Durante siglos, en algunos valles del norte de Navarra hubo vecinos que no eran iguales al resto. No por su fe, ni por su lengua, ni por su aspecto. Eran iguales en todo al resto de personas, pero no les percibía así el resto del mundo. A estos misteriosos individuos se les llamó agotes. Y su historia es una de las más duras y desconocidas de Navarra.
Vivieron apartados, señalados y humillados desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XX. Y lo más inquietante es que nadie supo nunca explicar con certeza por qué.
Los agotes no formaron nunca una etnia ni una religión distinta. No tenían rasgos físicos propios ni hablaban otra lengua. Aun así, durante generaciones se les trató como si fueran portadores de un mal invisible.
Las teorías sobre su origen se multiplicaron con el paso de los siglos. Se les consideró descendientes de visigodos, herejes cátaros huidos del sur de Francia, leprosos, musulmanes derrotados o incluso delincuentes refugiados en hospitales.
Ninguna de esas explicaciones se sostuvo jamás con pruebas. Pero los agotes siguieron apartados de la sociedad durante siglos.
Los estudios genéticos más recientes han desmontado muchas leyendas. Los análisis realizados en descendientes del barrio de Bozate muestran una composición mayoritariamente vasca, con aportes de zonas próximas. Eran población local. Vecinos de siempre. Pero tratados como extraños.
Vivir marcados: así se les discriminaba en el día a día
La marginación de los agotes no fue algo simbólico. Fue diaria, reglada y puede decirse que hasta cruel. En el Valle de Baztan, donde la hidalguía se heredaba por sangre, la condición de agote también se heredaba.
Vivían en barrios apartados, fuera de los núcleos principales. No podían mezclarse libremente con el resto del vecindario ni casarse con personas no agotes. Por eso, no es de extrañar que, en su caso, la endogamia no fuera una elección, sino una circunstancia propia de su aislamiento.
Las normas del momento marcaban que los agotes debían vestir de forma reconocible. Por la información de los agotes que ha llegado hasta nuestros días, se ha podido saber que en algún momento de la historia se les identificaba por llevar cosida en la espalda una marca roja con forma de huella de oca o pato. Cuando caminaban por el pueblo, hacían sonar una campanilla para avisar de su presencia. De esta forma, el resto de vecinos podían apartarse y no mezclarse con ellos.
Las supersticiones crecieron hasta lo absurdo. Se decía que su pisada estropeaba la hierba, que su aliento pudría la fruta, que su sangre era distinta o que ni siquiera tenían lóbulo en la oreja. Estas falacias repetidas durante siglos acabaron convirtiéndose en una 'verdad' social que la gente creía a pies juntillas.
La exclusión también entró en las iglesias
La discriminación de los agotes seguía dentro de las iglesias. En los templos cristianos, los agotes tenían que situarse en un lugar determinado y marcado para ellos, evitando mezclarse con el resto de los feligreses.
Entraban por puertas secundarias, más bajas y estrechas, obligados a agachar la cabeza. En Arizcun, esa entrada fue conocida durante siglos como Agoten Athea, la puerta de los agotes. En el interior, se colocaban al fondo, separados del altar. En algunas ocasiones, incluso, se les separaba tras una verja.
Además, recibían la comunión de forma distinta, sus ofrendas se recogían aparte y se les bautizaba en pilas dedicadas exclusivamente a darles el sacramento a ellos. Tampoco podían acceder al sacerdocio.
Incluso en la muerte continuaba la diferencia para los agotes: eran enterrados en zonas sin bendecir del cementerio, junto a otros colectivos considerados “indeseables”.
Oficios permitidos y talento ignorado
En el ámbito laboral, los agotes también se fueron discriminados. De hecho, se les prohibió tener tierras, ganado o huertas. Tampoco podían tocar los alimentos en los mercados. Sin embargo, sus manos sí servían para trabajar y fueron utilizadas para tal fin.
Tanto es así que se les llegó a valorar como carpinteros, canteros, herreros, albañiles y artesanos de enorme prestigio. Muchas mujeres se dedicaron al tejido y a la hilandería.
Su habilidad fue clave en una época de auge constructivo ligada al Camino de Santiago, que atraviesa Navarra y el Baztan. Y, poco a poco, el reconocimiento profesional empezó a abrir grietas en el muro del prejuicio que les había separado del resto de la población durante muchos años.
Uno de los nombres propios de esa dignidad recuperada fue Eleuterio Tadeo Amorena, hijo de un agote de Bozate. En el siglo XIX creó varias de las figuras más emblemáticas de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos de Pamplona, hoy símbolo indiscutible de las fiestas de San Fermín. Concretamente, este artesano fue el creador las cuatro parejas de gigantes de la capital navarra (Europa, Asia, América y África).
Bozate, el corazón de la memoria agote
Si hay un lugar que concentra la historia agote en Navarra, ese es Bozate. Este barrio de Arizcun fue su principal asentamiento desde el siglo XIII. Allí llegaron buscando protección, amparados por el Señor de Ursúa, uno de los nobles más poderosos del valle, que llegó a defender públicamente su consideración como “personas normales”.
Aun así, ni siquiera ese respaldo evitó siglos de exclusión. En Bozate, la discriminación social se prolongó más que en otros lugares. La puerta agote de la iglesia fue tapiada en 1954 y el antiguo cementerio segregado se eliminó después. No fue tan lejano. Está en la memoria de personas que aún viven.
Hoy, ese legado se recuerda también a través del Parque-Museo Santxotena, un espacio artístico creado por el escultor Xabier Santxotena para rendir homenaje a la memoria del valle y a quienes fueron silenciados durante siglos.
El final legal… y el eco que permanece
En Navarra, una ley aprobada en 1817 abolió oficialmente todas las discriminaciones contra los agotes. Sobre el papel, la igualdad llegó entonces. En la vida real, tardó mucho más.
Hoy, los agotes ya no existen como grupo diferenciado. Se integraron, se mezclaron, y desaparecieron como etiqueta. Pero su historia sigue interpelando, como un ejemplo de cómo una comunidad puede quedar marginada durante siglos por prejuicios y habladurías sin base real.