• martes, 31 de marzo de 2026
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COMERCIO LOCAL

Las últimas tortillas de patata de Josean en un histórico bar de Pamplona que cierra: "Nos machacan a impuestos"

“Esto es un sin vivir. Muy harto. Trabajas. No puedes meter más personal porque no da y el dinero se va por otro lado”, lamenta.

José Antonio Ferro y su hijo Julen en su último día en el bar El Molino de Pamplona. Navarra.com
José Antonio Ferro y su hijo Julen en su último día en el bar El Molino de Pamplona. Navarra.com

La jubilación ya asoma en la puerta para José Antonio Ferro Clemente, aunque él mismo se presenta como Josean. Después de 41 años trabajando en el mismo bar, primero como empleado y después como autónomo, ha decidido poner punto final a una vida entera entre pinchos, cafés, averías y madrugones en Pamplona. Lo hace cansado, muy cansado, y sin ocultar el desgaste que arrastra desde hace años: “Estoy muy harto. Trabajas, no cunde, son muchas horas y no hay manera”.

Ese adiós tiene un escenario muy concreto: el bar El Molino, en el número 11 de la avenida de Bayona de Pamplona, uno de esos locales de siempre en el barrio de San Juan que han visto pasar generaciones enteras por su barra. A pocos metros de otros nombres muy conocidos de la zona, como el restaurante Le Mans o el bar Danubio, y cerca también de comercios veteranos como la ferretería Gárate o la lencería Cachemir, el establecimiento encara sus últimos días con el cierre de una etapa que comenzó hace más de medio siglo.

El Molino abrió sus puertas en junio de 1972. Lo pusieron en marcha José Miguel Remírez Molinero y Paz Clemente, y desde entonces el bar ha mantenido su carácter de negocio clásico de barrio, pese a las reformas que ha ido afrontando con el paso de los años. Sigue conservando, de hecho, ese aire reconocible de bar de toda la vida, con una robusta barra de madera como una de sus señas más visibles. José Miguel falleció en junio de 2014, a los 68 años.

La historia de Josean dentro del local también viene de lejos. En 2013 pasó de empleado a dirigir el negocio, aunque llevaba muchísimo tiempo vinculado al bar. “Voy a hacer 41 años trabajando en este local. Los primeros 27 como empleado y luego como autónomo. Se jubiló el dueño, nos quedamos con el local cinco socios y al final me he quedado yo solo”, explica. En agosto cumplirá 64 años, y no esconde que lleva tiempo deseando bajar la persiana y poner fin a una rutina que le ha exprimido durante décadas.

Su relato dibuja bien la realidad de muchos pequeños hosteleros que siguen al pie del cañón a costa de su propio esfuerzo. “Esto es un sin vivir. Muy harto. Trabajas, no cunde, muchas horas. No puedes meter más personal porque no da y el dinero se va por otro lado”, lamenta. Ahora mismo son tres personas trabajando en la cocina y otras tres en la barra, pero ni siquiera con esa estructura siente que el negocio permita respirar. “Da para vivir, pero al día. Muy al día, a base de estar yo todo el día”, resume.

No habla solo del cansancio físico. También arrastra un agotamiento mental que, según reconoce, le ha pasado factura durante mucho tiempo. Por eso insiste en que se marcha en cuanto ha podido, incluso sin esperar a alcanzar los 65 años. “En cuanto he podido me voy”, afirma con claridad. Y añade que su idea es desconectar por completo desde el primer día: “Yo me jubilo y mañana entrego las llaves al dueño, que parece que ya tiene apañada una solución, y desconecto de todo”.

La familia ha vivido muy de cerca ese desgaste. Josean, natural de San Sebastián y vecino de Barañáin desde 1985, asegura que en casa están deseando que llegue el final de esta etapa. “La familia está encantada. Mi hijo Julen también trabaja y gracias a él he podido sobrevivir. Lo está pasando mal porque me ve sufrir aquí. Al final están todos encantados de que termine”, cuenta. En sus palabras se mezcla el alivio con la dureza de una situación que, según relata, se ha ido haciendo cada vez más cuesta arriba.

Una de las razones principales de ese hartazgo es la presión económica con la que dice convivir cada mes. “Llega final de mes y vuela todo. No ves un euro con impuestos, HaciendaNos machacan, es un saqueo continuo”, protesta. A su juicio, el problema no es solo que todo haya subido, sino que un bar pequeño como el suyo no puede repercutir ese aumento en los precios al mismo ritmo. “Tal y como está la vida, que ha subido todo, no puedes subir los precios en la misma medida. Vas ajustando y ajustando”, señala.

A eso se suma, además, el coste de mantener un local antiguo abierto cada día. El Molino no es un negocio recién estrenado y, como recuerda su responsable, las averías forman parte del día a día. “Gana dinero el empresario que tiene 200 o 500 empleados, pero este local es antiguo y hay averías. Arreglar estas cosas es tela marinera”, asegura. Es una queja que repite con la sensación de quien ha tenido que hacer cuentas demasiadas veces para que todo siguiera funcionando.

Pese a ese desgaste, el cierre también está dejando momentos especiales. Josean admite que estos últimos días han sido emocionalmente intensos por la reacción de una clientela con la que ha compartido casi media vida. “Es una pasada con la de gente que he conocido en estos 41 años. Son unos días impresionantes con la gente despidiéndose, algún regalo como bombones”, relata. Esa despedida está siendo, probablemente, la parte más amable de un final que llega marcado por el agotamiento.

Si algo ha dado fama a El Molino durante todos estos años ha sido su oferta casera y, sobre todo, una tortilla de patata que muchos clientes siguen señalando como una de las mejores de la zona. El propio Josean lo resume sin rodeos: “Lo más conocido del bar El Molino son los fritos caseros que preparamos al día, la ensaladilla especial picante, diferente a todas, y la tortilla de patata, que es la estrella”. Y dentro de esa estrella hay una versión ganadora: “La que más sale es la que tiene cebolla”.

Las reseñas de quienes han pasado por el local refuerzan esa buena fama que ha acompañado al negocio hasta el final. “Una tortilla riquísima y un trato exquisito, además de un precio como en todos los demás bares”, dice uno de esos comentarios. Otro va en la misma línea: “Siempre que vengo a Pamplona intento pasarme a tomar el pincho. El trato es agradable aunque lo mejor son los pinchos muy variados. Una de las mejores tortillas que he probado”.

Ahora, cuando por fin se acerca el momento de cerrar la persiana, Josean solo piensa en parar. No habla de viajes ni de grandes planes, sino de descansar de verdad por primera vez en mucho tiempo. “Ahora de momento igual hibernar porque llevo años que ni duermo ni descanso. Solo duermo cuatro horas por las preocupaciones y no me muevo del bar hasta que cierro”, confiesa.

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