El cementerio de San José de Pamplona esconde una sorprendente relación con Napoleón Bonaparte. Sus tropas ocuparon la ciudad cuando el camposanto comenzó a utilizarse, hace ya más de dos siglos.
Lo más curioso es que el cementerio llevaba tiempo construido, pero los pamploneses se negaban a enterrar allí a sus familiares. Preferían mantener una tradición profundamente arraigada: dar sepultura a sus seres queridos dentro de las iglesias o en los terrenos próximos a ellas.
La situación cambió en 1808, durante la Guerra de la Independencia, cuando las autoridades respaldadas por los franceses impusieron la utilización del nuevo recinto funerario. Fue entonces cuando comenzó la historia de uno de los lugares más conocidos de Pamplona.
El 17 de diciembre de 1808 se realizaron los primeros enterramientos en el cementerio de Berichitos, nombre por el que también se conoce a San José. Pero detrás de aquella fecha hay una historia de resistencia vecinal, decisiones políticas y cambios en las costumbres.
El cementerio de Pamplona que nadie quería utilizar
Para entender esta relación con Napoleón hay que remontarse a los primeros años del siglo XIX, cuando los habitantes de Pamplona todavía enterraban a sus difuntos en el interior de las iglesias o en pequeños cementerios parroquiales.
Existían espacios funerarios en el actual atrio de la Catedral de Pamplona, en la plaza de San Nicolás y junto a las iglesias de San Lorenzo y San Cernin.
Sin embargo, esta práctica comenzó a considerarse un problema de salud pública. Las autoridades querían trasladar los enterramientos fuera de los núcleos urbanos para mejorar las condiciones higiénicas.
El 28 de junio de 1804, el rey Carlos IV promulgó una Real Cédula que prohibía las inhumaciones en las iglesias y promovía la utilización de cementerios situados fuera de las poblaciones.
En Pamplona se eligieron unos terrenos del término de Berichitos, junto a la zona de la Biurdana. La elección fue realizada por Miguel Hermosilla, director de ingenieros, y la compra del terreno supuso un desembolso de 2.013 reales, según los datos históricos recogidos por Navarra.com.
El proyecto quedó en manos del arquitecto Pagola y las obras se desarrollaron entre 1805 y 1806. Así nació el actual cementerio de San José. Pero había un problema: los vecinos no querían utilizarlo.
El nuevo recinto se encontraba fuera de las murallas de Pamplona y suponía romper con una tradición religiosa que vinculaba los enterramientos a las parroquias.
La intervención de Napoleón que cambió la historia de San José
La llegada de las tropas de Napoleón Bonaparte a Pamplona terminó por acelerar un cambio que las autoridades llevaban años intentando introducir. Durante la ocupación francesa, que se prolongó entre 1808 y 1813, se adoptaron medidas para obligar a utilizar el cementerio de Berichitos.
El 5 de diciembre de 1808, el virrey dictó una orden, respaldada por las autoridades napoleónicas, para que todas las parroquias de Pamplona comenzaran a enterrar a sus difuntos en el nuevo camposanto. La disposición respondía a razones sanitarias y buscaba terminar con los enterramientos dentro de las iglesias.
La resistencia de los vecinos había sido tan importante que, pese a estar construido desde hacía aproximadamente dos años, el cementerio todavía no había entrado en funcionamiento. Finalmente, el 17 de diciembre de 1808, en plena ocupación francesa, se produjeron los primeros enterramientos.
Por eso, la historia del cementerio de San José está estrechamente vinculada a los soldados de Napoleón, aunque fueron las autoridades de aquella época las que impusieron su utilización.
Los tres primeros enterrados en el cementerio de Pamplona
Otra de las curiosidades de aquella jornada es que ninguna de las tres primeras personas enterradas en San José era natural de Pamplona. La primera fue Marta Lecoge, una mujer de 56 años, natural de Bayona, que pertenecía a la parroquia pamplonesa de San Saturnino.
También recibió sepultura Fernando Lagrava, de 62 años, procedente de Bañeres, en Francia, y vinculado a la parroquia de San Nicolás. El tercer enterramiento correspondió a Pedro de Juantorena, de 78 años, natural de Erasun, perteneciente a la parroquia de San Juan Bautista.
Los tres fueron enterrados el 17 de diciembre de 1808, una fecha que marcó el comienzo de la actividad funeraria en Berichitos. Aquel mismo día fallecieron otras dos personas en Pamplona. Sin embargo, sus cuerpos fueron enterrados en las parroquias de Aizoáin y Villava, a pesar de la nueva disposición.
Este episodio refleja hasta qué punto seguía existiendo resistencia a abandonar las antiguas costumbres funerarias.
De un cementerio rechazado a uno de los lugares históricos de Pamplona
Con el paso de los años, los enterramientos en Berichitos terminaron por normalizarse y el cementerio de San José se convirtió en el principal espacio funerario de la capital navarra.
En 1829, el camposanto pasó a ser municipal. Posteriormente, en 1832, se impulsó la construcción de una capilla y de las viviendas destinadas al capellán y a los enterradores.
El recinto también fue creciendo para responder a las necesidades de una ciudad cada vez más poblada. Entre sus ampliaciones históricas figuran las realizadas en 1864, 1898, 1931, 1941 y 1969, además de otras reformas posteriores.
Actualmente, el cementerio ocupa una superficie de aproximadamente 127.390 metros cuadrados y alberga miles de sepulturas, nichos, columbarios y panteones.
Entre las personalidades más conocidas que descansan en este lugar destaca el violinista pamplonés Pablo Sarasate, hijo predilecto de la ciudad, cuyos restos fueron enterrados en San José en 1909.
Cada 1 de noviembre, coincidiendo con la festividad de Todos los Santos, el alcalde y los concejales de Pamplona acuden tradicionalmente al responso en recuerdo del músico.
Los religiosos que vivieron dentro del cementerio de Pamplona
La historia de San José también guarda otros episodios poco conocidos, como la presencia de una comunidad religiosa que llegó a vivir permanentemente dentro del recinto. Se trataba de los hermanos Fossores, que se instalaron en el cementerio para colaborar con los trabajadores municipales en las tareas de enterramiento.
Además de participar en las inhumaciones, se encargaban de la limpieza y del mantenimiento de las zonas comunes. Los religiosos permanecieron en el cementerio de Pamplona entre 1965 y 1969, cuando finalizó su convenio con el Ayuntamiento.
El 20 de abril de 1969, los cuatro hermanos Fossores que todavía residían en el recinto abandonaron definitivamente San José.
Después, el Ayuntamiento convocó ocho plazas de sepultureros, con una retribución de 49.500 pesetas anuales, dos pagas extraordinarias y 50 pesetas diarias en concepto de asistencia.
De los enterramientos de 1808 a las cremaciones actuales
El cementerio que comenzó a utilizarse durante la ocupación napoleónica ha experimentado una transformación especialmente importante en las últimas décadas.
Uno de los cambios más significativos llegó en el verano de 2000, cuando Pamplona instaló su primer horno crematorio. En aquel momento, las previsiones más optimistas apuntaban a que las incineraciones representarían alrededor del 8% de los servicios funerarios. Sin embargo, durante el primer año alcanzaron el 27%.
El crecimiento de la demanda llevó al Ayuntamiento a incorporar un segundo horno crematorio en febrero de 2005, cuando las incineraciones ya superaban el 43% de los servicios.
La evolución ha continuado desde entonces. En los nueve primeros meses de 2026, el cementerio municipal de San José ha realizado 2.411 servicios funerarios, de los que 2.034 han sido cremaciones.
Esto significa que el 84,36% de los servicios funerarios realizados hasta el 30 de septiembre han sido incineraciones, una proporción prácticamente idéntica a la registrada durante 2025.
En ese mismo periodo también se han realizado 231 enterramientos en nichos, 129 en panteones y 17 en tierra. Un cambio muy significativo respecto a aquel 17 de diciembre de 1808, cuando tres personas fueron enterradas por primera vez en un cementerio que los pamploneses llevaban años resistiéndose a utilizar.