• sábado, 20 de julio de 2024
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Opinión / Sabatinas

Neofobia, encerrarse en la propia torre no va a ningún sitio

Por Fermín Mínguez

Se llama así al miedo irracional a probar cosas nuevas. Me gustaría decirles que lo estudié por una curiosidad vital e intelectual, pero no, fue hablando con la veterinaria de mis gatos, Elena, sobre las consecuencias de la neofobia alimentaria. Pero tiene tela.

Me decía que es importante que prueben de todo cuando son pequeños, porque luego se les agudiza esa neofobia alimentaria y pueden rechazar muchos alimentos porque no los han probado antes. Esto refuerza mi teoría de que, como raza, los gatos son bastante imbéciles, adorables, sí, pero imbéciles. Capaces de pasar hambre por no probar algo nuevo. Anda que no he descubierto platos y recetas al llegar con hambre a casa, ¿ustedes no? Seguro que sí. La cuestión es que escarbé en la neofobia y es todo un mundo, no es solo alimentaria, también se aplica a rutinas y novedades tecnológicas, y puede desarrollar cuadros de trastorno de conducta, y afectaciones físicas y cognitivas. Hablo de humanos ahora, no de gatos. Ojo que a lo mejor somos igual de imbéciles. Entiéndame que no hablo de fobias patológicas, ojo, sino de la parte más mundana.

El tema es que, si nos acostumbramos a un número reducido de estímulos, cada vez nos costará más aceptar cosas nuevas. Por ejemplo, si a los niños, cuando dicen que no quieren comer fruta, o acelgas, se las retiramos por sistema y las sustituimos por algo que sí les gusta es posible que lo acaben sacando de sus dieta y, como ya no pasan hambre, cambien la fruta por alguna marranada hiper procesada, rellena de crema de mango, chocolate azul y crispis de avellana caramelizada, en lugar de un plátano o una naranja. Las consecuencias de esto ya las saben: niños con enfermedades de adulto, azúcar disparada y la misma capacidad física que el abuelo Cebolleta. Afortunadamente cuando maduran, maduramos, toman conciencia y algunos apuestan por una dieta más saludable. La neofobia alimentaria no les afecta demasiado y regulan sus hábitos. Esto lo hacen los que se someten a nuevos estímulos, claro, los que no siguen alimentándose como Homer Simpson.

Quizás se pregunten qué pinta esta charla nutricional de un tipo al que le gusta más la panceta que la manzana, pues porque desde aquí llegué al neofobismo social y, oigan, da miedo.

Cambien alimentación por estímulo social. Hay gente en la que en su círculo sólo tienen un tipo de estímulo, dirigido y bloqueante de otros. Así crecen convencidos en que son portadores de la verdad universal y que deben defenderla. Esto cuando tienes dieciséis y te calientas con nada, tienes a las hormonas al volante e ir de radical seguro te da cierto caché social y, con un poco de suerte, pillar cacho, pues tiene su lógica. Pero es necesario tener cerca a alguien que te haga ver que hay más opciones para cuando se te pase la tontería. y eso muchas veces no pasa, y aparece una generación de neofóbicos que llegan a dirigir empresas, a puestos de responsabilidad política y, lo que es peor, a reproducirse. Neofóbicos sociales de segunda generación. tiemblen.

Esta generación la reconocerán por sus discursos cargados de ataque y veneno, por criticar todo lo que se mueva alrededor suyo que no controlen o conozcan, y por aportar más crítica que solución. Son una lacra. No permiten evolucionar y muchas veces se cargan lo conseguido.

No es cuestión de validar todas las alternativas, ojo, habrá cosas que nos parecerán mal siempre, pero no por ello habrá que destruirlas. A mi el tofu, por ejemplo, me parece una marranada a la altura de la Cruzcampo, pero entiendo que haya gente a la que le guste, incluso que lo encuentre bueno. Será su problema comerlo, pero no por ello pediré su abolición (aunque la desee y la vería bien, que el pensamiento no delinque).

Pero el problema no es el tofu, ojalá. El problema es cuando percibimos lo nuevo como amenaza y justificamos cualquier cosa con tal de que no nos cuestione. Tan convencidos estamos de nuestra posición que es preferible asumir atrocidades a pensar que podemos estar equivocados. El ejemplo del tofu es blandito, pero si hablamos de homofobia, por ejemplo, ya no es tan gracioso. El otro día un señor me dijo algo así como que los maricones no le caían mal, pero que mejor que no tengan responsabilidades, ante la sonrisa de otros dos neanderthales. Todo esto a raíz de la escena del beso entre dos chicas en la peli de Buzz Lightyear, ojo. Venían a decir que claro, se enseñan cosas que sientan precedente e incitan a decisiones que si no no se tomarían. Tan ancho. Con carrera y todo el tipo.

En primer lugar esa generalización tendría que sonar tan absurda como si alguien dijera que “los zurdos no le caen bien, pero…”, o las miopes, los cojos, las altas, los extremeños o los paticortos. Y no les digo ya con los negros o los chinos, porque algún anormal todavía habrá que frunza el ceño.

En segundo lugar, lo de incentivar y provocar es de risa, disculpen. Mi adolescencia, como la de muchos de ustedes, estuvo llena de cantantes que se metían de todo y se pegaban tiros en la cabeza. De películas de tipos que comían cerebros humanos, ojo los del tofu, de asesinos en serie y de drogadictas que confundían heroína y cocaína y había que salvarlas con una inyección en el corazón, (amor eterno a Uma Thurman). Y, oigan, excepto alguna estupidez aislada aquí estamos. Más allá de alguna ración de sesicos de cordero y algún disfraz de Nochevieja, poca repercusión ha tenido. Tener estímulos es bueno, tener dudas también y la responsabilidad de los cercanos, sobre todo familia, es saber dar respuesta a esas dudas y respaldar las decisiones que se tomen. Así como corregir, o no permitir, recuerden que lo que se consiente se promueve, actitudes que son inadecuadas. Porque aunque parezca complicado, es más fácil explicar y corregir a un niño que tener que decirle a un señor de cincuenta años si lo que acaba de decir es porque es imbécil o porque quiere que alguien le parta la cara. Asumió que es imbécil, menos mal.

Ojalá no hiciera falta un mes de junio de reivindicación. Ojalá no hiciera falta reivindicar ninguna condición, ni nada, porque cada cual tuviera la capacidad y la posibilidad de elegir libremente qué quiere ser. Ojalá que no hubiera neofobias sociales sin imposición de ningún tipo, pero no es el escenario. Se siguen permitiendo demasiados chascarrillos y comportamientos denigrantes bajo “con esto es un poco radical, pero es buen tipo en el fondo”, lo que suele denotar que hay todavía bastante animadversión de base. Y hasta que no haya un rechazo social claro a estas actitudes homófobas, racistas, sexistas, o de intolerancia religiosa, seguiremos sin avanzar. Y sí, antes de que me escriban con su historia personal, me refiero a cualquier opción y a cualquier raza y religión, aunque lo puntual no es lo mismo que lo general, ojo. Gente de mierda hay en todos lados, pero aquí nos importan las víctimas más que los agresores, ¿estamos de acuerdo?

Pues eso, que menos miedo a sentirnos cuestionados, que menos neofobias y más asumir que encerrarse en la propia torre no va a ningún sitio. Prueben, investiguen y decidan libremente. Y dejen decidir, claro, que a uno no lo hace peor ni mejor la comparación con un tercero, sino uno mismo.

Sean buenos pero, sobre todo, sean felices. Y asuman riesgos, carajo, que no hay error sin solución.


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Neofobia, encerrarse en la propia torre no va a ningún sitio