Miguel Fernández Malumbrés conoce el encierro de San Fermín desde dos perspectivas muy diferentes. Durante años corrió delante de los toros por las calles de Pamplona. Después, una lesión le obligó a cambiar las zapatillas por la cámara y a contemplar la carrera desde el vallado.
Ese cambio no solo le ha permitido mantenerse cerca de una de sus grandes pasiones. El encierro también le ha descubierto la que hoy es su profesión. Fernández trabaja como fotógrafo comercial y cuenta con su propio estudio. Una trayectoria que comenzó casi por casualidad cuando decidió subir a los palos para fotografiar aquello que antes vivía desde dentro. “Gracias al encierro tengo mi actual profesión. Se lo debo”, reconoce.
Comenzó a correr con solo 17 años, "uno antes de la edad permitida entonces". Lo admite ahora con cierto pudor. Durante mucho tiempo disfrutó de la carrera como corredor, hasta que entre 2007 y 2008 comprobó que sus condiciones físicas ya no le permitían seguir afrontando los riesgos del recorrido.
Una lesión grave terminó por apartarle definitivamente de los toros. Sin embargo, no estaba dispuesto a desaparecer del encierro.
“Pensé que podía seguir aportando algo para el día de mañana, para que todo el mundo pudiera ver lo que hacemos a través de las imágenes”, explica. Su experiencia como corredor le ha ayudado a introducirse en un mundo que hasta entonces desconocía por completo.
Fernández no era fotógrafo antes de comenzar a retratar el encierro. Fueron aquellas primeras carreras vistas desde el vallado las que despertaron su interés. Le gustó tanto la fotografía que decidió formarse y convertirla en su modo de vida.
El cambio de posición, sin embargo, no resultó sencillo. Pasar de correr delante de los toros a esperar su llegada parado y con una cámara en las manos le provocó durante varios años una sensación de miedo muy parecida a la que había experimentado sobre el adoquín.
“El primer día que me subí a los palos para hacer una foto, y durante los cinco años siguientes, pasé el mismo miedo que como corredor”, ha recordado.
Como corredor estaba acostumbrado a reaccionar en movimiento, buscar espacios y resolver situaciones mientras avanzaba por la calle. Como fotógrafo tenía que permanecer quieto y observar cómo la manada llegaba directamente hacia él.
Con el tiempo ha aprendido a utilizar una ventaja que solo pueden tener quienes han conocido el encierro desde dentro. El fotógrafo asegura que muchas veces no necesita ver al toro para saber cómo está llegando.
“Yo no veo los toros, pero sé quién viene con ellos. Por cómo se mueve la gente sabes cómo viene el toro, si viene bien o si llega con intención de derrotar”, ha explicado.
Esa experiencia no le hace considerarse mejor fotógrafo, pero sí le ofrece una pequeña ayuda para anticiparse en momentos de duda. También observa cada día a los animales en los Corrales del Gas, aunque reconoce que resulta prácticamente imposible predecir cómo se comportarán durante la carrera.
En ocasiones, alguno de los toros que parece más conflictivo termina mostrando ese carácter en las calles. No obstante, Fernández ha destacado el trabajo de los pastores, que tratan de colocar a esos animales en el centro de la manada para evitar que se separen o provoquen situaciones de peligro.
Entre las miles de imágenes que ha tomado y las muchas escenas que ha vivido durante todos estos años, hay una fotografía que ocupa un lugar especial. No la tomó él, más bien la protagonizó. Tampoco es necesariamente la más espectacular ni la mejor desde un punto de vista técnico. Su valor reside en la historia que esconde.
Fue tomada en 1999, durante un encierro de Torrestrella. Fernández corría entonces en la salida del Fitero, en una época en la que, según recuerda, los corredores podían elegir mejor el lado de la calle y existían más espacios entre los animales.
Pero aquel día la carrera se complicó y toda la manada pasó por encima de él. “Fue como si me pasara un autobús por encima”, recuerda.
Fernández se levantó dolorido después de sufrir el atropello de los toros. Pese a los golpes, decidió continuar con los planes de aquella jornada. Un amigo les había contado que llegaban unas conocidas y fueron a recibirlas para pasar el día juntos. Entre aquellas jóvenes se encontraba la que hoy es su mujer.
El 14 de julio, cuando los corredores acudían a recoger las fotografías del encierro en el establecimiento Zubieta y Retegui, Fernández descubrió la imagen exacta del momento en el que la manada le había arrollado.
Aquella fotografía terminó colgada durante años en casa de sus padres. No por su belleza, sino porque estaba tomada el mismo día en que conoció al amor de su vida.
“Después de dos hijos y 26 años, le tengo un cariño especial. Me recuerda que en el encierro las pasé canutas, pero el día terminó bien”, señala mientras esboza una sonrisa nostálgica.
Fernández también ha observado una profunda transformación en las carreras desde la época en la que él participaba. Considera que antes los toros llegaban menos agrupados, podían quedarse rezagados y lanzaban derrotes hacia los lados. Eso obligaba a los corredores a estar pendientes no solo de la cabeza de la manada, sino también de lo que podía aparecer por detrás.
“Las nuevas generaciones no saben lo que es un toro rezagado o un toro que tira derrotes a derecha e izquierda. Creo que se ha perdido bastante el respeto a estos animales”, ha advertido.
En su opinión, los corredores actuales se enfrentan a manadas más rápidas y agrupadas. Esa circunstancia puede provocar una falsa sensación de seguridad y hacer olvidar el poder y la imprevisibilidad de un toro.
Desde el vallado, Fernández continúa documentando cada mañana todo lo que ocurre en el recorrido. Sus fotografías se distribuyen a través de una agencia que trabaja también para medios y clientes extranjeros.
Las peticiones de corredores han aumentado y tiene previsto habilitar una sección tanto en su tienda como en su página web para que puedan adquirir sus imágenes. También trabaja con agencias francesas y algunas de sus fotografías han terminado decorando bares dedicados al mundo del encierro. “Para mí es una especial ilusión”, ha reconocido.
Miguel Fernández ya no corre delante de los toros, pero nunca ha abandonado realmente el encierro. Ahora observa la carrera desde otra altura y a través del objetivo de su cámara. Cada fotografía le permite conservar una pequeña parte de aquello que sucede durante unos segundos por las calles de Pamplona. Una memoria visual que, como aquella imagen de 1999, puede esconder mucho más que la simple vista de un toro y un corredor.