La impotencia final, con el entrenador y director deportivo en medio de la tángana final, expresa el estado anÃmico rojillo. Sólo faltó el ‘factótum’ en el césped del Tartiere para acabar de liarla del todo.

La impotencia final, con el entrenador y director deportivo en medio de la tángana final, expresa el estado anÃmico rojillo. Sólo faltó el ‘factótum’ en el césped del Tartiere para acabar de liarla del todo.
La derrota de Osasuna guarda una lectura con la que un sofrólogo harÃa maravillas. Se ve un equipo inseguro, frágil, tembloroso. Justico. No acaban de salirle las cosas, con la consiguiente merma de confianza. Avanza poco a poco, pero no como desearÃa sino como buenamente puede, sobre todo fuera de casa. Le cuesta demasiado. No logra consolidar su juego ni su posición. En Oviedo no pudo disimularlo. Se vio con un gol a favor y le entró el vértigo, el pánico. Una escuadra engreÃda habrÃa aprovechado para humillar a otra incapaz de disparar a puerta hasta el minuto noventa, el de su segundo gol. Pero los rojillos no están para tirar cohetes. Quisieron aguantar, nada más.
Jugar a mÃnimos siempre entraña más riesgos. Nunca gana quien juega a pequeña. Encontrarse un gol a principio de partido perjudicó al equipo de Jagoba Arrasate. Tuvo la victoria, la saboreó incluso, tanto que la protegió con todas sus fuerzas, pero se equivocó en las formas. Especuló. Con noventa minutos por delante hay que ir a por más, nunca confiarse a la endeblez del rival. Un error o una genialidad del contrario te convierten de verdugo a vÃctima en un plisplás. Como sucedió en el Carlos Tartiere. El pobre trata de mantener lo poco que tiene, difÃcilmente aspira a más, y asà difÃcil salir de la miseria. Imposible.
El partido comenzó, por tanto, mediatizado por un tempranero gol que le vino grande a Osasuna. No lo supo gestionar. En lugar de ir a machacar a un rival descompuesto, silbado por su público, incapaz de tirar a puerta y hundido anÃmicamente, los rojillos se limitaron a contemporizar. En la primera parte todavÃa mantuvieron el balón, aunque no sabÃan para qué. Perdieron la verticalidad. En la reanudación se quedaron también sin la pelota, cediendo ante el empuje ovetense, que no el juego. IncreÃble, pero cierto.
En la primera mitad, con el gol a favor desde el tercer minuto, los rojillos jugaron a lo Diego MartÃnez, para entendernos. A nada o, mejor dicho, a que no jugué el contrario. Lo consiguieron. Lo que pasó después es que ese mismo rival, como no sabÃa y tampoco podÃa, tiró de otros argumentos: de ganas, de empuje, de correr más, de lucha. La misma grada que le habÃa silbado comenzó entonces a jalearle. Entre unos y otros empataron en una jugada desgraciada que además dio la vuelta a la dinámica del partido. Los papeles se invirtieron.
Lástima que Unai GarcÃa, el mejor hombre de Osasuna en este primer tramo de temporada y que habÃa marcado el gol rojillo, anotara también el autogol. No lo merece, y para nada debe minarle su ánimo o confianza. Es el cimiento sobre el que se apoya el resto de un edificio que ya habÃa desaparecido como tal en esa fatÃdica segunda parte. Con su repliegue, con su paso atrás, perdió el tesoro más preciado hasta entonces, el control de la medular. Y tras el empate se quedó sin el otro argumento del que habÃa vivido hasta entonces, la superioridad en el marcador. A partir de ahà todo fue a peor.
No merece la pena hablar de actuaciones individuales, todas trastocadas además por el desbarajuste táctico del segundo tiempo. Como botón de muestra sirva decir que el técnico tampoco acertó con los cambios. Trasmitió mensajes equÃvocos. Quitó a un delantero, Barja, para dar salida a un banda defensivo, Nacho Vidal. Después eliminó a su apuesta novedosa en el once, Torres, y sacó a Xisco, especialista en jugar de espaldas y defender el balón, pero tampoco. Y el último cartucho, el defensa David GarcÃa por el delantero Brandon, vino obligado, a la desesperada, tras la expulsión de Lillo. Cuatro minutos después vino el gol de la derrota.
Una pena que se escapara esta victoria que se tocaba con las manos, y que habrÃa supuesto un subidón de campeonato. Sin embargo, hubo cosas para tirar de ellas hacia arriba, caso de la salida en tromba o el orden táctico de la primera mitad. ParecÃa que volvieron los indios. También la actitud del equipo, que en Oviedo quedó sin recompensa por otras razones, resulta otro argumento para confiar en que el futuro debe ir a mejor.