SOCIEDAD
El pueblo de Navarra que esconde brujas en sus cuevas milenarias y aún vibra con aquelarres
Su fama mundial no viene de la arquitectura, sino de lo que pasó aquí en 1609-1610: la mayor caza de brujas de la Inquisición española.
Imagina un rincón pirenaico donde la niebla se enreda en las hayas, las cuevas respiran historias prohibidas y los vecinos llevan un mote que evoca hogueras, pactos nocturnos y magia negra. Ese lugar existe en Navarra. Se llama Zugarramurdi y es mucho más que un pueblo: es el epicentro de una de las leyendas más oscuras y fascinantes de España.
Con solo unos 200 habitantes y pegado a la frontera francesa en el valle de Baztán, Zugarramurdi parece sacado de un cuento gótico. Calles empedradas flanqueadas por caseríos de piedra y madera, tejados a dos aguas, prados verdes que se pierden en el horizonte y, sobre todo, unas cuevas kársticas que atraviesan la montaña como venas secretas. Su fama mundial no viene de la arquitectura, sino de lo que pasó aquí en 1609-1610: la mayor caza de brujas de la Inquisición española. Doce personas (la mayoría mujeres) fueron acusadas de celebrar aquelarres en la cueva principal, volar en escobas, invocar al diablo y practicar hechizos. El Auto de Fe de Logroño las condenó, seis murieron en la hoguera y el resto en prisión. Desde entonces, el pueblo se conoce como “el pueblo de las brujas”, un apodo que nació de aquel terror y que hoy se reivindica con orgullo, ironía y hasta turismo mágico.
El origen del mote es clarísimo: los procesos inquisitoriales que se extendieron por la zona (y que inspiraron hasta la película de Álex de la Iglesia). Pero lo curioso es cómo Zugarramurdi ha transformado esa sombra histórica en luz: hoy celebra la brujería como patrimonio cultural, con una fiesta ancestral cada verano y un museo que cuenta la verdad detrás del mito.
Empieza por lo más icónico: las Cuevas de Zugarramurdi, un laberinto subterráneo de 120 metros de largo excavado por el río Olabidea. Recorre el sendero que une la Cueva Grande (donde supuestamente se celebraban los akelarres) con la Cueva del Infierno y la del Conejo. La luz natural que se filtra por las grietas crea un ambiente casi sobrenatural; en días nublados, jurarías oír susurros. Junto a las cuevas está el Museo de las Brujas, moderno y muy bien montado: exposiciones sobre mitos, herbología, el juicio de 1610 y hasta un espacio para desmontar estereotipos. Te deja pensando: ¿hubo realmente brujería o fue histeria colectiva y misoginia?
Baja al centro del pueblo: la Iglesia de Santa María de la Asunción (siglo XVII), sobria por fuera pero con un retablo barroco impresionante por dentro. Pasea por la calle Lapiztegia, la principal, con sus caseríos floridos y el Ayuntamiento. No te pierdas el Prado del Akelarre (Sorginen Leizea), un claro rodeado de bosque donde cada año, el 18 de agosto (o cerca), se revive la Noche de las Brujas con hogueras, danzas y representaciones teatrales que mezclan folklore y teatro.
Para los que buscan naturaleza no hay mejor lugar, con docenas de rutas por los alrededores: senderos fáciles hacia el monte Adarrabi o hacia el río Baztan, con vistas al valle y a Francia. Si viajas en otoño, el hayedo se tiñe de oro y el ambiente se pone aún más mágico.
Después de tanto misterio, toca sustento vasco-navarro de calidad.
Zugarramurdi no es solo un destino de Halloween prematuro. Es un pueblo que abraza su pasado oscuro para convertirlo en encanto, folklore vivo y una invitación a cuestionar qué es real y qué leyenda. Ve en verano para las fiestas o en otoño para los colores del bosque. Pero sea cuando sea, prepárate: al salir de las cuevas, mirarás dos veces a las sombras… por si acaso alguna bruja aún ronda por ahí.