La foto de San Fermín del cuatro de abril: Joaquín Ahechu

El picador. Ca. 1985. (Foto Joaquín Ahechu, cortesía del autor)
Han pasado los años y Joaquín Ahechu no puede determinar cómo elaboró esta foto pues utilizó diversas técnicas a lo largo de su trayectoria fotográfica. Alguien le reprochó que había confeccionado las imágenes con ordenador. Sin embargo, lo desmiente categóricamente: “¡Pero si no tenía ordenador!”

Joaquín Ahechu Egüés (Huarte, 1949) se enroló en 1973 en la Agrupación Fotográfica y Cinematográfica de Navarra (AFCN). Por aquel tiempo esta agrupación organizaba concursos sociales mensuales, las polémicas “picotas”, en los que se divulgaba una ortodoxia fotográfica muy orientada hacia un salonismo un tanto trasnochado. Una estética muy de acorde con la revista Arte Fotográfico (AF) de Ignacio Barceló, que era francamente eficaz a la hora de cosechar premios en los múltiples certámenes del momento, razón por la que los socios alimentaban y financiaban su afición practicando una desmedida concursística

No obstante, Ahechu desde el principio reniega de los preceptos establecidos y se lanza con una forma audaz de hacer fotografía, forja un estilo propio, constituyéndose en un verdadero cismático de la trayectoria marcada por los miembros más relevantes de la AFCN. En aquel contexto adverso, era el elemento disruptor; de hecho, la prensa local le dedicó el apelativo “Visionario del objetivo”.

A pesar de todo, su obra comienza a tener repercusión, de manera que la revista vanguardista de fotografía Nueva Lente, antagonista de AF, en su ejemplar nº 49 de marzo de 1976, descubre al singular fotógrafo con un portfolio en el que escribe Jorge Rueda: “Ahechu es el primer fotógrafo de nuestro país que consigue funcionalizar su experimento de modo visible. Hablando claro, es el primero que solariza, no sólo ´por solarizar´, sino que trasciende con su ensayo a otras pretensiones más transmisibles colectivamente…”. Finaliza para dejar constancia “de un hombre que se ha propuesto trasladar sus pequeños logros técnicos al camino y al servicio de una posible forma de ver las cosas”.

De poco sirvió el artículo de Jorge Rueda, en las crónicas mensuales de la AFCN le siguieron dirigiendo comentarios poco alentadores. La excepción vino de Francisco Javier Labarga que en el boletín de abril de 1977 le dedica algo más que un reconocimiento: “Joaquín Ahechu se identifica con la fotografía contemporánea y vanguardista con tendencias tonalistas más que coloristas en el campo del impresionismo… y el tema que según su figurativismo logra armonizar, equilibrios conceptuales e ideológicos componiendo su obra y ofreciendo una comunicación y diálogo”.

Años más tarde, Ahechu escribe para darnos la clave de su concepto sobre la fotografía en el ejemplar nº12 de mayo de 2004 de la revista Contraluz de la AFCN: “En las fotos vulgares, se ven las imágenes con claridad, incluso con nitidez, si tiene buena técnica, pero carecen de emoción si el fotógrafo no las hace suyas, las empapa de cariño y las lanza para que alguien las disfrute y, gracias a Dios, hay cada vez más gente dispuesta a disfrutar de la poesía y el encanto de una imagen pura de autor…

El picador. Ca. 1985. (Foto Joaquín Ahechu, cortesía del autor)

Ahechu, con su peculiar visión artística, encontró en la fiesta de San Fermín un motivo para transmitir emociones. En concreto, la foto que hemos seleccionado para este cuarto escalón; formó parte del XLVIII Salón de San Fermín de 2005, Visiones para 5 décadas, expuesta en la Sala de Cultura de García Castañón de Pamplona. Cinco años más tarde, también la incluyó en la exposición individual, exhibida en distintas ubicaciones de la Universidad Pública de Navarra, titulada Esquizofrenia sanferminera; una serie de fotos en la que el autor aborda los aspectos más emblemáticos de las fiestas de Pamplona.

La foto de hoy es una imagen surrealista de la fiesta de los toros y, por ende, de los Sanfermines. Se trata del polémico tercio de varas tan denostado y protestado en la Plaza de Toros, no por la crueldad de la suerte, sino porque el picador, en muchos casos, se presta a arruinar un buen toro en un alarde desenfrenado de celo profesional. En Pamplona la lidia es la Feria del Toro, razón por la cual en esta plaza se defiende a ultranza, con pitidos y distintos proyectiles, la integridad y la pureza del toro.

Ahechu no plantea un reto al observador, lo deja francamente fácil para identificar el momento en el que se ha tomado la escena. Complementa con un acertado colorido, predominantemente en rojo, que tiñe por completo la fotografía significando el brote de sangre que surge de la acción del picador. De este modo confiere a la imagen un notable dramatismo del sufrimiento del astado. La intensidad colorista de la escena, además coincide con la sangre del copatrón navarro en su martirio de Amiens en el siglo III y que simbolizamos los lugareños en fiestas con el pañuelico al cuello.

Han pasado los años y Joaquín Ahechu no puede determinar cómo elaboró esta foto pues utilizó diversas técnicas a lo largo de su trayectoria fotográfica. Alguien le reprochó que había confeccionado las imágenes con ordenador. Sin embargo, lo desmiente categóricamente: “¡Pero si no tenía ordenador!”. Por tanto, el gran logro de la foto es que está realizada partiendo de una fotografía analógica, con técnicas de laboratorio exclusivamente químicas.

Actualmente Joaquín Ahechu sigue experimentando con la fotografía de vanguardia apoyándose en la IA como herramienta. Comparte la afición a la fotografía con una fuerte pasión por el arte románico desde su refugio de Artaiz, muy especialmente por la enigmática iglesia de San Martín de Tours de esta localidad próxima a Pamplona.

Con la publicación de esta fotografía hemos querido rendir homenaje a la obra de un fotógrafo incomprendido que lideró un anatema dentro de un ecosistema antagonista, pero que luchó denodadamente para desarrollar una forma novedosa de hacer fotografía.

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