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SAN FERMÍN

El joven Hemingway que apareció en Pamplona y quedó fascinado: "Ningún carnaval puede compararse"

Hemingway llegó a Pamplona la noche del 6 de julio y encontró calles abarrotadas, música, vino y una fiesta que alimentaría su gran novela.

Ernest Hemingway, en Pamplona. ARCHIVO
Ernest Hemingway, en Pamplona. ARCHIVO

Ernest Hemingway llegó a Pamplona la noche del 6 de julio de 1923 y se encontró de golpe con calles abarrotadas, música, bailes y fuegos artificiales. Aquella primera impresión terminaría cambiando para siempre su relación con Navarra y, años después, también la proyección internacional de los Sanfermines.

Pero el joven escritor estadounidense no apareció en Pamplona por casualidad. Su primer viaje fue deliberado y tuvo detrás una recomendación concreta, su creciente fascinación por la tauromaquia y una oportunidad periodística que encajaba perfectamente con su trabajo como corresponsal en Europa.

Hemingway vivía entonces en París, integrado en el ambiente de escritores y artistas de la llamada Generación Perdida, y trabajaba para el Toronto Star Weekly. Desde allí comenzó a mirar hacia una ciudad española de la que le habían hablado con entusiasmo: Pamplona.

Una figura resultó especialmente importante. Gertrude Stein, escritora cuyo salón parisino frecuentaba Hemingway, le habló de los Sanfermines y le recomendó viajar a Navarra si quería comprender de verdad los toros y todo lo que rodeaba aquel mundo. La semilla estaba plantada.

Gertrude Stein y la obsesión de Hemingway por los toros

El interés de Hemingway por la tauromaquia ya se estaba formando antes de pisar Pamplona. Le atraían el riesgo, el valor, la proximidad de la muerte y ese comportamiento sereno ante el peligro que más adelante ocuparía un lugar central en su literatura.

También había conocido textos y novelas vinculados al mundo taurino, entre ellos la obra de Vicente Blasco Ibáñez y su conocida Sangre y arena. Aquella curiosidad terminaría cristalizando años después en trabajos propios dedicados a los toros, entre ellos Death in the Afternoon.

Pamplona ofrecía justo lo que buscaba. No se trataba únicamente de contemplar una corrida desde el tendido, sino de observar una ciudad entera transformada durante varios días alrededor del toro, el vino, la música, la calle y la fiesta.

A ello se sumaba su oficio. Como corresponsal del Toronto Star Weekly, Hemingway vio en los Sanfermines una magnífica historia para sus lectores norteamericanos y canadienses. Podía combinar el periodismo de viajes con aquello que verdaderamente empezaba a obsesionarle como escritor.

La noche del 6 de julio de 1923

El impacto fue inmediato. Hemingway llegó a Pamplona de noche, en plena celebración del 6 de julio, acompañado por su primera esposa, Hadley Richardson.

La imagen que encontró nada tenía que ver con la tranquila vida parisina que había dejado atrás. Así describió posteriormente aquella entrada en la ciudad: "Llegamos a Pamplona de noche. Las calles estaban abarrotadas de gente bailando. La música vibraba y palpitaba. Estaban lanzando fuegos artificiales desde la plaza principal".

Para Hemingway, aquel espectáculo parecía escapar de cualquier comparación conocida. Habló de una "locura de carnaval" y dejó una de sus frases más rotundas sobre las fiestas: "Ningún carnaval puede compararse a estas fiestas".

No fue una fascinación pasajera. Con el tiempo llegaría a definir Pamplona de una manera todavía más contundente: "Pamplona es el lugar más divertido que jamás se haya visto".

El encierro que dejó fascinado a Hemingway

Uno de los grandes descubrimientos de aquel viaje fue el encierro. Hemingway quedó impresionado por aquellas primeras horas de la mañana en las que cientos de personas corrían delante de los toros por las calles hasta alcanzar la plaza.

Allí encontró muchos de los elementos que posteriormente marcarían su universo literario: el miedo, la valentía, el riesgo auténtico y una frontera extremadamente fina entre la vida y la muerte.

La corrida despertó todavía más su interés. Para él, la tauromaquia no era simplemente un deporte o una diversión popular. La entendía como una tragedia ritual en la que el peligro tenía consecuencias reales.

Ese pensamiento quedó plasmado en sus trabajos periodísticos. Entre los textos publicados aquel otoño destacó Bullfighting is Not a Sport – It is a Tragedy, donde profundizó precisamente en esa manera de entender la lidia.

Hemingway también observó con admiración a toreros de aquellos años como Manuel García 'Maera'. Le interesaba especialmente el comportamiento del torero frente al miedo y la capacidad para mantener la serenidad cuando un error podía resultar definitivo.

Las crónicas de Pamplona que publicó meses después

Aunque había vivido los Sanfermines en julio, sus textos sobre aquella experiencia comenzaron a aparecer meses después. Entre ellos figuraron sus crónicas publicadas en el Toronto Star Weekly durante el otoño de 1923, incluida una pieza fechada el 27 de octubre.

En esas páginas mezcló la mirada del corresponsal con la del escritor que empezaba a construir su propio lenguaje. Describió los toros, los encierros, la multitud, las noches y la peculiar intensidad de una fiesta que parecía no detenerse nunca.

De los Sanfermines de 1923 a 'Fiesta'

Hemingway regresó a Pamplona durante los años siguientes. Ya no era simplemente una ciudad que había visitado como corresponsal, sino un escenario al que volvía con su mujer y con su círculo de amigos.

El vino, las discusiones, las amistades, las corridas, las noches interminables y la tensión de aquellos días terminaron proporcionando al escritor un material literario excepcional.

Tres años después de aquella primera llegada apareció The Sun Also Rises, publicada en 1926 y conocida en español como Fiesta. La novela convirtió los Sanfermines y Pamplona en el escenario de una historia que alcanzaría lectores de todo el mundo.

Fue también la obra que consolidó a Hemingway como uno de los grandes escritores de su generación y que multiplicó la curiosidad internacional por aquella fiesta navarra que había conocido personalmente apenas tres años antes.

Todo había comenzado aquella noche del 6 de julio de 1923, cuando un joven corresponsal estadounidense siguió una recomendación recibida en París y apareció en una Pamplona desbordada por la música, el toro y la fiesta.

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