Algunas personas tienen vida, otras tienen a la música.

Algunas personas tienen vida, otras tienen a la música.
La semana pasada conversaba con el escritor canario, Emilio González Déniz (Premio de novela Pérez Galdós y Can de Plata de las Artes otorgado por el Cabildo de Gran Canaria) y, entre un tema y otro, lanzó una frase al aire que retuve al instante en mi cabeza:
‘En España enterramos muy bien’.
Y es cierto que, en vida, somos algo o demasiado críticos y/o criticones con nosotros mismos. Eso sí, hasta que alguien se muere. Ahí, mire usted, nos sale la vena española y ensalzamos la figura del difunto hasta sacarle brillo.
Pero esto no ocurrió con Joaquín Luqui, natural de la localidad navarra de Caparroso, alumno del colegio de Maristas de Pamplona y, por encima de todo, periodista especializado en crítica musical.
Estarán de acuerdo conmigo en que a Mister Lucky, como siempre le llamó su querido y admirado Paul McCartney, era estimado por todo el mundo.
Y eso, como rezaban algunas de las célebres frases del más popular de los locutores musicales: Tú y yo lo sabíamos.
Con el propósito de prepararles este humilde escrito de cada lunes, he estado buscando información sobre Joaquín Luqui, ya que el pasado viernes 28 de marzo se cumplieron ya 20 años de su trágica muerte (sufrió una caída desde una escalera en casa de una amiga a la que fue a visitar).
Es mucha y muy variada la información que podemos encontrar de nuestro paisano, puesto que desde muy joven se imbuyó en el apasionante mundo de la música y, más concretamente, de la radio, cosechando, entre otros reconocimientos, un Premio Ondas a Mejor Presentador de Programa Musical o una Antena de Oro.
Nunca le gustó reconocer que consiguió estar cerca de The Rolling Stones colándose, disfrazado de camarero, en su camerino, antes de su primer concierto en España; ni asumir que lloraba de emoción cada vez que, en reunión sumarísima, le tocaba votar un tema nuevo de su querido Paul McCartney; o la admiración que le causaba Michael Jackson, al que tuvo el honor de realizarle un programa especial con MJ presente.
Joaquín Luqui, mis queridos amigos. ¡3, 2 ó 1!
Como les apuntaba, leyendo distintas noticias y visualizando diferentes vídeos sobre Joaquín, hallé una grabación de un programa de televisión en el que el más célebre caparrosino mencionaba el misterioso caso de Richey Edwards y, en este punto, abandoné por un instante el tema principal para concentrarme en el miembro del grupo de pop de los años 90, Manic Street Preachers.
(Quizás esta historia que les voy a relatar a continuación y rescatada de la web puedan imaginarla con la inconfundible voz de Joaquín Luqui).
El 31 de enero de 1995, Richey, junto a su compañero de banda, James Dean Bradfield, se registra en el hotel London Embassy para, al día siguiente, viajar a los Estados Unidos a una promoción y posterior serie de conciertos.
Ese mismo día, ambos acuerdan salir por la noche a recorrer los bares de la zona, pero más tarde Richey le dice a James que prefiere quedarse en su habitación a descansar.
Es la última vez que se tiene contacto con Richey.
A la mañana siguiente, miércoles 1 de febrero, James espera a Richey con el equipaje en la recepción del hotel. Richey era un desastre de hábitos y conductas, por lo que no le extraña no verlo en el desayuno, pero, sin embargo, muy disciplinado en todo lo que se refería a los horarios y citas relacionados con la banda, así que llama la atención de James que no bajara a la hora que habían acordado.
Subió hasta el quinto piso y golpeó la puerta 516, que era donde Richey estaba alojado, sin respuesta. Más preocupado, y sospechando que algo le había pasado, le pidió ayuda a uno de los trabajadores del hotel para abrir la puerta con una llave maestra. No había rastro de Richey, solo algunos diarios, su maleta cerrada con toda su ropa dentro, unas cuantas citas literarias, un frasco con pastillas de Prozac y una nota que decía "Te amo".
Poco después se supo que la noche anterior, Richey llamó a su madre para decirle que no tenía muchas ganas de viajar a Estados Unidos.
Ese mismo día, Nicky Wire, coautor de la mayoría de las canciones junto a Richey, contacta con diferentes hoteles para tratar de encontrarlo.
Se sabe que salió del hotel London Embassy a las 7 de la mañana y se ha probado que después condujo hasta su casa, en Cardiff, Gales. En las dos siguientes semanas fue, aparentemente, avistado en la oficina de pasaportes y la estación de autobuses de Newport.
El 7 de febrero, un taxista de Newport, supuestamente, recogió a Richey del King's Hotel en Newport y lo condujo hacia los valles, incluyendo Blackwood (lugar de origen de Edwards). El pasajero se bajó del taxi en la estación de servicio Severn View y pagó la tarifa de £68 en efectivo.
El 14 de febrero, el coche de Richey, un Vauxhall Cavalier, recibió una multa en la estación de servicio Severn View, y el 17 de ese mismo mes, el auto fue denunciado como abandonado. La policía descubrió la batería descargada, con la evidencia de que había sido usado.
Desde entonces, Edwards ha sido supuestamente visto en una feria en Goa, India, y en las islas de Fuerteventura y Lanzarote. Ha habido otras observaciones alegadas de Richey, especialmente en los años que siguieron a su desaparición.
No obstante, ninguna de ellas ha sido probada como concluyente ni ha sido confirmada por los investigadores.
La teoría de que una estrella del rock se cansase del peso de la fama y, en aras de su salud física y mental, decidiera empezar de cero en otro lugar es atractiva.
Se sabe que Richey estaba obsesionado con la “desaparición perfecta”.
Los Manic Street Preachers llevan reservando una cuarta parte de todos sus beneficios y royalties en caso de que Edwards vuelva algún día.
Sencillamente, la desaparición más misteriosa de la historia de la música, así como el locutor musical más célebre de nuestro país, Joaquín Luqui, se niegan a enterrarse por completo.
Y eso, queridos amigos, Tú y yo lo sabíamos.
Besitos para ellas, abrazos para ellos. Sigue bien, happy-happy.