• jueves, 25 de julio de 2024
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Opinión / Sabatinas

Lo que perdura

Por Fermín Mínguez

¿Se han preguntado alguna vez por qué se acuerdan de ciertas situaciones o personas? ¿O cuál es el mecanismo que activa eso de “aunque no nos veamos en años, es como si nos hubiéramos visto ayer”? ¿Qué es lo que nos hace perdurar?

Seguro que hay múltiples estudios y teorías que lo explican científicamente, que hablan del momento preciso, de que si segregamos alguna sustancia o que tal o cual planeta estaba en retroversión mixta, pero la cuestión es que, sin saber nada de esto, hay pedazos de vida que se han quedado flotando en nuestra memoria, como restos de naufragio, y nos permiten agarrarnos a ellos para seguir a flote cuando nos cuesta nadar. Hay personas boya que tienen esa capacidad también, y, no sé si les pasará a ustedes también, son de lo más random; que no tienes muy claro por qué están, pero aparecen. Parece que es azar, o eso nos gusta pensar, pero me temo que la suerte poco o nada tiene que ver aquí, como en casi nada, sino que más bien es un tema de voluntad y enfoque.

Pensaba esto el otro día volviendo de un concierto de Los Enemigos, (el mundo rula y al caer/se muerde la cola), contento de retomar la normalidad hasta que la viruela del mono,  el sarampión del cocodrilo, o las anginas del mapache rojo nos vuelvan a encerrar bajo amenazas de terribles sufrimientos pandémicos. Fui al concierto porque un amigo me invitó, se acordó de que me gustaban y pensó que estaría bien ir juntos. Mi amigo Enemigo y yo no tenemos una relación continua, para nada, nos vemos esporádicamente intercambiándose entradas y cervezas cuando uno se acuerda del otro, pero nos acordamos de forma fija-discontinua, como los contratos de los camareros de verano. Nos tocó pasar un episodio laboral desagradable e injusto que nos posicionó como personas, a ver qué dice él, claro. Un episodio donde lo importante fue ser y no hacer, y en el que ninguno de los dos, creo, sabía que iba a acabar convirtiéndose en una amistad de referencia. En nuestra última cerveza preconcierto ya no hablamos de lo que nos presentó, aquel trabajo, sino de lo que nos ha pasado después. No fue el origen lo que nos juntó, sino lo que hicimos después. Lo que hablamos con la cerveza post concierto quedará guardado bajo la alfombra de la memoria. 

Lo curioso es que el mecanismo volvió a activarse de forma automática. Recordé que a Díaz le gustaban también Los Enemigos y, a pesar de que llevamos sin vernos unos 15 años y vive en otro país, le envié un mensaje para decirle que iba y luego le pasé un par de videos (Sigo hablando con las nubes/ellas me enseñan lo que tuve), y hemos quedado en vernos este verano. Ambos estuvimos empujando melés por Navarra cuando nuestro equipo flaqueaba, en esas temporadas en las que sabes que no vas a ganar nada y que las vas a pasar canutas porque no tienes medios, pero decides seguir militando en ese navarrismo tan puro de “sí, sí, que vas a ganar está claro, pero que te va a costar, también”, aquí no se rinde ni el Tato. Seguro que en esa temporada de agonías se gestó la facilidad de contactar cuando nos necesitemos, porque cuando hizo falta el otro siempre estaba detrás empujando.

Vuelve a coger sentido la frase de Stephen Fry que dice que uno de los mayores defectos humanos es preferir tener razón a ser eficaz. Tener razón, además, es variable. Cada momento puede tener su razón, su legislación, su moda, su política de evaluación, su jefe o lo que ustedes quieran, pero la necesidad personal es continua. No se trata tanto de hacer como de ser, ahí está la madre del cordero. No recuerdo a nadie con emoción por cumplir su horario escrupulosamente, ni por hacer exactamente lo que se le pedía; sin embargo, sí que recuerdo a la gente que aportó algo, que intentaba generar buen ambiente, que sonreía, que no necesitó imponerse ni faltar para ganarse mi respeto. Recuerdo más a la gente que fue que a la gente que hizo.

Para guinda les contaré que hace unas semanas, y gracias a la magia de las redes sociales, volví a comer con un amigo al que no veías, redoble de tambor que esto es récord, desde 1.993. Ojo. veintinueve años, el dos y el nueve. Hay gente que está leyendo ahora que no había nacido, esto para que nos sintamos mayores, Iván… Bueno, pues casi treinta años después de vernos por última vez y preguntarnos cómo nos iba, el relato profesional, que se supone que es lo importante en la vida, lo que hacemos, duró tres minutos, y mira que tenemos carreras interesantes, con ires y venires chulos, pero no, tres minutos. Y pasamos al ser. No sé si porque nos reconocimos enseguida en la misma forma en la que nos conocimos, en ese mes que pasamos lejos de casa y donde, por la razón que fuera, decidimos ser la espalda el uno del otro. No hicimos lo correcto, ya se lo digo yo, no buscamos tener razón sino ser eficientes en las necesidades del otro. Nos daba igual cómo estar, decidimos estar y punto, por eso es posible que por eso mismo no nos haya costado volver a estar. Como en la canción de Mishima, no ens necessitem/però ens tenim, y puede que esa sea la clave tenerse sin necesitarse; tenerse porque se quiere, porque se elige. 

Poco hay del Xavi, Gorka o Iván que conocí en su momento, poco, o menos, del yo que conocieron, pero es lo suficiente para perdurar, para flotar en la memoria y reconocerlos. Se mantiene el qué fueron.

Porque lo que se es, no por lo que se hace. Por quien eres, no por lo que has logrado. 

Por cómo llegas y por cómo te mantienes, no por cómo te impones.

Por como ayudas, no por cómo necesitas tener razón.

Por ser, no por hacer.

Al final igual es más fácil de lo que parece perdurar, quizás sea solo cuestión de querer sin peajes, cuando te haga falta. Igual es tan sencillo como estar en el hoy, ni en los ayeres ni en los mañanas inexistentes de Benedetti, sino en el hoy. 

A lo mejor lo que perdura es lo que no se programa, fíjense. Y nosotros haciendo planes…

Sean buenos, y sean felices. Pero sean buenos y felices hoy, por favor, que ser bueno a futuro no sirve, y la felicidad no suele esperar.


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