• lunes, 31 de agosto de 2026
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COMERCIO LOCAL

Los hermanos que le dicen adiós a su bar de comida casera en Pamplona después de 11 años entre fogones

José y Tereta Castells Archanco habían convertido el local en un establecimiento muy conocido y querido entre los vecinos de la zona.

Jose Castells y Tereta Castells de La Fogoneta, en la calle Francisco Bergamín 31 de Pamplona. PABLO LASAOSA
Jose Castells y Tereta Castells de La Fogoneta, en la calle Francisco Bergamín 31 de Pamplona. PABLO LASAOSA

La gastronomía de Pamplona ha perdido uno de esos pequeños establecimientos que durante años han conseguido hacerse un hueco gracias a la comida casera y al trato cercano. Después de 11 años de actividad, sus propietarios han puesto punto final a una etapa que habían intentado prolongar buscando un relevo para el negocio.

Se trata de La Fogoneta Culibar, situada en el número 31 de la calle Francisco Bergamín, en pleno Segundo Ensanche de Pamplona. Al frente han estado durante todos estos años los hermanos José y Tereta Castells Archanco, que habían convertido el local en un establecimiento muy conocido entre los vecinos de la zona y en un punto habitual para una clientela fiel. En marzo de 2026 tenían 68 y 66 años, respectivamente.

El establecimiento ha bajado finalmente la persiana justo antes de las fiestas de San Fermín de 2026. Los intentos realizados durante los meses anteriores para encontrar a alguien dispuesto a hacerse cargo del negocio no han terminado fructificando y los dos hermanos han puesto así punto final a una aventura hostelera que comenzó en junio de 2015.

La decisión de abandonar el negocio ya estaba tomada desde hacía meses. No se debía a una falta de clientes ni a problemas de funcionamiento, sino a la jubilación de los hermanos Castells. Cuando Navarra.com habló con ellos el pasado mes de marzo, José explicaba con claridad cuáles eran sus planes: “Nos jubilamos y cerramos. No tenemos relevo generacional y esto tiene que seguir abierto, así que estamos en la búsqueda de un heredero que siga nuestra línea”.

En aquel momento todavía confiaban en lograrlo. De hecho, habían recibido llamadas y consultas de personas interesadas y estaban dispuestos a facilitar todo lo posible la transición. Su intención no pasaba únicamente por traspasar el establecimiento, sino también por transmitir las recetas, los proveedores, los trucos de compra y la forma de trabajar que habían permitido construir la identidad del negocio.

Les ayudaremos con las comidas y los postres, les daremos recetas durante el tiempo que haga falta, trucos de compra y toda la información y ayuda que necesiten”, aseguraba entonces José. Los hermanos querían que el cambio de propietarios resultara casi imperceptible para una clientela acostumbrada durante años a encontrarlos detrás de la barra y en la cocina.

Los Castells estaban convencidos además de que el negocio podía continuar funcionando. José explicaba que, por sus dimensiones, “un matrimonio con un empleado lo pueden llevar perfectamente porque es un bar pequeño”. También recalcaba que no se trataba de empezar desde cero: “Tienen un bar con clientela fija y una facturación demostrable”.

La mejor prueba de aquella buena marcha estaba en las propias reservas. “Tenemos reservas para meses”, explicaba José en marzo. Incluso tenían anotada una comida para el 18 de julio, una fecha posterior a la que inicialmente habían previsto dejar el establecimiento. En aquel momento confiaban en resolver el traspaso en “dos o tres meses” y en que el nuevo responsable pudiera reabrir prácticamente de inmediato.

La cocina había construido su prestigio con una propuesta alejada de complicaciones: comida casera, producto cuidado, buenos fritos y recetas reconocibles. A ello se sumaba el trabajo con los postres y un trato directo con los clientes que había conseguido generar una relación especialmente cercana. Los hermanos hablaban incluso de una pequeña “trilogía” hostelera formada por Faris, Fogoneta y Savoy en esta zona del Ensanche.

Ese ambiente familiar era precisamente uno de los aspectos que José destacaba cuando echaba la vista atrás. “Te lo pasas bien porque nos conocemos todos como la serie del bar de Cheers en televisión”, explicaba. Muchos clientes eran vecinos y amigos a los que conocían desde hacía años, en buena medida porque los propios hermanos también vivían muy cerca del establecimiento.

El reconocimiento también había llegado a través de internet. El establecimiento había conseguido mantenerse entre los locales bien valorados de Pamplona y sus responsables presumían en marzo de contar con cinco estrellas en TripAdvisor y numerosas reseñas positivas. Los clientes destacaban especialmente la cocina tradicional navarra, el producto, los sabores caseros y la atención recibida.

Finalmente, aquel relevo que José y Tereta buscaban no ha llegado y La Fogoneta Culibar ha cerrado después de once años. Con su desaparición, la calle Francisco Bergamín ha perdido uno de esos pequeños bares que han construido su nombre sin grandes artificios, a base de cocina casera y clientes habituales. Para los hermanos Castells ha terminado una etapa iniciada en 2015 y para muchos vecinos queda el recuerdo de un establecimiento en el que la clientela había terminado convirtiéndose casi en familia.

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