• jueves, 29 de octubre de 2026
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COMERCIO LOCAL

Pascual, en una de las pocas pescaderías que aún resisten en Burlada: "Aquí hago de psicólogo y a veces de payaso"

A sus 56 años, mantiene abierto un negocio histórico en la calle José Mina y reconoce que cada vez resulta más difícil vivir del pescado.

Pascual Sánchez en su pescadería Irigoyen de Burlada. Navarra.com
Pascual Sánchez en su pescadería Irigoyen de Burlada. Navarra.com

Hay comercios en los que se vende mucho más que lo que aparece en el escaparate. En una pescadería de Burlada, entre merluzas, anchoas y doradas, también hay tiempo para escuchar problemas, compartir confidencias y arrancar alguna carcajada. Su dueño lo resume con una frase que explica buena parte de su éxito: "Yo aquí hago de psicólogo, de payaso y de todo".

El protagonista es Pascual Sánchez Irigoyen, de 56 años, que lleva nada menos que 27 años al frente de la pescadería Irigoyen, situada en el número 14 de la calle José Mina de Burlada. Llegó con apenas 29 años y desde entonces se ha convertido en una cara muy conocida para los vecinos que siguen apostando por el comercio de proximidad.

Su establecimiento está en una zona comercial muy reconocible de Burlada, cerca de la tienda Regalos Gil que dirige Olga Martínez, de la carnicería Hermanos Larragueta o de la tienda de ropa confecciones Valymar de Javier y Ujué. Son negocios que forman parte de la vida cotidiana de una localidad donde las pequeñas tiendas intentan mantenerse frente a los cambios en los hábitos de compra.

Pascual no heredó la pescadería de sus padres, como podría pensarse por su apellido. La compró cuando tenía 29 años, después de haber trabajado siempre en el sector del pescado, tanto en mercados como en otros establecimientos. El local, según recuerda, comenzó a funcionar alrededor de 1970 o 1971, por lo que acumula más de medio siglo de historia.

Una de las cuatro pescaderías que quedan en Burlada

La pescadería Irigoyen es uno de esos negocios que todavía mantienen vivo el comercio tradicional. "Estamos cuatro, sí, cuatro. Una cerró hace unos años y nos mantenemos cuatro, más luego los supermercados, claro", explica Pascual mientras repasa la situación del sector en Burlada.

Reconoce que las ventas ya no son las de otras épocas. "Ahora está el tiempo un poco más calmado, las ventas están más flojas, está todo carísimo", comenta. Sin embargo, mantiene una actitud positiva porque, después de tantos años, sigue disfrutando de trabajar por cuenta propia.

Aunque podría pensarse que las grandes superficies son su principal preocupación, Pascual matiza esa idea. Cuando compró el negocio ya existían prácticamente todos los centros comerciales de la zona, salvo Mercadona, por lo que no vivió el cambio tan bruscamente como otros comerciantes más veteranos.

"Yo más o menos me he mantenido siempre bien", asegura. Su preocupación actual está más relacionada con los costes del negocio y con el encarecimiento del pescado, que también afecta directamente a sus clientes.

"Está todo carísimo": el problema que más comentan sus clientes

Pascual trabaja completamente solo durante la mayor parte del año. No tiene empleados y explica que contratar a otra persona resultaría muy complicado con los gastos actuales.

"No da, no da. Hay muchos gastos, te comen los gastos, entonces no da para tener a nadie", reconoce con naturalidad. Es una situación que le obliga a encargarse personalmente de todas las tareas del establecimiento.

Entre los productos que más vende figuran las anchoas, el atún de temporada, la merluza, las lubinas, las doradas, el gallo y el salmón. Son pescados que sus clientes conocen bien y que siguen formando parte de las compras habituales.

Pero Pascual también ha tenido que adaptarse a los nuevos tiempos y ampliar la oferta de su tienda. Además del pescado fresco, vende conservas, bacalao salado y productos congelados, entre otros artículos que permiten completar la compra.

"Porque si no, con esto te quedas un poco justo. Tienes que tener un puntico de ayuda", explica sobre la necesidad de diversificar el negocio.

El encarecimiento de los alimentos es una de las principales preocupaciones que escucha detrás del mostrador. "La gente está contenta conmigo, con la pescadería y tal. Lo que no está contenta es con los precios, claro. Es que está todo carísimo", comenta.

Pascual explica que hay temporadas en las que escasea el pescado y los precios se disparan. A ello se añaden otros gastos, como el transporte, que terminan repercutiendo en el precio final.

Pese a todo, cuando se le pregunta si todavía se puede vivir de una pescadería, responde con su habitual sentido del humor: "De momento, sí. Hasta el día de hoy, sí, se puede vivir. A partir de hoy, ya te diré".

Pascual, el pescadero que también hace de psicólogo y de payaso

Sin embargo, lo que realmente distingue a Pascual no está únicamente en su mostrador. Después de 27 años atendiendo a los vecinos de Burlada, conoce a buena parte de sus clientes y mantiene con ellos una relación que va mucho más allá de vender pescado.

"Me lo paso muy bien con el público. A las clientas, a los clientes, me río mucho, les enredo, me enredan y me lo paso bien. Es divertido", asegura. Las conversaciones forman parte de su jornada. Hay quienes entran a comprar merluza y terminan contándole alguna preocupación personal. Otros buscan una broma, una sonrisa o simplemente pasar un rato agradable.

"Yo aquí hago de psicólogo, de payaso y de todo", reconoce entre risas. Y añade una norma que ha mantenido durante todos estos años: "Lo que se habla en la pescadería se queda en la pescadería, de aquí no sale".

Eso sí, Pascual tiene muy claro que una cosa es escuchar y otra dedicarse a los cotilleos. "Yo no pregunto, me entero de muchas cosas, pero por no preguntar. Si preguntas, no te enteras de nada", explica con picardía.

Tampoco quiere que su establecimiento se convierta en un lugar donde circulen rumores. "Yo nunca sé nada porque no me interesa, aparte de que no me gusta el chismorreo", insiste. Lo que sí hace es escuchar a quienes necesitan desahogarse. "Te cuentan cosas, tienen algún problema y, como ya llevas tantos años, te cuentan alguna cosilla", relata. Para él, esa confianza es una parte más del oficio.

Sus dos hijas le ayudan en Navidad, pero no quiere que hereden el negocio

Pascual es natural de Mendigorría, aunque actualmente vive en Mendillorri, a unos cinco minutos en coche de la pescadería. Su familia ha convivido durante décadas con las exigencias de un trabajo que apenas permite desconectar.

Tiene dos hijas, Sayúa, de 24 años, y Naya, de 20, que conocen perfectamente lo que supone estar detrás del mostrador. De hecho, ambas suelen echarle una mano durante la campaña navideña, cuando el volumen de trabajo aumenta considerablemente.

"En Navidad me suelen venir a ayudar. Vienen porque se sacan un sueldo, tienen su sueldito y ya está", cuenta entre bromas. Pero cuando se le pregunta si alguna podría hacerse cargo del establecimiento en el futuro, su respuesta es rotunda: "No quisiera. Mis hijas aquí, ¡qué va, qué va!".

El pescadero considera que es un oficio demasiado sacrificado y prefiere que sus hijas desarrollen sus propias carreras profesionales. "Es un trabajo muy duro, muy esclavo. Mis hijas tienen sus estudios, que trabajen de lo que están estudiando y esto que no lo toquen", afirma.

Tampoco es especialmente optimista sobre el relevo generacional en el sector. Cree que los elevados costes de mantener un comercio y las dificultades para obtener ingresos suficientes desaniman a quienes podrían plantearse abrir una pescadería. "Ya de por sí hay muchísimos gastos y encima tienes que pagar una hipoteca o un alquiler. Es que no te queda sueldo", lamenta.

"Quiero dejar de trabajar porque me haya tocado la lotería"

Las condiciones laborales tampoco ayudan a atraer nuevas generaciones. Pascual trabaja todos los sábados y reconoce que apenas puede disfrutar de los fines de semana completos. Sus vacaciones se limitan a tres semanas al año, que suele coger después de San Fermín, entre julio y agosto, dependiendo de cómo coincidan las fechas.

Su familia, explica, estaría encantada de que pudiera disponer de más tiempo libre. Sin embargo, él todavía tiene intención de seguir atendiendo su pescadería durante unos cuantos años. Cuando se le pregunta por la jubilación, vuelve a aparecer su particular sentido del humor. "Yo tengo ganas de dejar de trabajar, no de jubilarme. Quiero dejar de trabajar porque me haya tocado la lotería, no por otra cosa", bromea.

Después se pone serio y aclara sus verdaderos planes: "Por supuesto, fuera bromas, quiero seguir trabajando y quiero jubilarme aquí". Calcula que le quedan aproximadamente ocho años para poder jubilarse. Mientras tanto, seguirá levantando la persiana de la pescadería Irigoyen, preparando pescado y atendiendo a los vecinos que llevan décadas confiando en él.

Y, entre una venta y otra, continuará haciendo algo que no figura en ninguna lista de precios: escuchar a sus clientes, compartir alguna broma y guardar sus confidencias.

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