• jueves, 22 de febrero de 2024
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Opinión / Sabatinas

Inteligencia artificial. ¿Inteligencia?, ¿artificial?

Por Fermín Mínguez

Ahora que la inteligencia artificial está en boca de todo el mundo, la imagen que un motor de IA propuso cuando le pidieron fotos de “salmón remontando el río” me ha devuelto la esperanza. El error es posible. Al menos de momento.

Ahora que la inteligencia artificial está en boca de todo el mundo, la imagen que un motor de IA propuso cuando le pidieron fotos de “salmón remontando el río” me ha devuelto la esperanza. El error es posible. Al menos de momento.

Me asombra siempre esa capacidad para entrar en pánico socialmente. Ahora es con la inteligencia artificial, IA a partir de ahora, como si no llevara tiempo activa e interactuando con nuestras vidas eligiendo los contenidos que vemos, los anuncios que nos presentan, la música que suena “aleatoriamente”, y mil cosas más. El detonante ha sido un chat que es capaz de redactar cualquier contenido que le pidas, te hace un resumen final y, si se lo pides, hasta te cita bibliografía. Como pueden imaginar no han tardado en aparecer los voceros, los expertos, los tertulianos multitask, y un señor de Murcia, para opinar sobre el riesgo que implica para la educación, que la pone en jaque, que qué horror, que si nadie piensa en los niños y demás argumentos que, supongo, se han esgrimido desde que se inventó la rueda para cuestionar avances.

Me hace especial gracia cuando dicen que ahora nadie se va a esforzar para hacer los trabajos del colegio o universidad. Claro, hasta ahora internet sólo lo utilizaban los estudiantes para buscar capítulos antiguos del Príncipe de Bel-Air y escuchar las sesiones de Bizarrap. Claro, claro. Hasta que ha aparecido una herramienta, que seguramente quienes opinan no saben manejar, no ha aparecido el miedo.

Nos parecía medio bien, o medio mal, según el carácter de cada uno, que se pudieran copiar contenidos de internet para hacer sus trabajos, imágenes para copiar carteles e incluso contenidos para rellenar tesis. De vez en cuando se levanta la voz, pero tira millas. Hay un tema curioso y que me cabrea especialmente, que es la copia de contenido en redes sociales para citarlo otra vez como si fuera propio. Hay quien se molesta en copiarlo, lo llamarán esfuerzo, y quien directamente quita el nombre del autor y se lo adjudica. Algunos de los que hacen eso se autodenominan creadores/gestores de contenido. Con un par de narices, oigan. Es como si un ladrón se denominara gestor de carteras.

¿Por qué les cuento esto? Porque al final de cuentas, la inteligencia artificial no es sino una réplica de la nuestra. No es inteligencia del todo, al menos en cuanto a definición de la RAE, (https://dle.rae.es/inteligencia) porque le falta la parte espiritual, pero denle tiempo.

Nuestra inteligencia se ha desarrollado aprovechando lo que hemos ido descubriendo, juntando piezas, analizando, pensando y volviendo a analizar. También copiando y engañando que, como especie, se nos da muy bien. Ahora hemos desarrollado un motor que lo hace más rápido. Mucho más rápido que lo que lo hacemos nosotros. Puede escribir textos sin pensar, sólo uniendo conceptos, y además lo hace bien. Pero puede hacer muchas más cosas, puede unir conocimientos existentes a una velocidad pasmosa y hasta programar código. Es decir, es capaz de entender y aplicar todo lo que hemos aprendido por nuestra cuenta. Y lo hace bien. Lo que hay que ver es si lo hacemos bien nosotros, y para qué la utilizamos. De hecho, el chat en sí tiene de momento bastante educación, al menos en su versión pública, y si le pides que te hable mal de alguien te suelta una chapa sobre que eso no está bien y tal. A ver lo que tardamos los inteligentes humanos en reventar esa cualidad y poner al chat a insultar a todo el mundo como un Jesús Gil con tres copas. Porque eso también se nos da bien, corromper.

Pero eso es parte de nuestro encanto como especie, lo que creo que nos protege y lo que todavía no hace, creo, la IA: equivocarse. Equivocarse involuntaria y voluntariamente. hacer las cosas mal a conciencia. Ese “sé que la estoy cagando, pero he venido a jugar” tan típico nuestro. Ese exceso de fe en nuestras posibilidades que nos hace ir dando tumbos por la vida, como en un pinball, hasta que acertamos por la rampa correcta o se nos tragan y game over. ¿Se reconocen ahí?, en esa decisión profesional, en esa amistad, en ese “seguro que no pasa nada”, y, seguro, en ese “eres el amor de mi vida…” Sonrío, ahí nos hubiera venido bien un motor de IA que nos dijera: “si bien parece que te quiere, tiene buena pinta por fuera, esta persona es falsa, mala y egoísta. Espero que en lo físico sea aceptable porque es todo lo que te vas a llevar. Te va a hacer mucho daño y no, no la vas a cambiar con tu cariño”. ¿Se imaginan que chollo? Si existiera y le hiciéramos caso, que ya intuyen que no, nos ahorraríamos muchos disgustos y muchas equivocaciones, y ese sería el error. Nuestro fin como especie. Hemos subsistido a base de equivocarnos, al menos hasta el momento, claro.

Ese “hemos venido a jugar” es lo que nos da la vida, al menos a mí. Saber lo que es correcto, lo esperable, incluso lo sencillo y, justo un segundo antes pensar “qué cojones…” y hacer todo lo contrario. De momento la opción “haz lo incorrecto”, creo que no se está trabajando mucho en IA, y menos mal.

Claro que se va a aprovechar para fines reguleras, pues como todo invento humano, pero habrá que aprovechar para cuestionar el modelo también. Que los estudiantes van a presentar trabajos que no han hecho, bueno, pues igual hay que plantearse un modelo educativo basado en la acumulación de folios y la repetición, ¿no? Ahora están indignados quienes hace nada proponían sacar la filosofía como asignatura obligatoria en Secundaria. La asignatura que enseña a pensar y cuestionarse fuera y luego nos preocupa la IA, tenemos lo que merecemos. No vemos la relación entre decisión y consecuencia y así nos va. ¿A ver si lo que quiere alguien es que no pensemos demasiado?

Por supuesto que la IA va a seguir evolucionando, y avanzando, y haciendo desaparecer puestos profesionales, como en toda revolución industrial, y es absurdo plantarse delante con antorchas, esto ya no funciona así, me temo. Habrá que plantearse qué hacer con ella, cómo aplicarla y cómo puede mejorar nuestra vida. ¿Que vamos a hacer lo contrario?, pues también, pero no hay que perder la fe, que también es muy humano.

“Vuelve a intentarlo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor” decía Samuel Beckett, y quizás sea la clave. Lo inesperado como opción de vida, el error convertido en oportunidad, incluso en éxito. Como los post its, esas tarjeticas donde apuntan cosas para que no se les olviden y luego pegan en sitios que no recuerdan, que se inventaron por accidente. O la penicilina, ojo, que a veces, si el humano es listo, los errores nos devuelven auténticas maravillas.

Creo que lo que nos da miedo es que no tenemos claro cómo utilizar toda la tecnología que se nos viene encima, y que no confiamos demasiado en nosotros mismos como especie, que tiene sentido. Tenemos la oportunidad de aprovechar esta revolución para diseñar una sociedad mejor, o acabar a gritos y/o tiros como siempre que hay una oportunidad, a ver si esta vez lo hacemos mejor.

Sean buenos pero, sobre todo, sean felices. Y equivóquense, pero mucho, que al final siempre hay algo digno de recordar en esos errores, ¿o no? Sonrío
 


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