El Movimiento Cívico del Pueblo ha hecho pública una carta de apoyo al sacerdote Javier Aizpún, párroco de Huarte y canónigo de la Catedral de Pamplona, para mostrarle su respaldo explícito frente al "linchamiento mediático y político" que, según denuncian, está sufriendo tras sus recientes manifestaciones sobre la crisis migratoria de Ceuta y las raíces cristianas de España.
Desde la entidad sostienen que el sacerdote se ha limitado a expresar en voz alta lo que multitud de ciudadanos piensan en privado. En su escrito, la asociación coincide con la lectura del párroco al calificar los sucesos de Ceuta de "operación de presión y ocupación" y alertar del impacto de la inmigración masiva e incontrolada, vinculándola a un deterioro del marco de convivencia y a la pérdida de identidad cultural frente al radicalismo.
El comunicado arremete contra la postura adoptada por las autoridades eclesiásticas, señalando en particular al arzobispo de Pamplona, Florencio Roselló, a quien acusan de alinearse con el poder político y de mostrar una "Iglesia sin voluntad de batalla" que abandona a sus religiosos en cuanto se desvían del discurso oficial. En este sentido, instan a los obispos a defender la fe cristiana y a no "rendirse ante el espíritu del mundo".
Asimismo, el Movimiento Cívico del Pueblo censura el papel del nacionalismo vasco local y la pasividad institucional ante lo que consideran un avance del islamismo. "No pedimos odio, pedimos valentía", concluye el escrito firmado por la asociación, asegurando que Javier Aizpún no se encuentra solo y reafirmando su compromiso de seguir defendiendo la identidad y las raíces históricas frente al "buenismo" y la presión social.
Carta íntegra
No abandonaremos a Javier Aizpún
Don Javier Aizpún, párroco de Huarte y canónigo de la catedral de Pamplona, ha dicho en voz alta lo que muchos navarros y españoles piensan en silencio: que la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta no es “migración solidaria”, sino una invasión calculada; que España ha perdido la voluntad de defenderse; y que la civilización cristiana no puede coexistir indefinidamente con una cultura que, en demasiados lugares del mundo, asesina a los seguidores de Cristo. Por eso lo han señalado y lo han dejado solo ante el linchamiento mediático y político.
Lo ocurrido en Ceuta no se puede edulcorar. Más de 70.000 inmigrantes entraron de golpe desde Marruecos en cuestión de días, desbordando la ciudad, aterrorizando a la población y dejando claro que no se trata de un flujo humanitario espontáneo, sino de una operación de presión y ocupación. El propio ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, lo ha confirmado en un medio árabe: la pretensión de Marruecos es anexionar Ceuta y Melilla. Lo dice un Estado que solo existe como moderno e independiente desde 1956. Melilla es española desde 1497 y Ceuta desde el siglo XVII. Reclaman lo que nunca fue suyo.
Mientras tanto, en África los cristianos mueren a machetazos. Según la Lista Mundial de la Persecución 2026 de Open Doors, se registraron 4.849 asesinatos de cristianos por su fe en el mundo; 3.490 ocurrieron en Nigeria (el 72 %). El 93 % de las muertes se concentran en el África subsahariana. Solo en el primer semestre de 2026, Intersociety documentó al menos 2.550 cristianos asesinados y 2.800 secuestrados en Nigeria (14 al día de media) y unas 300 iglesias destruidas. En un ataque en Yelwata mataron a más de 200 personas, la mayoría mujeres y niños. En el Congo, el Estado Islámico y las ADF masacran y queman viviendas. Desde 2019, solo en Nigeria se superan los 22.800 cristianos asesinados. La jerarquía española calla.
La misma incompatibilidad se instala en España y en Navarra. Un informe de la Policía Foral revela que los extranjeros fueron responsables del 62,96 % de los delitos sexuales, del 73,3 % de los homicidios y del 71,77 % de los robos (datos de 2024 y 2025 hasta el 25 de noviembre). Los detenidos españoles bajan; los extranjeros suben. Destacan Marruecos y Argelia. Datos oficiales, no opiniones. Y coincide con el patrón que se repite en el resto de España. Todo encaja con el Plan Kalergi: disolver las naciones europeas mediante mezcla masiva de poblaciones, destrucción de las identidades cristianas y creación de una masa desarraigada fácil de controlar.
En Navarra y Pamplona la situación se agrava por el nacionalismo vasco imperante. Ese nacionalismo, que en sus orígenes se vistió de catolicismo integrista, hace décadas que se despojó de la fe para convertirse en una religión civil laica, etnicista y hostil a todo lo que huela a España y a Cristiandad.
El Ayuntamiento de Pamplona felicita el Ramadán mientras relativiza lo cristiano. Y la jerarquía eclesiástica evita el conflicto con el poder. El obispo Florencio Roselló representa esa Iglesia sin voluntad de batalla, más preocupada por no molestar a Sánchez o al nacionalismo local que por defender a sus sacerdotes. Da la impresión de estar a las órdenes de un mando político.
A Pelayo le costó sangre impedir que los moros se quedaran con la península. Hoy muchos sentimos la misma obligación: luchar por Cristo porque es nuestra idiosincrasia. España es políticamente aconfesional, pero eminentemente cristiana en su historia y su cultura. Renunciar a eso por el buenismo de “acogerlos a todos” es una traición. Primero se cuida la propia casa. Jesús mandó amar al prójimo, no suicidarse cuando ese prójimo quiere aniquilarte. Esto es una incursión para tomar posiciones de cara a la reconquista de Al-Ándalus.
Don Javier ha cometido el pecado de no hablar el lenguaje del sistema. Ha nombrado la invasión, ha recordado a Isabel la Católica y ha dicho que España tiene derecho a defenderse. Por eso lo han convertido en chivo expiatorio. Pero no está solo.
Desde el Movimiento Cívico del Pueblo apoyamos a Javier Aizpún. Representa la dignidad de no rendirse. Defiende las raíces cristianas de Navarra y de España frente al islamismo invasor, al nacionalismo vasco que diluye nuestra identidad y al sistema globalista que quiere una población dócil y sin memoria. Está en un pueblo conflictivo, donde el control y la persecución no son teoría.
No pedimos odio. Pedimos valentía. Pedimos una Iglesia que no se avergüence de su historia, que no se arrodille ante el espíritu del mundo y que no abandone a sus sacerdotes cuando más los necesitan. Pedimos que deje de actuar como un apéndice del Régimen del 78 y de los poderes que están liquidando la civilización
cristiana en Europa.
Javier Aizpún no está solo. Somos muchos los que vemos lo mismo que él ve: una España que se entrega, una Iglesia que se acomoda y un pueblo que aún puede despertar. Que no se rinda. Nosotros tampoco.
Asociación Movimiento Cívico del Pueblo