Hay despedidas que cuestan especialmente cuando detrás de un mostrador se han compartido 51 años de trabajo, conversaciones y confianza con varias generaciones de clientes. Gerardo Fernández lo sabe bien y ya tiene marcada en rojo la fecha de su jubilación.
El próximo 31 de diciembre de 2026, Gerardo Fernández Oteiza y su mujer, Mari Carmen Sánchez, bajarán por última vez el mostrador de su carnicería en el mercado de Santo Domingo de Pamplona. Se marcharán juntos, como han trabajado durante buena parte de su vida, y con la satisfacción de dejar el negocio en buenas manos.
La despedida coincide con una fecha especialmente simbólica. La carnicería Gerardo Fernández cumple cien años en 2026, después de que el padre de Gerardo, Manuel Fernández Iraizoz, pusiera en marcha el establecimiento en 1926. Un siglo de historia familiar que no terminará con la jubilación del matrimonio.
Y es que, aunque Gerardo y Mari Carmen se marchen, la carnicería seguirá abierta gracias a Nafisa Kuvatpekova, una mujer originaria de Kirguizistán que conoce bien el negocio y que se ha convertido en la garantía de continuidad de esta pequeña historia comercial de Pamplona.
Gerardo se jubila después de 51 años en el mercado de Santo Domingo
"Por un lado me da mucha pena porque tengo clientas incluso de terceras generaciones", reconoce Gerardo, que habla con cariño de las personas que han pasado durante décadas por su establecimiento.
"Son muchos años, toda mi vida aquí. Pero yo creo que ya me toca dar el relevo y disfrutar un poco de la vida", explica este carnicero pamplonés, que afronta su jubilación con una mezcla de nostalgia y ganas de comenzar otra etapa.
No le cuesta reconocer que está deseando descansar. "Estoy encantado de que me voy a jubilar", asegura entre sonrisas. Después de más de medio siglo trabajando, considera que ha llegado el momento de disfrutar de todo aquello para lo que antes apenas encontraba tiempo.
Su trayectoria comenzó muy joven, prácticamente al terminar la enseñanza obligatoria. "Yo soy de la EGB. Acabé la EGB y a trabajar", recuerda. En casa hacía falta ayuda y el camino profesional estaba bastante claro.
De hecho, tomó una decisión poco habitual para incorporarse cuanto antes al negocio familiar. "Incluso fui a la mili voluntario por acabar antes, por empezar a trabajar. Mi padre era mayor", relata.
Una familia de carniceros que ha marcado la historia del mercado
El oficio no ha sido una casualidad en la familia Fernández. Gerardo aprendió junto a su padre, Manuel Fernández Iraizoz, que abrió la carnicería en 1926 y transmitió sus conocimientos a sus hijos.
"Mi padre nos enseñó todo", recuerda con agradecimiento. En su familia eran cinco hermanos y cuatro de ellos han trabajado como carniceros. Durante una época llegaron a coincidir tres hermanos en el mercado.
La tradición tampoco se ha perdido en la siguiente generación. Gerardo señala que tiene sobrinos trabajando en otros puestos del propio mercado de Santo Domingo, uno en una esquina y otro en otra zona del recinto.
Después de tantos años, su balance profesional es claramente positivo. "Hemos trabajado mucho porque han sido épocas de trabajar mucho, muy duro", reconoce. Sin embargo, nunca ha perdido el gusto por su profesión.
"Me ha gustado, me gustaba, me sigue gustando", asegura. Y destaca especialmente el contacto con los clientes, muchos de ellos vecinos del barrio y personas que llevan toda la vida comprando en su carnicería.
Nafisa, la mujer de Kirguistán que continuará con la carnicería centenaria
Una de las mayores alegrías de Gerardo es saber que el negocio no desaparecerá cuando él se jubile. El relevo está preparado y tiene nombre propio: Nafisa Kuvatpekova.
Nafisa, originaria de Kirguistán, ya había trabajado anteriormente con Gerardo y regresó al establecimiento. La relación profesional terminó convirtiéndose en una sociedad hace aproximadamente dos años.
"Tengo una chica que estuvo trabajando antes conmigo y nos hemos hecho socios hace un par de años", explica el carnicero, que no esconde su satisfacción por haber encontrado a una persona de confianza.
"Trabajadora, muy maja y me ha encantado", dice sobre su sucesora. Gerardo considera que el establecimiento seguirá funcionando y que los clientes podrán continuar comprando en el mismo puesto de siempre.
Cuando le preguntan si se marcha tranquilo, responde sin dudarlo: "Sí, sí, sí. Muy tranquilo". Una tranquilidad que resulta especialmente importante después de tantos años dedicados al negocio familiar.
Nafisa asumirá la continuidad de la carnicería cuando llegue la jubilación del matrimonio y tendrá que organizar el personal necesario para seguir atendiendo el establecimiento.
Del cordero a la chistorra de Tafalla: lo que más compran los clientes
Más allá de las despedidas, Gerardo también ha visto cómo han cambiado los hábitos de compra de los pamploneses durante sus 51 años de oficio. En su mostrador sigue habiendo carne fresca de ternera, cerdo y pollo, aunque reconoce que las preferencias actuales están muy condicionadas por el precio.
"Ahora pollo y cerdo es lo que más se vende, es lo más apañado", explica. Son productos que permiten ajustar mejor el presupuesto familiar y que tienen mucha salida entre sus clientes. Sin embargo, cuando le preguntan por la carne que más gusta, su respuesta es inmediata: el cordero.
"Unas costillicas de cordero a la brasa, ¿a quién no le gustan?", comenta con entusiasmo. El problema, reconoce, es que su precio hace que no sean precisamente las más vendidas. También ha aumentado la demanda de productos elaborados, aunque el pollo y el cerdo siguen ocupando un lugar destacado en las compras habituales.
La carnicería mantiene además su apuesta por los productos de proximidad. Entre ellos figura la chistorra de Sarnago, de Tafalla, con cuyo productor trabajan desde hace muchos años. "Todo de aquí y artesano. Y bien cuidado, lo cuidamos bien", explica Gerardo, orgulloso de los productos que ofrece a sus clientes.
"Si trabajas bien y haces las cosas bien, sí es rentable"
Gerardo ha pasado más de medio siglo observando la evolución del comercio tradicional desde uno de los mercados más conocidos de Pamplona. Y, pese a las dificultades del oficio, sigue convencido de que una carnicería puede ser un negocio viable.
"Si trabajas bien y haces las cosas bien, sí, sí es rentable", afirma con rotundidad. Para él, la clave está en el esfuerzo diario, la profesionalidad y el trato con los clientes. Su experiencia también le ha enseñado que tener un establecimiento exige una dedicación constante. Por eso, ahora que se acerca la jubilación, recuerda un conocido refrán: "El que tiene tienda, que la atienda".
Precisamente esa obligación de estar siempre pendiente del negocio es una de las cosas que quiere dejar atrás. No porque haya perdido el cariño a la carnicería, sino porque considera que ya ha cumplido una etapa.
Y no va a comenzar la siguiente en solitario. A su lado estará Mari Carmen Sánchez, su mujer, que se incorporó al negocio cuando se casaron y ha compartido desde entonces el trabajo diario en el mercado.
"Ella vino más tarde, pero cuando nos casamos empezó conmigo y ahora nos vamos juntos", explica Gerardo. Ambos han decidido cerrar esta etapa profesional al mismo tiempo.
Una despedida con los clientes el 31 de diciembre
El matrimonio ya tiene planes para cuando deje de trabajar. No se trata de grandes proyectos ni de compromisos complicados, sino de disfrutar de una libertad que durante décadas ha estado condicionada por los horarios de la carnicería.
"Queremos viajar un poco, lo que podamos, que nos acompañe la salud. Y disfrutar un poco", cuenta Gerardo, que afronta esta nueva etapa con ilusión.
Antes, sin embargo, queda una última cita en el mercado de Santo Domingo. El 31 de diciembre de 2026 será su último día detrás del mostrador y quiere compartirlo con las personas que han formado parte de su vida profesional.
Para esa jornada, Gerardo y Mari Carmen tienen previsto organizar un pequeño lunch con sus clientes, una celebración con la que despedirse de quienes les han acompañado durante tantos años.
"Haremos aquí un lunch. Tenemos previsto eso con los clientes", adelanta el carnicero, que quiere convertir su última jornada de trabajo en un encuentro especial.
Será el final de 51 años de oficio para Gerardo Fernández Oteiza, pero no de la historia de una carnicería que acaba de cumplir un siglo. A partir de enero, Nafisa Kuvatpekova continuará atendiendo el establecimiento que Manuel Fernández Iraizoz abrió en 1926 y que ha permanecido vinculado a la familia durante cien años.