Hay pueblos que parecen construidos para contemplar el mundo desde arriba. Ujué, encaramado sobre un cerro de la Zona Media de Navarra, es uno de ellos y septiembre le sienta especialmente bien.
Cuando el ruido del verano empieza a apagarse, sus calles empinadas de piedra recuperan otro ritmo. Sobre ellas domina el monumental Santuario-Fortaleza de Santa María la Real, mientras una vieja historia de pastores, palomas y peregrinos sigue explicando buena parte del alma de este rincón navarro.
La silueta de Ujué se reconoce desde kilómetros de distancia. Torres, almenas y muros se elevan sobre el paisaje como un enorme vigía medieval que ha contemplado durante siglos campos, caminos y generaciones enteras de viajeros.
Pero para comprender por qué este pequeño municipio despierta tanta fascinación hay que mirar todavía más atrás. Y, sobre todo, seguir el vuelo de una paloma.
La paloma que cambió para siempre la historia de Ujué
La tradición sitúa el origen legendario de Ujué en la historia de un pastor que cuidaba su rebaño por los alrededores del cerro. En un momento determinado reparó en algo extraño: una paloma entraba y salía repetidamente de la oquedad de una roca.
La curiosidad terminó imponiéndose. El pastor se acercó hasta aquel punto y descubrió en el interior una imagen de la Virgen, un hallazgo que, según la leyenda, terminaría marcando para siempre la historia del lugar.
El propio nombre de Uxue se ha relacionado tradicionalmente con la palabra vasca uso, paloma. Aquella ave habría quedado así unida a la identidad del municipio y a la devoción que terminó creciendo alrededor de la imagen encontrada entre las rocas.
Con el paso de los siglos, aquel risco se convirtió en un importante espacio religioso y defensivo. Allí se levantó el actual Santuario-Fortaleza de Santa María la Real, cuyos elementos arquitectónicos abarcan desde los siglos XI al XIV.
Una fortaleza que guarda una Virgen cubierta de plata
Cruzar hoy las puertas del santuario permite entender hasta qué punto religión, poder y defensa terminaron fundiéndose en Ujué.
En el altar mayor se conserva la Virgen de Ujué, una talla de madera fechada a finales del siglo XII que constituye uno de los grandes símbolos del municipio.
La imagen fue posteriormente recubierta de plata en el siglo XIV por deseo de los reyes de Navarra, reforzando todavía más la estrecha relación del templo con la monarquía navarra.
Todo a su alrededor habla de siglos de historia. Los gruesos muros, los torreones y las galerías convierten el recorrido en algo muy diferente a una visita convencional a una iglesia: aquí el templo y la fortaleza forman prácticamente una sola pieza.
Y cuando llega septiembre, esa historia deja de pertenecer únicamente a las piedras.
Las candelas vuelven a iluminar los viejos caminos
La tradición religiosa de Ujué mantiene desde hace siglos una intensa relación con las peregrinaciones. Hacia el final de septiembre, vecinos de diferentes municipios y devotos vuelven a dirigir sus pasos hacia el santuario.
Son caminos recorridos desde la Edad Media, vinculados a localidades de la denominada contrayunta y a generaciones de peregrinos que han mantenido vivo un ritual profundamente arraigado.
Una de sus estampas más evocadoras aparece cuando los participantes avanzan portando candelas encendidas. La sucesión de pequeñas luces dibuja sobre los caminos un recorrido que parece unir directamente el presente con aquellos siglos en los que llegar hasta Ujué suponía mucho más que una simple excursión.
Silencio, piedra y llamas acompañan entonces el ascenso hasta la Virgen. El paisaje cambia durante unos instantes y el cerro recupera una atmósfera que ayuda a imaginar cómo pudieron vivirse estas mismas peregrinaciones muchas generaciones atrás.
Del cordero al sarmiento a un postre elaborado con una piedra al rojo vivo
Sin embargo, conocer Ujué no termina en el santuario. La identidad del municipio también se encuentra alrededor de sus mesas, donde sobreviven elaboraciones profundamente ligadas a la actividad ganadera y al territorio.
Una de las más características son las chuletillas de cordero al sarmiento. El fuego de los restos de la vid proporciona unas brasas sobre las que se cocina una carne ligada históricamente a la tradición pastoril de la zona.
El aroma termina escapando de los mesones y mezclándose con las calles de piedra, especialmente en jornadas frescas en las que sentarse alrededor de unas brasas forma parte casi inevitable de la experiencia.
Todavía más singular resulta el cuajado de Ujué, un postre tradicional elaborado con leche de oveja y una técnica difícil de olvidar para quien la contempla por primera vez.
Su particularidad reside en introducir una piedra previamente calentada directamente en el recipiente para conseguir el cuajado. Ese método tradicional proporciona al producto un característico matiz ligeramente ahumado.
Es otra de esas costumbres que resumen la personalidad de Ujué: sencilla en apariencia, profundamente vinculada al territorio y transmitida durante generaciones.
Por eso septiembre transforma una visita al pueblo en algo más que recorrer uno de los conjuntos medievales más llamativos de Navarra. Entre el vuelo legendario de una paloma, las paredes de una fortaleza, las candelas de los peregrinos y el olor del sarmiento, Ujué continúa contando una historia que empezó hace siglos entre las rocas.