entrada incluida) como la salud. Todo el partido en una agonía infinita, o mudos de dolor, o vaciando el alma en cada grito. La vida se les iba en cada suspiro. Las rodillas no dejaron de tiritar hasta el 0-2, la camiseta tapaba sus ojos para no ver. Creían morirse: “Yo no llego al descanso, me voy, no aguanto más” decían antes del pitido inicial. Cuanto más cerca veían la muerte más sentían la vida. Así se disfruta el fútbol. Al límite. Una suerte estar a su lado. Contagiaban.

El Sadar vistió de rojo al completo. Los rojillos, menos mal, se mezclaron con los bermellones. Si no, ocurre como en el Camp Nou con el Eintracht Frankfurt. Hasta las canciones fueron las mismas en múltiples ocasiones. Unos cantaban “Alé Osasuna, alé, alé”, y otros lo mismo poniendo Mallorca. ¡Qué más daba! Lo importante era la ilusión, el festejo, las ganas de disfrutar, de vivir el fútbol con la emoción que trajeron los isleños a Pamplona. Solo cuando el árbitro pitó el final los vecinos de grada se fundieron en un abrazo eterno, vaciados, felices. Solo entonces les llegó la catarsis. El Sadar también agradeció no provocar un funeral.

Además, tuvieron gracia. A Kike Barja (que medio se volvió sonriendo) le prometieron ensaimadas si se portaba, algunos futbolistas del Mallorca se les acercaron a preguntar por otros resultados: “El Cádiz ha marcado”, respondieron en una de ellas. Finalmente, superado el sufrimiento interminable, tuvieron premio. Tras las celebraciones, junto al grueso de la hinchada isleña, el centrocampista Sánchez se les acercó para regalarles camiseta, pantaloneta y botas. En calzoncillos se quedó. Puro espectáculo. Insisto, pura vida. Envidia sana.

Porque el fútbol es pasión, el ser y el existir apostados en cada partido. El Sadar ha disfrutado muchas tardes y noches así, algunas hacia altas cumbres, las más en una lucha agónica por la supervivencia. Así han forjado club y estadio nuestra identidad. Osasuna vibra con la necesidad. Y cuando las urgencias no llegan el equipo se pierde en la mediocridad, caso de este final de Liga, donde cumplido el principal objetivo, la permanencia, nadie ha querido poner otras exigencias comprometedoras. En tales coordenadas, Osasuna no se reconoce en el espejo.

Es la diferencia que hubo en la despedida de temporada en El Sadar entre los vencedores, merecedores de la victoria de principio a fin a base de mordiscos, y los vencidos que en ningún momento mostraron las mismas ganas ni claridad de ideas. Solo al principio pareció que podía suceder algo diferente a lo que debía ocurrir y ocurrió. El Mallorca quería salvarse, ¡casi nada!, y se salvó. Felicidades a Javier Aguirre y también al equipo isleño, a quien Osasuna también debe agradecerle aquel 4-2 al Oviedo que le permitió seguir en Primera y al presidente Javier Miranda bañarse en la Concha. ¡Qué tiempos aquellos!

Último partido sin pena ni gloria en lo futbolístico, pero con espectáculo en el césped gracias al Mallorca. Cierre de temporada con sabor a despedidas. De momento las tres anunciadas de jugadores: Oier, que deja su nombre en la historia del club, Iñigo Pérez y Ramalho, que de una forma u otra han puesto su granito de arena. Y si de despedidas se trata, no hay que obviar el adiós a la temporada. Ha sido un año con altibajos y titubeos del entrenador. Quizás, por anecdótico que parezca, el papel de Quique García en el once sea el mejor sea el mejor resumen de unos y otros. En cualquier caso, Osasuna termina con nota una campaña con un saldo final francamente positivo.


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La derrota en el césped evitó el funeral en la grada