NAVARRA
La navarra de casi 88 años que sigue fiel a la Javierada: "Este año he entrenado menos, pero llegaré"
Josefina Martínez asegura que nunca ha estado en un hospital y que solo toma “una pastilla para el colesterol”.
Con casi 88 años —los cumplirá el 19 de marzo—, Josefina Martínez Martínez vuelve a calzarse las zapatillas para la Javierada 2026. No recuerda ni desde cuándo no falla. “Por lo menos desde hace 30 años, ya ni me acuerdo. Empecé a ir antes de casarme y me casé con 25 años”, relata esta vecina de Estella, la más veterana del grupo que cada año sale andando.
Josefina nació en Murieta y, hace ya bastantes años, fue una de las personas que organizó un grupo de unos 40 peregrinos que arrancan a pie desde Estella rumbo a Javier. En ese camino la acompañó durante décadas su marido, Paco Ciordia, que murió con 86 años en octubre de 2022. Ella lo recuerda sin rodeos: “Ha sido lo mejor de mi vida”. Ahora, explica, el relevo se ha ido haciendo solo. “Ha entrado más gente joven y vamos muy a gusto”, celebra.
Este año, eso sí, la preparación ha sido distinta. Josefina reconoce que ha entrenado menos por el tiempo. “He entrenado menos por el mal tiempo. Ha llovido mucho, pero espero llegar a pie”, cuenta. El grupo lleva coche de apoyo, pero ella lo mira de reojo. De hecho, asegura que su empeño contagia: “Las más jóvenes me dicen que si yo sigo a pie ellas no quieren meterse en el coche”.
También lo tiene claro con una elección que repite sin dudar: prefiere la primera Javierada. “Prefiero ir a la primera Javierada porque la segunda es más suave”, comenta. Y remata su idea con una comparación directa: “La segunda Javierada no me gusta. Me gusta la primera, que es más dura. En la segunda casi todo el mundo va en autobús”.
El viaje desde Estella hasta Javier lo hacen por etapas. El viernes por la tarde acuden a misa a las ocho en la iglesia de San Miguel de Estella. Después, tras oír misa, ponen rumbo hacia Tafalla, donde pasan la noche. El sábado llegan caminando a Sangüesa, hacen allí la segunda noche y el domingo completan el último tramo hasta Javier. Tras la misa, regresan en autobús.
Josefina habla del recorrido como quien repasa una ruta que ya forma parte de su vida. “No sé ni cuántos años hace que voy a Javier. Vamos casi 40”, explica. Cuenta que, tras salir de Estella, primero paran en Larraga y llegan a Tafalla, donde duermen en una casa de curas.
Allí, además, ella se encarga de una tradición que no se negocia: prepara la cena “con el mismo menú siempre”. “Hago sopas de ajo y atún de escabeche con tomate y pimiento con las cazuelas grandes que llevo de mi casa”, detalla. Los postres, puntualiza, “los traen los curas que vienen con nosotros”.
El sábado por la mañana madrugan para oír misa “muy pronto” en Tafalla y continúan hasta San Martín de Unx, donde almuerzan. “Ya lo tenemos todo controladísimo”, afirma. Más adelante, en Aibar, hacen otra parada en el bar El Perrillas, junto a la carretera. La segunda noche la pasan en Sangüesa. Allí cenan “en un sitio de monjas”, extienden la colchoneta y comparten espacio en una habitación multitudinaria: “Estamos 500 personas”.
El domingo, ya con Javier en el horizonte, salen al vía crucis y asisten a la misa, un momento que Josefina describe como especialmente emocionante. Después tienen otro punto fijo del plan: el almuerzo en el hotel Xabier, que, según cuenta, reservan “con mucho tiempo”. Y entonces llega el regreso en autobús.
Entre paso y paso, la veterana describe el ambiente con una frase que retrata la escena: “Vamos andando y cantando. Parece que vamos de fiesta”. Pero este año, además de la devoción y el recuerdo a su marido, tiene un motivo más concreto. Josefina explica que pide por sus hijas, Mari Jose y Ana. “Mi hija mayor, Mari José, ha estado mal de salud y ahora está mejor. La pequeña, Ana, está delicada y como soy religiosa le pido a San Francisco Javier por mis hijas”, expresa.
A pesar de su edad, Josefina no le da un valor extraordinario a llegar andando. “Es muy fácil. Creo que aguantaré este año”, sostiene. Dice que siempre le ha gustado trabajar y atribuye su fortaleza a la fe: “Creo que el santo me da salud”. Asegura que nunca ha estado en el hospital y que solo toma “una pastilla para el colesterol”. Y describe lo que le provoca volver una y otra vez a esa ruta: “Cada vez que voy me reconforta y me alegra. Me anima. Es bonito y me da vida”.