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SOCIEDAD

Manuel, un navarro que convive con un cáncer sin cura: "Estoy aquí gracias a la investigación"

A Manuel Garro le diagnosticaron un mieloma múltiple con 52 años. Aceptó participar en un ensayo clínico prácticamente sin pensárselo. 

Un detalle de un momento del tratamiento de Manuel Garro con un novedoso dispositivo. CEDIDA
Un detalle de un momento del tratamiento de Manuel Garro con un novedoso dispositivo. CEDIDA

Cuando a Manuel Garro le dijeron que padecía un cáncer de la sangre que no tenía cura, tenía 52 años. Su primera reacción no fue preguntar cuánto tiempo le quedaba. Pensó en las personas que tenía alrededor. Después llegó una decisión que tomó prácticamente en unos segundos. El hematólogo le ofreció seguir el tratamiento convencional o participar en un ensayo clínico. "¿Cuál me aconsejas tú?", preguntó. La respuesta fue el ensayo. "¿Dónde hay que firmar?".

Han pasado tres años desde aquel diagnóstico. Garro tiene ahora 55 años y sigue conviviendo con el mieloma múltiple, una enfermedad que ha cambiado por completo su vida pero que, gracias a los tratamientos disponibles y a los avances de la investigación, ha podido mantener bajo control.

Su historia pone rostro a una idea que este jueves, Día Mundial de la Investigación en Cáncer, la Asociación Española Contra el Cáncer en Navarra quiere volver a situar en el centro del debate: investigar no consiste únicamente en trabajar en un laboratorio. Para los pacientes, cada descubrimiento puede traducirse en más tiempo de vida, tratamientos más eficaces o meses y años con una mayor calidad de vida.

En el caso de Garro, todo comenzó de una manera aparentemente poco alarmante. Le gustaba salir a caminar y empezó a sufrir algunos mareos. Acudió a su médico de Atención Primaria y una analítica mostró una anemia.

Las pruebas se repitieron durante los meses siguientes. Los valores no mejoraban. "Yo no le di importancia", recuerda. Hasta que, en mayo de hace tres años, todo empezó a acelerarse. Su médico le avisó de que recibiría una llamada de Hematología del Hospital Universitario de Navarra. Apenas unos días después estaba sentado delante del especialista.

La explicación fue directa. "Tienes un cáncer en la sangre. Esto no tiene cura. Vas a necesitar tratamiento de por vida", recuerda que le dijeron. "Te hundes. Es muy duro", reconoce ahora Garro.

Sin embargo, asegura que en aquellos primeros minutos su cabeza se fue hacia los demás. "Al principio no piensas en ti", explica. Pensaba especialmente en cómo comunicar la noticia a su familia y en cómo aquel diagnóstico iba a afectar a quienes estaban a su alrededor. "Me preocupaban mucho mis padre que estaban muy mayores y mi hija que era estudiante de la ESO", rememora.

Pero en mitad de esa tormenta de emociones había que tomar decisiones. Los médicos le plantearon dos posibilidades: seguir el tratamiento establecido o incorporarse a un ensayo clínico. Garro no necesitó demasiado tiempo. "Le pregunté: '¿Cuál me aconsejas tú?'. Me dijo: 'El de ensayo'. Y respondí: '¿Dónde hay que firmar?'".

Antes de incorporarse tuvo que someterse a numerosas pruebas para comprobar que cumplía los requisitos. No todos los pacientes pueden participar en un ensayo. En su caso, apenas nueve días después ya había comenzado el tratamiento.

También había tenido otra ventaja decisiva: la enfermedad se había detectado pronto. "Tuve suerte porque me lo cogieron muy pronto", insiste.

El mieloma puede afectar a los huesos y Garro ya presentaba algunas zonas dañadas, aunque el diagnóstico precoz permitió actuar antes de que las lesiones avanzaran más.

A partir de entonces comenzó un proceso que recuerda como especialmente intenso. Medicación, quimioterapia, radioterapia, numerosas visitas al hospital y finalmente un autotrasplante de células madre.

Para realizarlo, los médicos extrajeron previamente sus propias células madre y las conservaron. Después recibió un tratamiento muy agresivo para preparar su organismo y posteriormente volvieron a introducirle aquellas células.

Garro pasó alrededor de tres semanas ingresado.No oculta la dureza de aquellos días. "Hay momentos en los que no puedes ni comer ni moverte", recuerda. Después del trasplante llegó otra etapa complicada: aproximadamente 90 días en casa, extremando las precauciones frente a posibles infecciones mientras su organismo se recuperaba.

En algunos momentos, las acciones más sencillas se convertían en un enorme esfuerzo. "Había días que para hacer un puré... limpiaba la zanahoria y tenía que volver al sofá. Luego otra cosa y otra vez al sofá", relata.

Son escenas cotidianas que difícilmente aparecen cuando se habla de investigación en términos científicos, pero que explican por qué los avances no se miden únicamente en grandes descubrimientos.

Garro pone un ejemplo mucho más pequeño, pero enormemente significativo para quien pasa buena parte de su vida entre consultas y tratamientos. Después del trasplante recibía una medicación cuya administración podía prolongarse alrededor de una hora y media. Más adelante apareció un nuevo sistema que permitía completar ese mismo proceso en aproximadamente 15 minutos. "Te lo ponen en la tripa y en quince minutos está el tratamiento de hora y media hecho. Es increíble", explica.

Para Garro, esa diferencia significa mucho más que ahorrar una hora sentado en el hospital. Significa reducir el tiempo que el cáncer ocupa en la vida de un paciente. Y también facilita el trabajo de los profesionales y permite atender a más personas. "Para las enfermeras, para nosotros, para los pacientes... es increíble", resume.

La evolución de los tratamientos también ha avanzado hacia terapias cada vez más adaptadas a cada paciente. "Cada vez van más personalizados", destaca Garro, que asegura haber hablado muchas veces sobre ello con los profesionales que le atienden.

Durante estos tres años ha podido comprobar cómo aparecen nuevas posibilidades terapéuticas y cómo se modifican tratamientos que hasta hace poco requerían procedimientos más largos o más agresivos.

EL APOYO FUNDAMENTAL DE AECC

Durante todo este proceso, Garro también ha encontrado apoyo fuera del hospital. Destaca especialmente la ayuda de la Asociación Española Contra el Cáncer, a la que ha recurrido en distintos momentos para participar en charlas, talleres y recibir apoyo psicológico. "Me han ayudado mucho", resume. Para él, ese acompañamiento ha sido importante no solo para afrontar la enfermedad, sino también para entender mejor lo que estaba viviendo y compartir experiencias con otras personas que han pasado por situaciones similares.

Su propio caso ha vuelto a complicarse. Posteriormente le han diagnosticado también un síndrome mielodisplásico, otra enfermedad hematológica que los especialistas vigilan estrechamente. Garro explica que existen distintas variantes y que incluso para la que él presenta hay tratamientos específicos disponibles si llega el momento de necesitarlos.

Por ahora continúa con sus revisiones. La enfermedad, por tanto, sigue formando parte de su vida. Pero también lo hace algo que cuando recibió aquel primer diagnóstico parecía mucho más difícil de imaginar: el futuro.

Garro recuerda una conversación reciente con su hematólogo sobre cuánto ha cambiado el mieloma en las últimas décadas. Según le explicó el especialista, hace décadas la expectativa de vida de muchos pacientes era muchísimo más reducida. "Hace 40 años era del 2%. Y fíjate ahora cómo estamos", dice.

Su experiencia no permite generalizar sobre otros enfermos. Él mismo insiste durante toda la conversación en que cada paciente es diferente y que uno de los errores más frecuentes es comparar historias, síntomas o resultados.

Pero precisamente ahí encuentra también una de las grandes esperanzas de la investigación: conseguir tratamientos cada vez más dirigidos a las características concretas de cada enfermedad y de cada persona.

Garro no habla de la investigación desde un laboratorio ni desde una estadística. La explica desde una habitación de hospital, desde los días en los que levantarse del sofá suponía un esfuerzo, desde un tratamiento que antes duraba hora y media y ahora puede administrarse en quince minutos.

Y, sobre todo, desde los tres años que han transcurrido desde aquel día en que escuchó por primera vez que tenía un cáncer sin cura. Tres años después, Garro puede contar su historia. "Si estoy aquí es gracias a la investigación", asegura convencido. 

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