COMERCIO LOCAL
La tartas caseras de Karina, el poderoso reclamo en una histórica panadería de Pamplona
También hacen empanadas de carne y de pollo, torreznos con queso y el “famoso sandwich de chola”, que es “el jamón del cerdo al horno”, asegura.
Karina Main Inturias ha aterrizado en Pamplona con una misión dulce: que nadie salga de su panadería sin mirar dos veces la vitrina de las tartas. En apenas tres meses al frente del negocio, sus tartas bolivianas caseras se han convertido en el reclamo más potente de un local que el barrio conocía de sobra… y que muchos echaban de menos.
La escena ocurre en Panadería Ugarte, en la calle Sangüesa 38, en pleno barrio de La Milagrosa. Una dirección de las de “toda la vida”, de las que no solo sirven para comprar pan, sino para parar un minuto, saludar y escuchar qué se cuece por la zona.
Porque esta panadería ha sido, durante años, mucho más que barras y bollos. Ha tenido varios responsables y, en una etapa que los vecinos recuerdan con cariño, la llevaron Claudia López y su madre, Raquel Muro. “Era un lugar no solo para coger la barra de pan diaria, sino para entablar conversación y tomar el pulso a la actualidad del barrio”, hasta que terminó cerrando para sorpresa de clientes y vecinos.
Después llegó una etapa con acento boliviano. Primero la dirigió Eva Hurtado Bellido y más tarde otra boliviana, Juani Sejas Coca, hasta hace pocos meses. Y ahora ha tomado el relevo Karina Main Inturias, que ha traído una propuesta directa: vitrina llena, recetas caseras y una sonrisa lista para el “¿qué te pongo hoy?”.
Karina tiene 40 años y es boliviana de la zona de Cochabamba. Lleva un año seguido en Pamplona, aunque no es nueva en la ciudad: ya estuvo aquí desde 2002 hasta 2011. Y Pamplona, para ella, pesa. “Tengo dos hijos que nacieron aquí en Pamplona”, ha contado. Son Drazen y Lucio.
Ha regresado, según ha explicado, “gracias a que tenía los papeles”. “Extrañaba Pamplona. Vivíamos muy bien aquí…”, ha recordado. Entonces tenía tres hijos; ahora tiene cinco y están todos en Bolivia. Su idea es que el plan cambie pronto: “Espero que en abril estén todos aquí con mi marido (Ivan Felipe)”. Sus hijos tienen entre 23 y cinco años.
En Bolivia, ha añadido, le queda su madre. Su padre “falleció hace poco”. También quiere traerla y ya imagina el reto: “A ver si se acostumbra a un piso. Allí vive a su aire en una casa grande con patio y animales”. De momento, el primer paso lo ha dado ella, plantándose de nuevo en Pamplona con ganas de quedarse.
La oportunidad llegó casi como se cuentan las cosas en el barrio: de tú a tú. “La panadería la tenía una señora que era conocida y me ofreció cogerla”. Karina se lanzó y lo hizo con apoyo familiar. La ha cogido con su hermana, que tiene otro bar en Abejeras 20 (El Gredos). Y en el día a día se turna “con mi hermana Gloria”.
El gancho, lo tiene clarísimo: “Tengo una gran variedad de tartas bolivianas caseras. Hay mucha demanda”. Y esa frase explica por qué la gente entra, mira el mostrador con calma y termina señalando con el dedo: “esa”. Las tartas mandan, pero no van solas.
También hacen empanadas de carne y de pollo, torreznos con queso y el “famoso sandwich de chola”, que es “el jamón del cerdo al horno”. Y para quien quiera seguir explorando el recetario, asoman las salteñas, esa especie de empanada con carne “al jugo” dentro, con huevo y aceituna. No faltan los rollitos de queso, el cuñapé, bebidas frías y “los cafés cremosos” que tienen.
El horario también juega a su favor. Abren todos los días a las 7 y media de la mañana. Y el fin de semana aún antes: a las 6 y media, “para la gente que sale de las discotecas”. Ahí Karina se presenta como es: “Si alguno se pasa se le pone en cintura. Me valgo yo sola para eso. No hace falta avisar a la policía”.
De Pamplona habla con cariño y con una mezcla de nostalgia y alivio. “Me encanta Pamplona. Trae buenos recuerdos”. Le gusta la tranquilidad y, sobre todo, subraya algo que repite con seguridad: “Nunca me ha pasado nada. La seguridad que hay”. El clima no le entusiasma, pero la gente sí: “Me han tratado muy bien”.
Y mientras la vida se reorganiza entre Bolivia y Navarra, en La Milagrosa hay algo que no falla: la puerta de Panadería Ugarte vuelve a abrir temprano, vuelve a oler a horno y vuelve a tener un reclamo que engancha. A veces, una panadería histórica solo necesita eso para recuperar el pulso: pan diario, conversación… y una buena tarta esperando en la vitrina.