COMERCIO LOCAL
La relojería de toda la vida que baja la persiana en Pamplona: "Es toda una vida, pero ya es hora de descansar"
"Queremos disfrutar un poco porque son muchas horas de trabajo al día y el oficio lo requiere”, han reconocido.
Patxi Arrondo Jordán y Almudena Villaplana Merino han empezado a despedirse de su rutina de siempre: abrir la persiana, saludar a los vecinos y ponerse manos a la obra con ese reloj que “no tiene arreglo”… hasta que cae en su taller. Lo han hecho durante años, casi sin darse cuenta, y ahora el calendario marca los últimos días de trabajo para este matrimonio navarro, natural de Pamplona y Tafalla respectivamente.
En el segundo barrio más poblado de la ciudad, la noticia ha corrido como un rumor triste: la Relojería Arrondo, en la plaza de la Txantrea 7, se encamina al final de su historia. Es el pequeño comercio de referencia de la zona, y muchos clientes lo repiten con la misma frase de siempre, pero esta vez con tono de despedida: “Nos da mucha pena”.
La fecha elegida para cerrar, salvo un traspaso de última hora, es el 30 de marzo, justo cuando Patxi cumple 65 años y se acerca a los 50 como relojero. “Me da mucha pena porque esto me ha gustado de siempre, pero ya es hora de descansar también. Queremos disfrutar un poco porque son muchas horas. El oficio lo requiere”, ha reconocido, con esa mezcla rara entre alivio y nostalgia.
Detrás del cierre no hay falta de trabajo, sino falta de relevo. “Mis padres (Gonzalo y Pilar) cogieron la bajera, que ya era relojería antes, en el año 1970. Seguimos nosotros y no hay tercera generación”, ha explicado Patxi Arrondo. Sus dos hijos, Aritz (25 años) e Itziar (27), han elegido otros caminos. “No quieren. Esto ha cambiado mucho”, ha resumido. Él trabaja como informático y ella lo hace en banca.
La tienda, además, no funciona sin el taller, y ahí está otra de las razones clave. “Mi mujer tiene menos años que yo pero no se puede quedar solo uno, ya que el negocio requiere el taller y yo soy el que arregla. Un negocio sin taller para que arreglen otras personas es más complicado”, ha planteado. En su caso, el oficio va unido a ese banco de trabajo, a las herramientas y a la paciencia de microscopio.
Y paciencia no le falta. Patxi ha contado que lleva entre relojes desde crío. “Yo llevo aquí desde pequeño aprendiendo de mi padre. Con nueve años ya ponía cuerda a los despertadores que había entonces y luego seguí desde los 18 años”, ha relatado. Además, cursó dos años de formación profesional de electrónica, una base que, según ha recordado, le vino “muy bien para los relojes digitales”. “Es toda una vida”, ha soltado, sin exagerar.
En el balance final se le nota el orgullo del artesano. “Es de mucha satisfacción. Sobre todo cuando arreglas relojes complicados con fallos difíciles de ver. Cuando lo terminas te queda una gran satisfacción”, ha señalado. Y ha rematado con la lista de requisitos que no salen en ninguna etiqueta: “Hace falta mucho pulso, mucha vista y mucha paciencia, y de momento lo tengo”.
La Relojería Arrondo ha sido, además, una tienda de entrar y salir: reparaciones de relojes de pulsera, de pared, despertadores, modelos mecánicos de antes… y también venta. “Además, se sigue vendiendo. Se sale adelante. Hay gente que entra constantemente a la tienda”, ha defendido. El negocio incluye joyería y bisutería, pero Patxi ha dejado claro qué sostiene de verdad la actividad: el trabajo fino del taller.
Ese detalle se entiende aún más cuando habla Almudena, de 56 años, que ha sido el otro pilar del local. “No hay marcha atrás”, ha asegurado. Ella se ha encargado sobre todo de la venta y de los arreglos rápidos que siempre aparecen a última hora: “arreglo de pilas, correas y pasadores”. Y ha explicado que el establecimiento no solo vive del barrio: “Viene gente incluso de la Ultzama porque les pilla mejor que ir al centro de la ciudad”.
El cierre, cuentan, está dejando un hueco práctico y emocional. “Los clientes nos dicen que les da mucha pena porque en el barrio no hay otra relojería y se quedan sin servicio en la Chantrea, Orvina y creo que en Ansoáin tampoco quedan”, ha comentado Patxi. Y ha añadido el agradecimiento sin adornos: “Agradecemos a la gente del barrio que gracias a ellos hemos podido comer y estar”.
En casa, el motivo vuelve a ser el mismo: si él se jubila, el taller se apaga. “Se saca más dinero de los arreglos de mi marido y al jubilarse él ya no tiene sentido seguir y dar los arreglos a otra persona”, ha explicado Almudena, que lleva trabajando con él desde que se casaron en 1995. “Me gusta la atención al público y nos dedicaremos a disfrutar. Nos gusta viajar dentro de lo que podamos por la pensión. Vivimos aquí en el barrio”, ha contado.
La opción del traspaso, por ahora, no ha cuajado. “No se ha interesado nadie. Es una pena porque tendría salida en el barrio al ser la única”, ha lamentado Almudena, con la sensación de estar cerrando algo más que un negocio.
En las redes, el cariño también se queda escrito. Una reseña lo resume así: “Absolutamente recomendable. Tenía un reloj antiguo muerto, que nadie se atrevía a arreglar. En poco tiempo me lo resucitaron, a un precio más que razonable. Son gente muy honrada”.
Otra insiste en la calidad del trabajo: “Excelente relojería. He llevado varias veces los relojes, tanto para reparación como cambios de pila o limpieza y siempre el resultado ha sido muy satisfactorio. Después de haber probado otras relojerías, he corroborado que sin duda la calidad de los trabajos de reparación de esta relojería son sobresalientes”.