• viernes, 12 de julio de 2024
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Opinión / A mí no me líe

Dejar puesto el vallado todo el año

Por Javier Ancín

"El vallado es algo más que la cerca para guiar a los toros por las calles, es un asidero mental para evitar el naufragio, un tranquilizante natural contra los atracones, el supresor máximo de angustias vitales pamplonesas".

Los carpinteros desmontan el vallado del encierro tras el último encierro del 2023. Maite H. Mateo
Los carpinteros desmontan el vallado del encierro tras el último encierro del 2023. Maite H. Mateo

Qué mala es la costumbre. Te instala en un estado de bienestar que llegas a creer como perpetuo. Un día divertido dará paso a otro divertido... Luego la rutina de los días felices se frena en seco, llega el 14 de julio y todo cambia, con un sencillo gesto: la retirada del vallado de los encierros.

El vallado es algo más que la cerca para guiar a los toros por las calles, es un asidero mental para evitar el naufragio, un tranquilizante natural contra los atracones, el supresor máximo de angustias vitales pamplonesas. Aún hay una nueva oportunidad, una vuelta más en la noria de las barracas.

El vallado proporciona esperanza a la fiesta y al ser humano, pase lo que pase hoy, The sun also rise, mañana volverá a amanecer dentro de este rojo y blanco que todo lo cura... o al menos lo pospone. Los Sanfermines son un analgésico de dolores privados, de dolores públicos, de dolores comunes, de dolores particulares.

Durante estos nueve días nos olvidamos un poco de nosotros mismos, hasta el Pobre de mí, donde vuelven los pronombres personales, la cordura del yo, con todas sus aburridas miserias, cada uno con las suyas, que se habían diluido casi por completo en el jolgorio.

Cuando se comienzan a retirar los maderos la mañana del 14 de julio ya intuyes el final, ya vas a la desesperada, frenético, como pollo sin cabeza, preso del pánico. Eres consciente de que el Sol va a ponerse, esta vez de forma definitiva, y de que habrá que volver al tedio existencial de cualquier día de noviembre sin luz o de febrero sin sabor, sin calor.

Por la mañana aun intentas engañarte, tomas el vermut, sigues a la comparsa de gigantes y cabezudos como si nada sucediera, hasta que compruebas que esta vez la despedida no es un hasta mañana, ni siquiera un hasta luego, es un adiós que se clava en el alma de los niños, que preguntan cuándo volveremos a verlos. Por la tarde ya no hay opción al engaño, se te cae encima el mundo entero.

Nueve días vividos hacía adelante, como debe de ser la vida, y de vuelta a las cuentas atrás, esperando renacer de nuevo, allá por el mes de julio del año que viene, que es como emprender un viaje de carretera de mil kilómetros habiendo dormido mal, estando cansado. Se van restando los días como una condena, como un limbo que hay que atravesar, trasparente y frío como el hielo.

Pero no nos pongamos tan dramáticos, dejemos el vallado al menos en nosotros mismos como flotador, como salvavidas, y no nos rindamos. Ningún infierno es tan insufrible en la realidad como en nuestras fantasías.

En los Sanfermines sucede de todo, como en la vida, pero con la esperanza de que puede volver a suceder otra vez, desde el principio. Solo hay que tener un poco de paciencia para transitar el duelo de esta muerte fingida, que pase el tiempo, vuelvan las ganas y volvamos a renacer un 6 de julio, el próximo 6 de julio, de forma pletórica.

Si el director José Luis Garci dice que el cine es una vida de repuesto, yo creo que los Sanfermines son una vida en miniatura. Ya falta menos. Ya falta mucho menos. En realidad, si lo piensas, ya casi no falta nada para volvernos a encontrar cada uno en nuestro tramo del encierro -la hermandad de la cuesta de Santo Domingo de la que habla el escritor y periodista Chapu Apaolaza- de los Sanfermines de 2024. Y eso es todo.


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