Aitor Beraza Acha ha pasado media vida detrás de un puesto ambulante de pastas en varios mercadillos de pueblos de Navarra. Natural de Ansoáin, tiene 37 años y lleva desde los 17 en un oficio que ha heredado de su padre, Luis Miguel Beraza Alcuaz, después de que una crisis laboral empujara a la familia a buscarse la vida en la venta ambulante.
“Todos los martes en Barañáin, los miércoles en Burlada, los jueves en Villava y los sábados en Berriozar, que corra la voz”, asegura Aitor, que vende sus productos bajo el nombre de Pastas Beraza. Su lema se escucha cada semana entre los clientes: “Pastas Beraza, las mejores de la plaza”.
Los martes por la mañana monta su puesto en Barañáin, muy cerca de otros vendedores habituales del mercadillo. Allí comparte espacio con el frutero de Lerín, al que también se oye desde lejos anunciar sus productos, y con Roberto, de Frutas San Juan, que llega desde Calahorra.
La historia del negocio empezó con su padre. “Mi padre se quedó sin trabajo por una crisis gorda y se tiró al mercadillo. Desde entonces así ha sido”, explica Aitor. Él también acabó en el puesto casi por casualidad: “Iba a estudiar, pero un verano me puse a trabajar con él y hasta el día de hoy”.
Aitor es hijo único y reconoce que este mundo ha marcado toda su vida. “Yo llevo 20 años. Tengo 37 y desde los 17 años estoy en este mundillo”, cuenta. En el mercadillo de Barañáin su puesto es casi el único especializado en pastas, algo que menciona con orgullo y con humor: “Hay otro chico por ahí, pero no tiene nada que hacer conmigo”.
El vendedor navarro presume de seleccionar cada producto con mucho cuidado. “Las lenguas son de Calahorra, las rosquillas son de Olite, la otra rosquilla es de Donezar, de Pamplona; las vainillas son de Zaragoza y las mantecadas son de Vidaurre, de Olite”, enumera. “Todo meticulosamente seleccionado. Me dedico a traer lo mejorico a cada pueblo”, añade.
Los productos que más se venden son los dulces clásicos, los de siempre. “Lo que más se vende es lo más clásico, como las palmeritas, los lazos, las magdalenas, las lenguas y las rosquillas a puñados”, señala Aitor. También ofrece otros productos, como cruasanes con chocolate, aunque reconoce que “es otro tipo de venta”.
El negocio no tiene tienda física y se apoya únicamente en los mercadillos semanales. “Yo hago cuatro mercados a la semana y punto pelota”, resume. Aitor asegura que el oficio permite salir adelante, aunque admite que no es como antes: “Antes era mucho mejor. Esto va perdiendo con los impuestos, que te fríen cada vez más, pero bueno, vamos para adelante. Da para tirar”.
La constancia es una de las señas de identidad de Pastas Beraza. “No fallamos ni un día, hasta con 40 de fiebre estamos aquí”, afirma Aitor. Cada jornada empieza muy pronto, antes de que los clientes lleguen al mercadillo y cuando todavía toca montar todo el puesto desde cero.
“Para las seis y media de la mañana ya estamos montando el puesto y para las siete y media u ocho arrancamos”, explica. Antes, sale de Ansoáin sobre las seis menos cuarto, pasa por la bajera, coge la furgoneta y prepara todo lo necesario para vender durante la mañana.
Aitor reconoce que le gusta el oficio porque lo ha vivido desde pequeño. “A mí me encanta. Tampoco he conocido otra cosa. Lo he mamado toda la vida desde chaval y estoy a gusto”, asegura. Sin embargo, también admite la parte más dura: “El tiempo es horroroso. Estás pendiente de qué va a hacer mañana, si llueve o no, el frío y el calor. Es lo peor que tiene”.
Sobre una posible tercera generación, responde con su habitual sentido del humor. “Yo estoy deseando tener un cachorrico, pero mi novia no quiere. Me acompaña alguna vez, pero esto no le va. Es ingeniera industrial y está a lo suyo”, comenta. Aitor se despide convencido de que aún se puede vivir del mercadillo, aunque lanza una última broma: “Se puede vivir de esto, pero que no se enteren y pongan otro puesto al lado mío”.