• miércoles, 07 de enero de 2026
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SOCIEDAD

Migas de galletas, tres vasos casi vacíos y las huellas dulces de la magia: "¡Han venido los Reyes!"

También un detalle mínimo, que lo ha hecho sonreír más que cualquier caja: una nota breve, con letra sencilla, como escrita deprisa para no ser vistos. “Por haber sido muy bueno”.

Un niño observa los regalos de Reyes a los pies del árbol de Navidad.
Un niño observa los regalos de Reyes a los pies del árbol de Navidad.

Un niño se ha despertado esta mañana en Pamplona con los ojos aún pegados de sueño y el corazón acelerado. Ha sido un despertar distinto, como si la casa respirara más despacio. En el pasillo había un silencio especial, de los que anuncian algo grande.

Ha salido de la cama sin hacer ruido, casi de puntillas. Ha mirado la puerta del salón como se mira un misterio. Y antes de encender ninguna luz, ha notado esa claridad suave que deja la calle al amanecer, una luz que parece hecha para las sorpresas. De hecho la había. Pamplona estaba cuajada de nieve. Pero eso que, en otras circuntancias habría sido un hecho tan excepcional como ilusionante, ahora ha pasado a un segundo plano.

Al entrar, lo ha visto. El árbol de Navidad seguía en su sitio, pero el suelo ya no era el mismo. Donde ayer había espacio, hoy han aparecido cajas, paquetes, lazos, papel brillante. Regalos por todas partes, apilados como si hubieran crecido durante la noche. El árbol parecía más alto, más lleno, más feliz.

Durante un segundo se ha quedado quieto. No por miedo, sino por respeto. Hay momentos que se miran primero y se tocan después. Se ha llevado una mano a la boca, como si así pudiera sujetar la emoción para que no se le escapara.

Luego ha dado un paso. Y otro. Ha leído etiquetas con su nombre. Ha encontrado paquetes pequeños y otros enormes. Ha reconocido colores. Ha olido el papel nuevo. Y ha sentido esa mezcla de nervios y alegría que solo existe en la infancia, cuando todo es posible y, además, está ocurriendo.

En una esquina, junto al árbol, han quedado pistas. Un trocito de roscón, unas migas de galletas de chocolate, tres vasos casi vacíos de leche... los que él dejó la noche anterior llenos. También un detalle mínimo, que lo ha hecho sonreír más que cualquier caja: una nota breve, con letra sencilla, como escrita deprisa para no ser vistos. “Por haber sido muy bueno”.

Ha llamado a su familia con una voz contenida, como si temiera que el hechizo se rompiera. “¡Han venido los Reyes!”, ha dicho. Y en esa frase ha metido el mundo entero: la espera, los días marcados en el calendario, los deseos pensados antes de dormir, la lista repasada mil veces.

Cuando han llegado los demás, el salón se ha llenado de pasos, de susurros, de risas. Pero él ha seguido mirando el árbol. No solo los regalos: el escenario completo. El lugar exacto donde ha pasado la magia. El punto de encuentro entre lo que se imagina y lo que, un año más, se ha cumplido.

Ha escogido un paquete al azar y lo ha sostenido un momento, sin abrirlo todavía. Ha apretado el papel con cuidado, como quien sostiene algo frágil. No tenía prisa. Porque la prisa, esta mañana, era lo único que no hacía falta.

Ha habido un instante, ya en medio del desorden de papeles, en el que ha levantado la vista. El árbol seguía allí, con sus luces apagadas, pero el salón brillaba igual. Y él ha entendido algo sin saber explicarlo: que la ilusión no está solo en lo que llega, sino en creer que alguien ha venido de muy lejos para dejarlo.

Esta mañana, el niño no solo ha encontrado regalos. Ha encontrado una certeza luminosa: que ser bueno ha merecido la pena, que la espera ha tenido sentido y que, al menos una vez al año, la magia ha sabido el camino de vuelta a casa.

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