COMERCIO LOCAL
La pescadería más antigua de Pamplona busca fecha para su adiós: "Los jóvenes ya no quieren esto"
“Da para vivir, pero la gente no quiere porque son muchas horas. Empiezas a las 4 de la mañana y acabas a las 3 de la tarde", asegura.
Fermín Ilarregui Suberviola lleva toda una vida entre cajas de pescado, hielo y madrugones en Navarra. A sus 66 años, calcula que suma ya unos 50 años trabajando en el negocio familiar, al que llegó con solo 18. Lo dice con la naturalidad de quien ha convertido la rutina en forma de vida y de quien ha pasado media existencia detrás de un mostrador que ha visto cambiar el barrio, los clientes y también el oficio.
Ese mostrador es el de Pescados Presen, uno de los puestos de toda la vida del mercado del Ensanche de Pamplona. El mercado cumplió ya 75 años y fue inaugurado el 4 de julio de 1948, aunque los primeros puestos no se colocaron hasta meses más tarde. Allí ha transcurrido prácticamente toda la trayectoria laboral de Fermín, que heredó un negocio con mucha historia y con un fuerte vínculo familiar.
La pescadería fue de su madre, Presen Suberviola Uzqueda, natural de Mendavia, que falleció en 2016 con 93 años. Su padre era de Yaben, en Basaburúa, y ya estaba vinculado al mercado cuando abrió sus puertas. “Calculo que llevaré unos 50 años y yo tengo 66. Estoy aquí desde los 18 años”, relata Fermín, que además llegó a presidir la asociación de comerciantes del mercado del Ensanche en 2007.
Después de tantas décadas, asegura que el puesto sigue siendo uno de los más veteranos del recinto. De hecho, cree que puede ser directamente la pescadería más antigua que queda abierta no solo dentro del mercado, sino también fuera de él. “Es de los puestos más antiguos. Se han ido jubilando y ya no queda nadie. Creo que será la pescadería más antigua del mercado y del resto también. Llevo toda la vida aquí. Nos hemos acostumbrado y disfrutamos”, comenta.
Ese recorrido, sin embargo, no tendrá relevo en casa. Fermín lo cuenta sin dramatismos, pero con la certeza de que los tiempos han cambiado. “Tengo dos chicas, Eugenia y Sara, de 27 y 23 años. Una trabaja en una oficina y la otra en Chile en un máster. La madre, Inés, no me dice nada porque sabe que no lo voy a dejar”, señala entre risas. Y acto seguido deja claro que no habrá tercera generación al frente del negocio: “No, esto ya no lo quiere nadie. La gente joven no quiere saber nada”.
La jubilación aparece ya en el horizonte, aunque todavía sin fecha fija. Fermín reconoce que está en ese momento en el que el final se ve cerca, pero aún no termina de ponerle día en el calendario. “Estoy al límite de la jubilación. Ya queda poco. Aún me queda un año o más. Depende de las circunstancias que vayan surgiendo. No tengo ni idea”, admite.
Buena parte de esa falta de relevo se explica por las condiciones de un trabajo que exige mucho sacrificio. El suyo empieza de noche, cuando buena parte de la ciudad duerme, y termina entrada la tarde. “Da para vivir, pero la gente no quiere porque son muchas horas. Empiezas a las 4 de la mañana y acabas a las 3 de la tarde. Son 12 o 13 horas todos los días”, explica. Él mismo baja a comprar el género o se desplaza a San Sebastián para recoger pescado.
El negocio, cuenta, sigue saliendo adelante, aunque ya no se parece al de antes. Fermín ha visto cómo ha cambiado la manera de comprar y también cómo el precio del producto ha ido cerrando el paso a muchas ventas. “El negocio va tirando. No es como antes. Antes había mucho pescado y ahora hay poco y con el pescado caro se vende menos. Tiene que haber pescado barato para que se venda”, sostiene.
También el equipo se ha ido reduciendo con los años. Hubo una época en la que en la pescadería llegaron a trabajar siete u ocho personas. Ahora solo quedan dos. Junto a él está Ladys, la empleada que le acompaña en el día a día. “Hemos llegado a estar siete u ocho personas y ahora solo dos. No tiene nada que ver con lo de ahora. La forma de comprar de la gente ha cambiado todo en pocos años”, explica.
A pesar del desgaste, Fermín no habla desde la queja continua, sino desde la costumbre y el apego a un oficio que le sigue gustando. “Vamos aguantando. Estamos contentos, es lo que nos toca”, resume. Y cuando mira al mostrador, sigue viendo lo que siempre ha visto: un negocio marcado por las temporadas y por el pulso de la clientela. “Yo estoy contento porque me gusta. Me ha gustado siempre. Lo que más vende va por temporadas. Hasta hace poco el calamar, luego la anchoa en primavera y en verano el bonito y el atún”, cuenta.