COMERCIO LOCAL
Beatriz y Koldo, en la ferretería de Pamplona que resiste tras 54 años: “Menos comida, vendemos de todo”
Admiten que hay días duros, pero insisten en que la experiencia de estar cara a cara con la gente sigue siendo lo mejor.
La ferretería de barrio en la que trabajan Koldo Ochoa y Beatriz Aramburu ha resistido en Pamplona más de medio siglo y encara ya una etapa decisiva. El matrimonio sigue al frente de un negocio familiar que ha acompañado a varias generaciones de vecinos y que se ha convertido en uno de esos comercios de toda la vida que todavía sostienen la vida diaria del barrio.
Está situada en pleno barrio de San Jorge de la capital navarra, hoy con zonas peatonales, plazas y viviendas más modernas, aunque todavía mantiene la esencia de un pequeño pueblo con comercios de siempre como La Bella Época o la conocida pastelería Koppo. Ese ambiente cercano es parte del valor de una tienda que ha visto crecer la zona desde dentro del mostrador.
Se trata de Ferretería Márquez, abierta en la avenida de San Jorge 73-75 de Pamplona. El negocio lo fundaron en 1972 Juan Ochoa Zúñiga y Teresa Márquez Pegenaute, que acababan de regresar de Francia después de trabajar allí varios años. Entonces el barrio era muy distinto: había mucho campo, familias jóvenes, numerosos emigrantes y bastante menos tráfico que ahora.
Aquel primer local ni siquiera estaba en el mismo sitio. La familia abrió primero en una pequeña bajera de unos 40 metros, en la calle de enfrente, muy cerca del establecimiento actual. El negocio fue teniendo aceptación en un barrio en construcción y ese crecimiento les llevó a trasladarse a un espacio más amplio, que con el paso de los años se ha remodelado y ampliado.
Ahora son su hijo, Koldo Ochoa Márquez, y su mujer, Beatriz Aramburu Aramburu, quienes siguen al frente del negocio familiar. Lo hacen además en una etapa en la que el comercio continúa funcionando, pero ya empieza a mirar de frente a la jubilación y a la falta de continuidad dentro de la familia.
Koldo, que tiene casi 62 años, reconoce que el gran problema es el relevo. “Nos acercamos a la fecha señalada. La pena es que no hay relevo. No quieren los hijos de 30, 27 y 25 años con sus carreras hechas, ni los sobrinos. Entonces en seis años veremos lo que pasa. Cuando falte poco intentaremos traspasar o alquilar. Ya se verá. Si no lo conseguimos, cerraremos”, explica.
Su relación con la tienda viene de mucho antes de ponerse oficialmente al frente. “Yo llevo aquí desde los 12 años más o menos ayudando al padre y hasta ahora”, cuenta. Recuerda que salía del colegio, que estaba muy cerca, y a las cinco de la tarde acudía todos los días a echar una mano. Después de acabar el BUP, ya se incorporó de lleno al negocio.
“Yo realmente no he conocido otra cosa”, asegura. Más adelante se unió también su mujer, Beatriz, y ambos han mantenido vivo el comercio en una etapa mucho más tranquila en cuanto a plantilla. Llegaron a tener hasta cinco empleados, pero Koldo admite que las bajas y la gestión diaria acabaron siendo un quebradero de cabeza.
Ahora prefieren trabajar los dos solos. “Al final nos quedamos Bea y yo, pero no quiero coger a nadie en esta última etapa. Quiero un poco de tranquilidad”, resume. El negocio, dice, les ha permitido vivir bien y mantener un trato continuo con el barrio durante décadas.
Koldo define el establecimiento como una ferretería generalista “en extinción”, pero capaz de defenderse bien. Explica que cuentan con el apoyo de la cooperativa y que eso les permite comprar y vender en buenas condiciones. En sus estanterías hay pintura, herramientas, menaje, artículos de carpintería, cerrajería, electrodomésticos, mandos a distancia y servicio de copia de llaves.
Incluso se han adaptado a los nuevos tiempos con una máquina para hacer llaves de presencia, una de las incorporaciones más recientes. “Menos comida, creo que vendemos de todo”, bromea Koldo para resumir la variedad de un negocio que ha sabido mantenerse útil para casi cualquier necesidad doméstica.
Sobre lo que más se vende, reconoce que no hay un único producto estrella. Todo depende de la temporada. Ahora llega la campaña de la pintura; más adelante tocarán los ventiladores, las sillas de verano y otros artículos propios de los meses de calor. Esa capacidad de adaptarse a lo que pide el cliente ha sido una de las claves de la supervivencia del negocio.
También ha cambiado el perfil de quienes entran por la puerta. Koldo asegura que cada vez acude más gente extranjera, sobre todo sudamericanos y africanos que viven cerca. “Al principio les costaba, pero van aprendiendo, aunque seamos más caros que el chino”, comenta. Aun así, sostiene que el negocio sigue funcionando bien y que les dará pena dejarlo cuando llegue el momento.
En más de cinco décadas también ha cambiado la forma de relacionarse con la clientela. Antes, recuerda, todo era más familiar. Ahora se sigue conociendo a mucha gente, pero el trato resulta más rígido y la sociedad ha cambiado. Además, se van perdiendo poco a poco esos clientes de toda la vida que formaban parte del paisaje cotidiano del negocio.
“Se nos van los abuelos de toda la vida y es ley de vida”, dice con cierta nostalgia. Cuando habla de su padre, lo recuerda como una persona muy constante, capaz de seguir una idea hasta encontrar la solución. “Era un figura”, resume. La familia de su madre procede de Valtierra y la de su padre, de Los Arcos, en Tierra Estella.
Pese a todo, Koldo asegura que sigue encantado con el trabajo. Admite que hay días duros, especialmente cuando se acumula el agobio, pero insiste en que la experiencia de estar cara a cara con la gente sigue siendo lo mejor del oficio. “Hablas con uno y con otro, con mucha gente. Ayudas y aprendes todos los días”, afirma.
Quitando febrero y marzo, explica, el resto de meses suele ir bien. Las vacaciones las cogen en San Fermín, como han hecho durante años. Y aunque el cierre todavía no tiene fecha, en la tienda ya se empieza a asumir que el final llegará algún día. Por eso saben que, cuando baje la persiana, no solo cerrará un negocio: también desaparecerá una pequeña parte de la historia comercial de San Jorge.