• sábado, 25 de mayo de 2024
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Opinión / Tribuna

El negocio abertzale de la independencia

Por Manuel Sarobe Oyarzun

El Aberri Eguna incluirá previsiblemente un merecidísimo homenaje a los cuatro mayores aceleradores de Bildu en Navarra; Marina Curiel, Xavier Sagardoy, Eloy Del Pozo y Nuria Medina, quienes, rindiendo a los bildutarras su anhelada Jerusalén, han hecho por la Patria Vasca bastante más de lo que ETA consiguió en los años de plomo.

El Aberri Eguna es una jornada reivindicativa en la que una multitud de foráneos toma Pamplona para opinar sobre el futuro de Navarra. Los más numerosos en cruzar la muga, cual ñus vadeando el río Mara, proceden de Euskadi, aunque también los hay que llegan de Cataluña, Galicia, Irlanda del Norte e incluso de la lejana Kanakia. Sorprende comprobar la variopinta gente que se preocupa por nosotros y nos alecciona sin rubor sobre lo que solo a los navarros corresponde decidir.

Quienes tanto se inmiscuyen en asuntos ajenos evidencian un escaso conocimiento de nuestra historia y poca confianza en un pueblo que lleva más de mil años gobernándose exitosamente. Comenzamos haciéndolo como Reyno independiente, hasta que los antepasados de los hoy abducidos por las fantasías sabinianas llegaron allá por 1512 a las órdenes del Duque de Alba para anexionarnos a la Corona de Castilla

A mí jamás se me ocurriría plantificarme en Bilbao, Barcelona, Santiago de Compostela, Belfast o Noumea para decirles a sus respectivos habitantes lo que han de hacer. Ellos sabrán. Puntualizo que, exceptuadas sus ansias expansionistas, me encanta Euskadi.

El cartel anunciador de la próxima cita suscitó polémica, pues la grafía de la letra E utilizada recuerda a la serpiente enroscada en el hacha, anagrama de ETA. Teniendo en cuenta que la izquierda abertzale fue el brazo político de la banda asesina, juzguen ustedes si la acusación es verosímil o estamos ante una inocente casualidad.

Los visitantes, como acostumbran, enarbolarán con toda paz un mar de banderas de Macedonia del Norte y de la Comunidad Autónoma Vasca, desmintiendo a un Joseba Asirón que afirmó que en Pamplona la ikurriña se persigue a porrazos.

Nuestro jatorra ejercerá de feliz anfitrión. Ignoro si Bakartxo Ruiz aprovechará la ocasión para responder a la incontestada pregunta sobre si matar por motivos políticos estuvo bien. Y veremos a Pernando Barrena, sacado del baúl de los -peores- recuerdos para encabezar la candidatura de Bildu a las elecciones europeas, evidenciando que los abertzales, a pesar de su fingido lavado de cara, siguen recurriendo a quienes -como él, Abaurrea o Araiz- encarnan su pasado más siniestro.

El Aberri incluirá previsiblemente un merecidísimo homenaje a los cuatro mayores aceleradores de Bildu en Navarra; Marina Curiel, Xavier Sagardoy, Eloy Del Pozo y Nuria Medina, quienes, rindiendo a los bildutarras su anhelada Jerusalén, han hecho por la Patria Vasca bastante más de lo que ETA consiguió en los años de plomo.

Pamplona, como demuestran sus universales Sanfermines, es una ciudad abierta. Acogeremos a los simpatizantes batasunos con mucho más respeto del que los feudos nacionalistas -Alsasua o Etxarri Aranatz, por ejemplo- brindan a quienes no son de su cuerda. Dada la afición que compartimos con los vascos por el buen comer y beber, imagino que la restauración capitalina acabará la jornada con las cajas rebosantes de euskos. Convendría, no obstante, que los bildutarras nos dieran un respiro a los iruinsemes permitiendo que otras localidades puedan albergar futuros Aberri Egunas, para que también ellos tengan la oportunidad de invocar el gozoso advenimiento del reino de leche y miel que representa su soñada Euskal Herria.

Concluidas las apolilladas arengas y apurado el último pacharán, quizás tras echar un mus a ocho reyes -en esto no coincidimos-, los forasteros regresarán a su casa por las carreteras que boicotearon, pues es sabido que los abertzales han mostrado bastante más interés en fagocitarnos que en trabajar por nuestro progreso. Y aquí nos quedaremos los navarros, autogobernándonos con las instituciones propias que emanan de la Ley de Amejoramiento, que los nacionalistas, a quienes nuestra soberanía desquicia, no apoyaron.

Un breve apunte sobre la cuestión de fondo. La controvertida disposición transitoria cuarta preceptúa que una eventual incorporación a Euskadi ha de ser instada por la mayoría del Parlamento y aprobada en referéndum. No tengo miedo alguno a las urnas. Confío más, eso sí, en el criterio del pueblo navarro que en el de sus representantes, visto que los cargos socialistas son meros títeres de Ferraz, que ordenará lo que más convenga a su Rey Sol. Y es que el PSN defiende la singularidad de Navarra con la misma contundencia con la que juró que jamás haría alcalde a Joseba Asirón. No descartemos pues que con los votos cosechados en la nada vasquista Ribera, este partido sin palabra vuelva a liarla parda. La anexión, con todo, se antoja lejana pues quienes la ambicionan, temerosos del resultado, no la promovieron cuando pudieron hacerlo, y porque no se conoce ningún equipo que haya descendido de categoría por voluntad propia.

Con la pulsión independentista en mínimos históricos, los abertzales saben positivamente que, por más Aberri Egunas con los que busquen colonizarlos, no habrá ninguna nación integrada por los siete herrialdes. Una utopía que siguen alimentando porque de ello depende su supervivencia política. O sea, su rentable negocio. No hay más.


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