SOCIEDAD
Miguel Induráin, exciclista navarro, de 62 años, "Yo subía a mi ritmo, como una contrarreloj"
El cinco veces ganador del Tour explicó con una frase cómo afrontaba las grandes ascensiones y dejó una idea que trasciende el ciclismo.
Miguel Induráin no necesitaba responder a cada movimiento de sus rivales. Tampoco parecía obsesionado con demostrar a cada momento que era el más fuerte. Durante sus mejores años sobre la bicicleta, el navarro construyó buena parte de sus victorias de otra manera: conocía sus fuerzas, administraba el esfuerzo y esperaba su momento.
Años después, una frase ha resumido aquella forma tan particular de competir. Al recordar una de las grandes ascensiones de su carrera, Induráin explicó su estrategia con apenas unas palabras: "Yo subía a mi ritmo, como una contrarreloj". Una descripción puramente ciclista que también permite entender buena parte de su carácter deportivo.
Induráin pronunció esas palabras al recordar lo sucedido en La Plagne durante el Tour de Francia de 1995, una de las jornadas importantes de la quinta y última ronda francesa que conquistó consecutivamente. El suizo Alex Zülle había atacado y el navarro tuvo que gestionar la situación.
Primero pidió a uno de sus compañeros que aumentara el ritmo. Después continuó con su propia estrategia. No se trataba de seguir desesperadamente cada aceleración del rival, sino de medir fuerzas y avanzar a una velocidad que pudiera sostener. De ahí su explicación: "Yo subía a mi ritmo, como una contrarreloj".
La frase ayuda a comprender una de las características que marcaron el ciclismo de Miguel Induráin. Frente a los corredores que buscaban romper una carrera mediante ataques continuos, el navarro convirtió muchas ascensiones en un ejercicio de regularidad. Concentración, control y una referencia fundamental: sus propias fuerzas.
Esa idea adquiere una lectura distinta cuando se saca de la carretera. Mantener el propio ritmo parece sencillo hasta que alrededor todo invita a acelerar. Compararse, reaccionar inmediatamente o intentar seguir siempre a los demás puede acabar condicionando cualquier decisión. La forma de competir de Induráin plantea justamente lo contrario: conocer dónde se quiere llegar y decidir cómo emplear la energía disponible.
Aquella forma de gestionar el esfuerzo aparecía también en otras decisiones. Induráin explicó que no tenía un interés especial en vestir el maillot amarillo antes de tiempo. Su objetivo era llegar como líder a París. Acumular días de protagonismo durante el camino no era, por sí mismo, la meta que perseguía.
Algo parecido sucedía con los ataques. El navarro entendía que podían formar parte del espectáculo y servir para ganar una etapa, pero disputar una gran vuelta exigía administrar las fuerzas durante muchos días. No tenía que ganar cada batalla para ganar la carrera. Su mirada estaba puesta en el resultado final.
Ahí aparece probablemente la parte más sugerente de aquella frase tantos años después. Ir al propio ritmo no significa avanzar despacio ni conformarse. En el caso de Induráin significaba exactamente lo contrario: conocer sus capacidades con suficiente precisión como para utilizarlas en el momento adecuado.
Su trayectoria permite así una reflexión que va más allá del ciclismo. Hay objetivos que exigen aceleraciones, pero otros necesitan constancia. Y mientras alrededor siempre existe alguien que parece avanzar más rápido, Induráin hizo de la regularidad una de sus principales fortalezas. Su forma de competir recuerda que el ritmo de otra persona no tiene por qué ser necesariamente el adecuado para uno mismo.
Los resultados respaldaron aquella manera de entender las carreras. Miguel Induráin Larraya nació en Villava, Navarra, el 16 de julio de 1964. Tras sus primeros años como profesional y después de trabajar también para Pedro Delgado, terminó convirtiéndose en el gran líder del equipo Banesto.
Induráin ganó el Tour de Francia cinco veces consecutivas, en 1991, 1992, 1993, 1994 y 1995. También conquistó el Giro de Italia en 1992 y 1993, fue campeón del mundo de contrarreloj en 1995 y consiguió la medalla de oro olímpica contrarreloj en Atlanta 1996.
Precisamente la contrarreloj fue una de las disciplinas que mejor reflejó sus cualidades. Allí no había ataques que responder ni movimientos constantes de otros corredores. El desafío consistía en medir el esfuerzo, encontrar una velocidad y sostenerla durante kilómetros hasta cruzar la meta.
Su última temporada como profesional fue 1996 y anunció su retirada a comienzos de 1997. Desde entonces ha mantenido un perfil discreto, aunque ha seguido vinculado al ciclismo y participando en pruebas y actos relacionados con la bicicleta.
Décadas después de aquellos triunfos, una frase aparentemente sencilla continúa describiendo con precisión al corredor que dominó el Tour durante cinco años. Miguel Induráin sabía dónde quería llegar, cuánto podía exigirse y cuál era su ritmo.
Y quizá ahí esté la razón por la que aquellas palabras funcionan también fuera del ciclismo. Mientras todo alrededor empuja a mirar lo que hacen los demás, Induráin había aprendido algo que sobre la bicicleta resultó decisivo: "Yo subía a mi ritmo, como una contrarreloj".