Pasear por el Casco Antiguo de Pamplona en plenos Sanfermines permite radiografiar cómo evoluciona la fiesta año a año. El uniforme oficial es sagrado: pantalón y camisa blanca, pañuelo anudado al cuello y faja roja a la cintura. Sin embargo, basta con afilar un poco la mirada entre la marea humana para darse cuenta de un fenómeno silencioso pero imparable: la faja roja está perdiendo adeptos a pasos agigantados.
Mientras que el pañuelo sigue siendo innegociable —nadie concibe la fiesta sin él—, la faja ha pasado de ser un elemento obligatorio a una opción cada vez más prescindible. Para muchos de los que vienen de fuera, directamente ni entra en los planes de la maleta. Es el caso de Martina y Berta, dos jóvenes madrileñas que disfrutan de las fiestas en lo Viejo: "Al llegar a Pamplona compramos el pañuelo porque sabíamos que era sagrado, pero la faja no la compramos; veíamos que mucha gente no la llevaba y preferimos ir más cómodas", confiesan.
Para los de casa, los motivos de este "divorcio" textil responden a veces a los estragos de la propia fiesta. Unax, pamplonés de pura cepa, camina por la calle Estafeta luciendo un impoluto pañuelo pero con la cintura totalmente vacía. Su razón es de fuerza mayor: "Yo sí que la uso, de verdad, lo que pasa es que la perdí el día seis en mitad del Chupinazo con todo el jaleo y ya me ha dado pereza comprarme otra para los días que quedan", bromea.
A pocos metros, Nekane reconoce entre risas que lo suyo ha sido un simple despiste de armario: "¡Que no se entere mi abuela! Esta noche con las prisas se me ha olvidado por completo ponérmela en casa, pero yo sí suelo usarla siempre, me gusta mantener la tradición". En el extremo opuesto se encuentra Josu, que se muestra muchísimo más radical respecto al protocolo estético de las fiestas: "No he usado faja en mi vida, no la necesito para nada y se está mucho mejor sin ella", zanja con rotundidad.
El calvario logístico: del coche a la odisea de los baños
Sin embargo, el grueso de los huelguistas de la faja argumenta razones de pura supervivencia y comodidad en el día a día. Aitor, vecino de Burlada, tiene claro que su guerra con esta prenda viene de lejos y está relacionada con el transporte: "Yo me tengo que desplazar en coche casi todos los días para venir a Pamplona. Estaba ya harto de pillarme la faja con la puerta al cerrar, de ir incómodo conduciendo y de terminar arrastrándola de mala manera por medio Pamplona", explica.
Ese problema con los enganches es algo que comparte Jesús Miguel, a quien todos conocen como 'Txusmi'. Para él, la faja era un imán para los accidentes en los bares: "Decidí quitármela porque no ganaba para disgustos; se me enganchaba en todas partes, con las esquinas de las barras, con las sillas de las terrazas... era un incordio".
Pero si hay un momento donde la faja se convierte en el enemigo público número uno es, sin duda, al caer el sol y cuando aprieta la necesidad. Aitana le pone voz a un drama que comparten miles de mujeres en el epicentro de la fiesta: "Dejé de usarla por un tema puramente higiénico. Por las noches, tener que ir al baño con la suciedad que se acumula en los locales es una auténtica odisea. La faja es un incordio tremendo y termina arrastrándose por el suelo del baño si no tienes cuidado. Es insostenible", relata con crudeza.
La comodidad, por tanto, parece ganarle la batalla al estricto protocolo festivo. Cada uno tiene su motivo —ya sea por pereza, por evitar accidentes automovilísticos o por mera supervivencia higiénica—, pero lo cierto es que la marea roja y blanca de Pamplona luce hoy un poco más libre de ataduras. Y tú, ¿eres de los que todavía se enrolla pacientemente la tela a la cintura o ya te has pasado al bando de los que la han jubilado?