• domingo, 21 de julio de 2024
  • Actualizado 08:29

Opinión / Tribuna

San Fermín, nuestra fiesta con luces y sombras en tiempos de uniformada corrección

Por Manuel Sarobe Oyarzun

En estos tiempos uniformizadores en los que se sublima la corrección, reivindico nuestra fiesta, con sus luces y sus sombras. Porque somos lo que sentimos y aquí sentimos la fiesta como nadie. España es grande, Navarra es grande. Pamplona es enorme.

Séptima corrida de la Feria del Toro celebrada con toros de la ganadería Victoriano del Río con los toreros Emilio de Justo, Andrés Roca Rey y Tomás Rufo. JASMINA AHMETSPAHIC
Séptima corrida de la Feria del Toro celebrada con toros de la ganadería Victoriano del Río con los toreros Emilio de Justo, Andrés Roca Rey y Tomás Rufo. JASMINA AHMETSPAHIC

Creo recordar que fue Antonio Ayestarán quien por primera vez me abrió las puertas del coso pamplonés. Durante muchos años disfruté del magisterio de mi padre, del que aprendí cuanto sé de lo que sucede en el ruedo. No se puede amar -ni odiar- aquello que se ignora. También conozco a quienes tuvieron suficiente con una tarde. Respeto por ello a los que ven barbarie allá donde otros vemos arte, incluidas las activistas del Peta, a las que agradezco que ya no se desnuden para defender su causa.

De los toros me gusta todo; el animal, las dehesas en las que pacen, la liturgia de la corrida, el lenguaje taurino -escuchar al televisivo Fernando Fernández Román era todo un placer-, las manifestaciones artísticas; pintura -las litografías y aguafuertes de nuestro José Antonio Eslava, por ejemplo-; escultura -¿hay algo más fotografiado en Pamplona que el monumento al encierro?-, música –los pasodobles toreros- y literatura -nuestros Sanfermines no serían lo mismo sin la novela Fiesta-; la gastronomía asociada al toro de lidia, con especial mención al meloso rabo, a lo que se añade aquí la encomiable labor social de la Casa de Misericordia, gestora de la feria.

Lo que acontece en la monumental capitalina trasciende a la estricta tauromaquia. Quizás por ello es la única que atrae a los no taurinos, y también la que rehúye alguno de los aficionados más puristas del arte de Cúchares. Y es que a la lidia se suma una explosión festiva sin parangón en unos tendidos casi tan abarrotados como las oficinas de Correos por estas fechas. La tranquila sociedad pamplonesa se transmuta del 7 al 14 de julio, día en el que sol y sombra se hermanan, y las charangas toman la arena de una plaza que hasta los más exhaustos sanfermineros se resisten a abandonar, pretendiendo parar así la inexorable marcha del reloj camino del “Pobre de mí”.

Mi afición taurina me suele llevar a Madrid por San Isidro. El contraste con la considerada primera plaza del mundo es evidente. Decepciona de inicio el deslucido deambular al paso de los alguacilillos, que contrasta con las briosas vueltas al galope de los de Pamplona, que no acaban de chocar cuando se cruzan, como parece temer el mocerío... El público, centrado en la lidia, es más bronco. Especialmente los hiperventilados del tendido 7, que agitan sus pañuelos verdes al menor tropiezo del toro, clamando por que la eficaz bueyada de Florito lo devuelva a los corrales. Algo que rara vez sucede aquí por la encomiable labor de la junta taurina de la Meca, que recorre las ganaderías patrias en busca de los mejores cinqueños cuando todavía nadie piensa en blanco y rojo. Los cambios de tercio corren a cargo de unos clarines que no pueden competir con la elegancia de nuestros maceros y timbaleros, que musicalizan las órdenes de un pañuelo presidencial que visionan a través de un ingenioso retrovisor.

Fiel a mis orígenes, meriendo unos discretos sándwiches de queso con tomate de Rodilla tras el tercer toro. Soy el único en hacerlo. Lamento que la banda de música no premie las buenas faenas. El silencio del respetable se ve únicamente rasgado por los furtivos gritos de aficionados que juzgan la lidia a pulmón abierto. También por esporádicos vivas a España y al Rey, ampliamente coreados. Algo impensable en Pamplona, aunque quizás no tanto, pues tampoco imaginaba yo que se viralizaría aquí el “¡Que te vote Txapote!” o que llegaríamos a oír el “¡Que viva España!” en unos tendidos en los que el pack que incluye al Rey del eterno Vicente Fernández y a la chica ye-ye no tiene rival. Impensable la presencia en Madrid de nuestro entrañable alcalde de sol, que anuncia su adiós tras más de cinco décadas en el cargo. Para el recuerdo queda su parsimonioso andar de regreso a la grada, cabeza en alto, manos entrelazadas por detrás, tras anudar el pañuelico al maestro que conseguía desorejar a su enemigo. Más de un alcalde de los de verdad tendría mucho que aprender de las elegantes formas de este singular murciano, al que despido con todo cariño.

Es sabido que los apéndices son bastante más caros en Las Ventas que en nuestra querida Iruña. Isaac Fonseca jamás habría abierto la puerta grande madrileña con su faena del día 9 aquí. Y es que solo puntúan el arte, mientras que por estos pagos hay quien saca rédito del toreo tremendista salpicado de valor, máxime si sabe buscar la complicidad de los tendidos de sol, conexión que nadie explotó con más acierto que el pirata Padilla.

Celebro que ya no todo valga en nuestra plaza; no se arrojan objetos,  no se asalta el ruedo e incluso es posible que la rubia que a última hora se aventura por andanada de sol camino de su localidad la alcance tan impoluta como llegó. Contar con una seguridad que vela por el respeto que todo el mundo merece, evacuando a quienes tienen mal vino, es un acierto.

En estos tiempos uniformizadores en los que se sublima la corrección, reivindico nuestra fiesta, con sus luces y sus sombras, abierto, eso sí, a toda mejora que no altere su esencia. Porque somos lo que sentimos y aquí sentimos la fiesta como nadie. España es grande, Navarra es grande. Pamplona es enorme.


  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.
San Fermín, nuestra fiesta con luces y sombras en tiempos de uniformada corrección