En lo alto de una colina de la Merindad de Tierra Estella,
Cirauqui observa el paisaje con la calma de quien ha visto pasar siglos. El pueblo apenas supera los 500 habitantes, pero guarda uno de esos tesoros que convierten una visita tranquila en un viaje inesperado: un
tramo de calzada romana de más de 300 metros, perfectamente reconocible y todavía en uso.
No es una reliquia escondida ni un resto arqueológico aislado. La calzada forma parte del Camino de Santiago Francés, lo que significa que cada día peregrinos de todo el mundo caminan sobre el mismo empedrado que, hace casi dos mil años, sirvió para comunicar territorios del Imperio romano. En Cirauqui, el pasado no se contempla: se pisa.
El pueblo se organiza en torno a su casco antiguo, de trazado medieval, con calles estrechas que suben y bajan adaptándose al relieve. Todavía se conservan restos de muralla, puertas fortificadas y edificios que hablan de su importancia estratégica. Entre ellos destacan la iglesia de San Román, del siglo XIII, y la de Santa Catalina de Alejandría, que refuerzan esa sensación de villa histórica suspendida en el tiempo.
Sin embargo, el momento más especial llega al abandonar el núcleo urbano por el oeste. Es allí donde el Camino de Santiago deja atrás las últimas casas y se transforma en piedra. La calzada empedrada desciende hacia el barranco de Iguste y conduce hasta el río Salado, que se cruza por un puente de un solo arco. La estructura, considerada de origen romano, mide unos 8 metros de longitud y 2,5 de anchura, y conserva una sobriedad que encaja perfectamente con el entorno.
El conjunto impresiona por su naturalidad. No hay grandes carteles ni artificios. El visitante avanza casi sin darse cuenta de que está recorriendo una obra de ingeniería milenaria. La calzada de Iguste, como se conoce este tramo, muestra con claridad su sistema constructivo: grandes losas laterales que delimitan el camino y un relleno de cantos rodados y piedras menores que garantizan la solidez del firme. La anchura media ronda los tres metros, suficiente para el tránsito de personas y animales durante siglos.
Este tramo forma parte de una red viaria mucho más amplia. En su origen, la vía conectaba el valle de Guesálaz con la ciudad romana de Andelos, pasando por Maldabelz. En total, el trazado en la zona alcanza unos 3.500 metros, aunque es en las inmediaciones de Cirauqui donde mejor se conserva y donde el visitante puede apreciar con mayor claridad su trazado original.
La calzada se integra además en uno de los grandes ejes de comunicación de la Hispania romana: el itinerario Ab Asturica Burdigalam, que unía Astorga con Burdeos. Estas vías permitían el comercio, el desplazamiento de tropas y la administración del territorio. En el entorno del valle del Arga, incluso llegaron a servir como referencia para delimitar términos municipales, una señal clara de su importancia y antigüedad.
No faltan debates académicos. Algunos especialistas han planteado que ciertas partes pudieron ser reformadas o construidas en épocas posteriores. Aun así, el Gobierno de Navarra reconoce oficialmente la calzada como romana y la ha declarado Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de monumento, lo que garantiza su protección y limita cualquier intervención que pueda alterar su esencia.
Esa protección no ha impedido que se realicen mejoras puntuales. En los últimos años, el Ayuntamiento de Cirauqui impulsa actuaciones para facilitar el paso y mejorar la seguridad del entorno, especialmente para los peregrinos. Se han acondicionado caminos, instalado escaleras y ordenado accesos con un objetivo claro: conservar sin convertir el lugar en un decorado.
En 2025, se aprueba además un plan para reacondicionar un tramo del Camino de Santiago en esta zona. La intervención pone el foco en la restauración del pavimento empedrado y en una integración respetuosa con el paisaje, consciente de que el verdadero valor del lugar está en su autenticidad.
Cirauqui se ha convertido así en un punto donde el tiempo se mide en pasos. Cada piedra, cada curva del camino, recuerda que esta calzada no es solo un vestigio arqueológico, sino una vía viva. Por eso no sorprende que publicaciones como National Geographic hayan señalado este enclave como uno de los mejor conservados del norte de España.
Para quien lo recorre, el tramo de 300 metros no es una cifra ni un dato histórico. Es una experiencia sencilla y poderosa: caminar despacio, levantar la vista y entender que, en este rincón de Navarra, el pasado sigue marcando el camino.