COMERCIO LOCAL
El bar de Pamplona donde trabaja una familia al completo y triunfan los fritos caseros y las rabas
Han dejado atrás el menú del día y han apostado más por la cafetería, los pinchos y una carta flexible.
Una familia de Navarra ha convertido la barra, la cocina y la terraza en su forma de vida. Patxi Baztán Apezteguía, su mujer Loli Coto y sus tres hijos, Fermín, David y Daniel, trabajan juntos desde hace casi 18 años en un oficio exigente, de muchas horas y pocos descansos, pero también de mucha cercanía con los clientes.
Su casa diaria es el Bar Kendal, situado en la calle Ermitagaña 16, en el barrio pamplonés de Ermitagaña, muy cerca de la pescadería Itarte y rodeado de otros negocios de la zona. Allí han levantado entre todos un bar familiar que ya es un clásico para muchos vecinos de Pamplona.
El local abrió hace 40 años con otro grupo de personas y durante una etapa tuvo como propietaria a Conchi Galarza. Hace nueve años, la familia Baztán Coto tomó las riendas del negocio y lo convirtió en un proyecto compartido. “Nos dedicamos familiarmente al completo al Kendall. Estamos cinco personas y todo legal”, explica Patxi Baztán.
El esfuerzo se reparte en casa y en el bar. Fermín, el mayor, lleva 12 años en la barra. David, el mediano, se encarga de la cocina desde hace tres años. Daniel, el pequeño, ayuda en el establecimiento mientras continúa con su formación. Para sus padres, ese relevo es una de las mayores satisfacciones. “Nuestro quehacer es que los hijos se formen. El relevo está aseguradísimo. Son tres personas muy valiosas”, subraya Patxi.
La historia familiar viene de lejos. Patxi Baztán, de 61 años, y Loli Coto, de 54, forman parte de una saga hostelera de cuarta generación en Pamplona. Él recuerda especialmente a su abuelo, que llevó el Casino Eslava, y la manera en la que entendía el oficio. “Le recuerdo todos los días por cómo formaba a los empleados. Eso quiero transmitir a mis hijos”, señala.
Mantener un bar vivo durante tantos años no ha sido sencillo. La familia ha tenido que adaptarse, cambiar rutinas y ajustar la oferta a lo que pide la clientela. Han dejado atrás el menú del día y han apostado más por la cafetería, los pinchos y una carta flexible. “Los tiempos cambian y hay que ajustarse a la realidad”, reconoce Patxi.
En el Bar Kendal se sirven platos combinados, manitas, callos, ajoarriero, ensaladas y pinchos. Para las cenas, la propuesta es más limitada y dinámica, con sándwiches y ensaladas, porque el bar cierra a las 23 horas después de una jornada larga.
El horario refleja bien el esfuerzo diario de la familia. Abren a las 8.30 horas entre semana y a las 9 horas los fines de semana. Trabajan todo seguido, salvo los sábados por la tarde, una franja en la que han comprobado que muchos clientes del entorno se marchan a otros lugares. Los domingos, en cambio, abren durante todo el día.
La vida del barrio también marca el ritmo del negocio. La cercanía con la parroquia, los clientes habituales, la actividad de la zona y los eventos deportivos ayudan a mantener ese ambiente de bar cercano. Los viernes por la tarde y los sábados por la mañana son algunos de los momentos con más movimiento.
Entre los productos que más triunfan están los fritos caseros de pimiento, jamón y queso. También las rabas, uno de los grandes fuertes de la casa. A eso se suman el ajoarriero, los sándwiches y las ensaladas. La familia procura, además, cuidar el espacio para que los clientes estén cómodos y no se pierda ese ambiente tranquilo que muchos valoran.
Para Patxi Baztán, el balance tiene mucho de resistencia, pero también de orgullo. “Es increíble para mí que, desde el 85, aún podamos sobrevivir y transformarlo cada uno o dos años para que se mantenga vivo”, admite. Aun así, asegura que conserva la ilusión, aunque reconoce que el momento actual para la hostelería es incierto.
También mira con cierta nostalgia a la formación hostelera de antes. Echa en falta “el nivel formativo y educativo que ha habido en hostelería” y trata de transmitir a sus hijos esa manera de trabajar aprendida en casa. Ahora, explica, sus tres hijos ya dominan el negocio y él y Loli Coto les acompañan y les apoyan en el día a día.
Los clientes también han dejado por escrito esa sensación de bar familiar. Una reseña destaca que es un local “tranquilo y acogedor” donde se pueden comer pinchos “buenísimos” y caseros. “La relación calidad-precio es genial. Es una pena que no haya menús diarios, pero puedes comer fritos, tortillas, pinchos muy variados y todo en un ambiente tranquilo”, apunta.
Otra opinión remarca el trato y la comida: “Ambiente familiar, los fritos que probamos ricos (gambas, pimiento y jamón y queso). Café bien servido. Los dueños agradables, y en la terraza da el sol por la mañana, por lo que si te gustan las terrazas agradeces algo de sol en invierno”.