COMERCIO LOCAL
Conchi, 30 años en su mercería de barrio en Pamplona: "Ahora se trata de subsistir, esto es muy duro"
Habla de altibajos, pero insiste en una tendencia general: “La realidad es que cada vez se vende menos”.
Conchi García Gómez abre la persiana como lo ha hecho miles de veces en Pamplona. Se coloca tras el mostrador, mira las estanterías de siempre y se prepara para otra jornada de horario partido, sábado incluido. Lleva 30 años en esto y, aun así, no disimula la crudeza del momento: “Ahora se trata de subsistir. Esto es muy duro”.
La historia sucede en un local pequeño, con alma de barrio: la mercería Conchi, en el barrio de la Chantrea, en la plaza Ezkaba. Allí, Conchi ha sostenido durante tres décadas un negocio que vive del trato cercano, de la costumbre y de esa clientela fiel que aún prefiere entrar, preguntar y salir con la bolsa en la mano.
La mercería se mantiene como un punto de apoyo cotidiano. “Procuramos tener de todo un poco. Y un buen trato con las clientas y ayudarles en lo posible”, explica. En sus baldas se mezcla lo práctico con lo de siempre: calcetines, medias, hilos y un surtido amplio de ropa para niño, caballero y mujer, tanto interior como de calle.
Conchi, pamplonesa, tiene 62 años “recién cumplidos”. Y aunque en su día iba para administrativa, la vida la empujó hacia una decisión que le cambió el rumbo. Se hizo cargo de una de las mercerías más antiguas del barrio, la de las hermanas Iroz, abierta en la plaza Ezkaba desde hace unos 60 años. Ella no venía del sector y lo cuenta con una sonrisa que no oculta el vértigo: “Entré de cero patatero. No sabía por dónde me daba el aire”.
Por dentro, la tienda sigue conservando esa estética reconocible que parece detenida en el tiempo. Las estanterías mantienen el mismo estilo antiguo y a Conchi le gusta así. “Me gusta el estilo de siempre y así mantiene su carácter”, comenta, orgullosa de que el local no haya perdido su esencia.
Lo que sí ha cambiado —y mucho— es la batalla para mantenerlo a flote. Conchi recuerda los inicios como una carrera de fondo, sin red. “Yo aquí me pegué primero 12 años de alquiler. Muy duro cuando el préstamo estaba más caro. Entras de novata tienes que comprar mucho género y lo he pasado mal”, relata. Después llegó otro paso decisivo: se metió en un préstamo para comprar el negocio. “Y ahora ya es mío”, añade, como quien resume años de apretar dientes.
En el día a día, lo que más sale sigue siendo lo básico, lo que siempre hace falta. “Lo que más se vende son interiores, calcetines, bastante pijama, sobre todo de caballero. Es la típica tienda de pueblo donde lo único que no hay es comestible”, bromea, y en esa risa se nota la mezcla de orgullo y resistencia.
Pero la realidad aprieta. Y Conchi lo dice sin adornos. “Subsisto de la gente que no controla Amazon ni internet, que nos hace mucha pupa”. En la Chantrea quedan pocas mercerías. “Aquí detrás hay otra que es más de arreglos. Otra está en la parte baja del barrio. Como mercerías quedamos dos”, enumera. Y lo que ve alrededor no le tranquiliza: “La tendencia es a desaparecer las tiendas pequeñas”.
Cuando le preguntan por el relevo, no se hace ilusiones. “Yo creo que no. Tienda que se cierra ya no se abre”, señala. Habla del horario “muy desagradable”, de trabajar mañana y tarde y de los sábados por la mañana. Y añade una frase que pesa: “O tienes mucho dinero para invertir en una tienda pequeña o nada”. Ella, de hecho, lo ha vivido en primera persona: “He estado muchos años sin llevarme un duro a mi casa”.
En casa tampoco hay continuidad. Su hijo tiene 24 años, se llama Ibai y es informático. “Nada que hacer”, resume Conchi, consciente de que son mundos distintos y de que el comercio ya no seduce como antes.
A las dificultades del día a día se suma, según denuncia, el golpe de los costes y los impuestos. Conchi pone cifras concretas sobre la mesa: “Las tasas que pagamos son muy caras. Es el 21% de IVA más el 5,2% de recargo de equivalencia. Una prenda sale carísima. Es un dineral y para el pequeño comercio es un sablazo. Nos están pegando por todos lados”.
También forma parte de la asociación de comerciantes del barrio y, allí, la sensación es compartida. “Vemos que estamos desapareciendo. Da mucha pena y no hay gente que coja el comercio para seguir”, explica. Habla de altibajos, pero insiste en una tendencia general: “La realidad es que cada vez se vende menos”.
En Navidad lo notó especialmente. “De tres años a aquí no tiene nada que ver con lo que era los años anteriores”, afirma, dejando claro que el consumo ya no es el de antes, ni en fechas que siempre habían dado aire a las tiendas.
Pese a todo, hay algo que la mantiene. Conchi lo dice con una mezcla de emoción y gratitud: “Lo mejor de todo es el trato con la gente porque son muchos años de contacto con los clientes. Yo les estoy muy agradecida”. La Chantrea es “un barrio mayor”, aunque empieza a llegar gente más joven. Ella nació en el barrio en 1963, aunque vive en la Rochapea desde hace muchos años.
Y en esa convivencia entre generaciones, Conchi identifica la clave de su supervivencia. “Se subsiste porque la gente mayor sigue viniendo”, explica. Ella misma intenta predicar con el ejemplo y lo cuenta desde su propia experiencia de consumo: “Siempre compro en comercio pequeño, pero la juventud de ahora no tiene ese concepto”. Luego, sin elevar el tono pero sin callarse, lanza su crítica: “Dicen las autoridades que hay que potenciar el pequeño comercio y no se hace nada”.