Dos emprendedores vascos han apostado por una fórmula poco habitual en Navarra: cocina en vivo, trato directo y una mesa a la que se viene a disfrutar, no a correr. El plan es sencillo y, a la vez, exigente: que el cliente vea cómo se cocina, note el producto y se lleve la sensación de estar en un sitio hecho con mimo.
Ese concepto es el que ha traído a Kinari al centro de Estella, a media hora de Pamplona, donde abrió en el verano de 2025 en la calle Espoz y Mina 3, en el espacio del antiguo Casanellas. El proyecto lo han puesto en marcha Jon Iñaki Monterroso y Karen Harillo, con trayectoria en hostelería y una idea muy marcada de lo que quieren ofrecer: “una cocina que se disfrute, en la que tanto el cocinero como el cliente se tomen su tiempo”.
Aquí la cocina no se esconde. Se trabaja prácticamente pegado al comedor, separados solo por un cristal, y esa cercanía lo cambia todo. Monterroso lo resume como cocina cien por cien directa: “Se escucha de primera mano lo que opina el cliente”. También reconoce que la acogida ha sido muy buena desde el inicio: “Estamos muy agradecidos tanto con los vecinos como con el público en general”.
El local, además, marca el ritmo. Dentro hay ocho mesas, y la capacidad se mueve entre 18 o 20 clientes, porque en el día a día solo trabajan dos personas. “Yo en cocina y Karen sirviendo a las mesas. Damos comida para 18 o 20 clientes que puede parecer poco, pero para nosotros es un montón”, explica el cocinero.
Por eso, de cara a los días de más movimiento, lanza un consejo claro: “Intentamos, sobre todo, el fin de semana que acudan con reserva previa. El fin de semana se trabaja muy bien. Tenemos mucha aceptación”.
La historia de cómo acabaron aquí también tiene su punto. Jon Iñaki, natural de Gernika, cuenta que llegaron “por casualidad”. “Vinimos porque nos llamaron hace tiempo para abrir un proyecto, un hotel, y al final se cayó el proyecto. Vivimos en Pamplona y nos hicimos a la idea de venir a Estella y trabajar en pareja”, relata. Y añade un detalle que llama la atención en cuanto abre la boca: tiene acento argentino. “Estuve allí trabajando diez años y a uno se le pega el acento”, comenta.
Cuando vieron el local, encajó a la primera. “Nos encontramos con este local, que era el antiguo restaurante Casanellas, que estaba en traspaso y era un poco lo que queríamos. Un local pequeñito con la cocina abierta y muy natural, que es lo que hacemos”, señala. A partir de ahí, el restaurante se ha construido alrededor de esa idea: un sitio pequeño, íntimo y con el proceso a la vista.
En la carta manda el producto local navarro y una forma de cocinar “muy natural, muy personal”, con su propio toque. Aun así, reconocen que lo que más sale no siempre es lo más esperado. “Nos gusta trabajar con la verdura de cercanía, pero nos damos cuenta de que lo que más se venden son los carpaccios, los ceviches, lo que es diferente”, explica Monterroso.
Y hay otra consigna que se repite: hacer el máximo posible dentro del propio restaurante. “Los clientes nos dicen que les gusta, tanto aquí en directo que te saludan como las reseñas que dejan. Nuestra consigna es que la mayor parte de los platos los hagamos aquí. Respetamos el tema de la quinta gama y el producto que viene elaborado fuera de casa, pero queremos hacer todo lo contrario”, afirma.
Esa filosofía se traduce en trabajo artesanal diario: “Queremos que el producto venga lo más natural posible. Todo se elabora aquí como las salsas, las mermeladas, menos el pan”. El pan lo traen de un panadero de Abárzuza, al que consideran “el más artesano y cercano” que tienen. Y el objetivo, insiste, no es disfrazar nada: “Queremos que la comida sorprenda, pero sin mucho artificio”.
Las reseñas en redes sociales también han empujado el nombre del restaurante. Una de ellas cuenta que llegaron “sin más aliciente que probarlo y celebrar un cumpleaños”, y que lo que encontraron “fue extraordinario”, con “un ambiente agradable, amabilidad y un menú digno de estrella”.
Otra destaca el nivel de la experiencia y baja al detalle de los platos: “Una experiencia culinaria de otro nivel. Servicio excepcional y ambiente agradable. Se nota que les gusta lo que hacen. Pedimos dos entrantes, un ceviche de lubina con una mezcla de sabores perfecta; y un pulpo que es el mejor que he comido en mi vida. Yo pedí un cordero muy bueno, además la presentación de los platos es exquisita”.