SOCIEDAD
El pueblo de Navarra que esconde duendes en sus misteriosas calles medievales y te hechiza
Nadie sabe exactamente cuándo nació el mote ni por qué: algunos lo achacan a su carácter travieso y astuto, otros a la magia que desprende el lugar.
Con apenas 750 habitantes y encaramado como una atalaya sobre un cerro de la sierra de Izco, a solo 7 kilómetros de Sangüesa, Aibar conserva intacto su trazado medieval. Calles estrechas y adoquinadas, arcos góticos, casas señoriales con escudos y rincones que parecen sacados de un libro de fantasía. Su posición fronteriza con el antiguo Reino de Aragón lo convirtió en bastión defensivo desde el siglo IX (la primera mención data de 882), y esa historia de vigilantes y batallas se respira en cada esquina.
Pero ¿por qué “el pueblo de los duendes”? El apodo tradicional para sus vecinos —los aibareses— les asigna “extrañas atribuciones” desde tiempos inmemoriales. Nadie sabe exactamente cuándo nació el mote ni por qué: algunos lo achacan a su carácter travieso y astuto, otros a la magia que desprende el lugar. El origen se pierde en la niebla de la tradición, pero el sobrenombre se ha quedado para siempre. Y después de pasear por Aibar, entiendes por qué.
Empieza por lo alto: la Iglesia de San Pedro (siglo XII, románica), que corona el cerro con sus tres naves y el impresionante Cristo del Amparo gótico de dos metros. Justo al lado, la Basílica de Santa María, otra joya románica con ábside semicircular y un retablo barroco que quita el aliento. Baja por la Plaza de la Virgen, porticada y con su lavadero antiguo, y descubre el Portal de la Hueca y la Casa Iziz, dos de los edificios más antiguos, testigos mudos de murallas desaparecidas.
No te vayas sin la ruta del Pozo de las Hiedras (7 km circulares, fáciles). Parte desde la fuente y el acueducto medieval, atraviesa viñedos y el robledal de La Bizkaia y llega a un pozo natural rodeado de hiedras donde, hasta hace pocas décadas, los vecinos se bañaban en verano. Hay quien jura que allí los duendes siguen refrescándose. Cerca está la Nevera de la Bizkaia del siglo XVIII, un pozo de nieve gigante que servía para conservar vino “el más fresco del mundo”.
Para los más curiosos, la Casa-Museo de los Oficios y la Memoria revive la vida de antaño con maquinaria de trujal de aceite, horno de pan y audiovisuales que cuentan cómo era ser aibaré hace un siglo. Y si viajas con niños (o con espíritu aventurero), el Parque de Aventura Artamendia, en pleno robledal a 3 km del pueblo, ofrece tirolinas, puentes colgantes y redes que convierten el bosque en un parque de atracciones natural.
Después de tanto caminar entre leyendas, el cuerpo pide sustancia navarra de verdad.
Aibar no es un pueblo de paso. Es de esos que te hacen aparcar el coche, perder la noción del tiempo y preguntarte si, de verdad, no habrá algún duende observándote desde una ventana. Ve en otoño para el Mercado Medieval o en agosto para las fiestas de San Roque. Pero sea cuando sea, prepárate: una vez entras en Aibar, es muy difícil marcharse sin llevarte un poquito de ese duende dentro.