COMERCIO LOCAL
Mari Carmen, tercera generación en su pescadería de un pueblo de Navarra: "Es bonito, pero es muy duro"
"Estoy muy orgullosa. Me encanta la pescadería”, afirma. Hace poco han hecho una reforma y, ahora mismo, trabajan dos personas.
Mari Carmen escucha el despertador cuando todos duermen. A las cinco de la mañana ya está en pie y, cuando muchos todavía van por el primer café, ella ya ha movido cajas, ha hecho cuentas y ha empezado a preparar el género en un pueblo de Navarra. La jornada se le alarga hasta las tres de la tarde, y aun así el trabajo no siempre se queda en la persiana bajada: “Si no es aquí, en casa”, cuenta. “Es bonito, pero es muy duro”, resume con la naturalidad de quien lo vive cada día.
Ese esfuerzo tiene un escenario muy concreto: la Pescadería Olaverri, en Villava, a solo tres kilómetros de Pamplona. Está en la calle Ricardo Bel número 6, en pleno centro, y es la única pescadería que se mantiene abierta en toda la localidad. La dirige Mari Carmen Olaverri Igartua, de 43 años, y lo hace con una mezcla de orgullo y responsabilidad: es la tercera generación de una familia que ha vivido del pescado durante décadas.
Antes el negocio se llamaba Hermanos Olaverri. “Era de mi tío Jesús Mari, que ya se jubiló, con mi padre. Yo soy la tercera generación”, explica. Ella habla sin adornos: le encanta lo suyo, pero también sabe lo que cuesta sostenerlo, sobre todo cuando el mostrador depende de muchas horas, muchas manos… y, en su caso, casi de todo.
La historia familiar empezó en 1971 con la actual pescadería, pero ya antes su abuelo, Marcelino Olaverri, vivía en Arre y pescaba en el río del pueblo madrillas y truchas. Después, su padre, José Ignacio Olaverri Busto, las vendía por los pueblos como podía: primero en bicicleta, luego en una moto y, más adelante, en una pequeña camioneta. De ahí salió una forma de vida que se fue haciendo grande a base de kilómetros.
Con el tiempo, la familia compró el local actual y abrió la pescadería en 1971. Allí trabajaba su madre, Juana Igartua Echarri, mientras su padre montaba otra pata del negocio: puso en marcha dos camiones de venta ambulante que recorrían Roncesvalles, Burguete, las Abaurreas y Burgui. Años después, Mari Carmen se incorporó y empezó a trabajar con su madre en la pescadería, aprendiendo el oficio desde dentro, sin atajos.
La situación cambió de golpe cuando su padre falleció de cáncer con 59 años. “Tuvimos que dejar los camiones de venta ambulante”, recuerda. Aun así, ella siguió. “Ser la tercera generación es un orgullo para mí, por supuesto. Estoy súper orgullosa. Me encanta la pescadería”, afirma. Hace poco han hecho una reforma y, ahora mismo, trabajan dos personas. Su madre sigue apareciendo por allí: “Viene a coger pescado y de visita”.
Pero el día a día, insiste, se ha puesto cuesta arriba. “Estamos en unos tiempos cada vez más difíciles. Tenemos cada vez más impuestos, nos hacen pagar más. Nos comen a impuestos”, lamenta. Y lo dice con una frase que se le escapa con rabia contenida: “Cuanto más ganas, más te quitan. Siento que nos ahogamos”.
Como autónoma, reconoce que se plantea “muchas cosas” porque el negocio exige más que una jornada normal. “No metemos ocho horas, metemos muchas más. Estamos todo el día”, afirma. Pese a todo, señala que la clientela responde: “La gente sigue comprando. Tengo una clientela de cien, de toda la vida”.
La parte que más pesa no siempre se ve. Ella va a la lonja, carga, prepara, limpia, atiende, organiza. “Hago yo todo. Voy a la lonja y lo que haga falta”, repite. Y cuando piensa en el futuro, le entra el vértigo: “No sé si me veo con 60 años cogiendo el camión del pescado, yendo al mercado, tirando de caja y volviendo aquí”. Lo dice sin dramatismo, como quien habla de un esfuerzo real, físico, que se acumula con los años.
En casa también se nota el ritmo del negocio. Mari Carmen tiene dos hijos, Enara e Ion, de 15 y 13 años, y quiere que entiendan lo que hay detrás del mostrador. “Intento que valoren también el trabajo de su madre”, explica. De hecho, a la mayor le toca arrimar el hombro cuando llega el momento: “A la mayor de 15 años le hago venir un poco en Navidades para que me ayude y para que se impliquen”.
Y mientras ella encadena madrugones, en redes sociales aparecen los mensajes que, al menos, le devuelven algo de aire. “Excelente género. Excelente el trato. Una maravilla. Muy recomendable”, destaca una reseña. Otra subraya el ambiente: “Es agradable ir a comprar, da gusto verles trabajar, pasas un buen rato, divertido, dan buen rollo…”. Y una tercera lo deja por escrito con entusiasmo: “Primero, la pescatera Mari Carmen encantadora y servicial. Segundo, el pescado y todo lo demás excelente y espectacular!!! Y tercero, no hay una pescadería donde comprar mejor y bueno”.