El pasado fin de semana fui invitado a una deliciosa comida en La cofradía de pescadores de un pueblo canario llamado Puerto de Mogán. Alguien señaló al ver la fuente de pescados que traía la camarera: ¡Este plato no se lo salta un gitano!
Una vez en la ciudad de Colonia (Alemania) me dijeron que hay una leyenda que reza que si enciendes un cigarro con una vela, se muere un marinero. ¿Y si una librería cierra para siempre, se mata el alma cultural de una ciudad?
Desde que nos enteramos de la trágica noticia del fallecimiento de David Bowie hemos podido leer ríos y ríos de tinta merecida sobre esta leyenda de la música.
París. Visité la ciudad de la luz por primera vez con apenas dieciséis años. La vida, tiempo después, me llevó a residir en Francia. Siempre en el norte, entre Nancy y Le Havre.
Antes de que Iniesta se convirtiese en el Iniesta de nuestras vidas; antes de que el pie de Iker Casillas marchitase todos los tulipanes regados de esperanza de los holandeses; antes, mucho antes de que el torso de un guipuzcoano recibiese la embestida de un pie loco y desatado en furia…
Durante un tiempo de mi vida el oficio que desempeñé fue el de librero. Supongo que como amante que soy de la literatura uno debe ser ‘cocinero antes que fraile’.
Apenas había cumplido los quince años cuando acudí a mi primer taller de Escritura en la Casa de la Juventud, sita en la ciudad de Pamplona, e impartido por Salvador Gutiérrez, co-fundador y Presidente de la Asociación Cultural Bilaketa.