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COMERCIO LOCAL

El histórico bar de Pamplona donde las albóndigas y la tortilla de patatas desaparecen: “Es lo que más gusta”

Los platos caseros siguen siendo el alma del bar: "Las recetas son de mi madre y de mi abuela, y eso la clientela lo nota", aseguran.

Tomás Bayona y Uxua Martínez en el bar Amaya de Pamplona. Navarra.com
Tomás Bayona y Uxua Martínez en el bar Amaya de Pamplona. Navarra.com

Es uno de los locales más emblemáticos del segundo Ensanche de Pamplona, sigue siendo un referente gastronómico casi 75 años después de su apertura. Ubicado en la calle Amaya, número 20, en la esquina con la calle Tafalla, este bar de tradición familiar ha resistido el paso del tiempo con la misma esencia con la que comenzó.

El bar está muy cerca de otros establecimientos que hemos conocido de comercio local en la capital navarra, como el desaparecido bar Manila o la tienda Mangado de reparación de calzado.

Un cartel en el interior del bar deja claro su legado: "Tercera generación de la familia Martínez Vicario. Desde 1970 hasta la actualidad". Sus orígenes se remontan a cuando Francisco Martínez Mangado y Elvira Vicario tomaron las riendas del negocio tras dejar otro local cercano.

Uxua Martínez Vicario y su marido, Tomás Bayona Ruiz, los dos con 55 años, mantienen viva la tradición familiar tras 37 años años casados y desde 2012 trabajando juntos en el bar.

"Mis padres llevan aquí desde antes de que yo naciera, creo que nací en el bar", comenta con una sonrisa Uxua, recordando cómo su padre empezó primero como camarero antes de quedarse con el negocio del bar Amaya.

"Cuando se jubilaron, nos quedamos mi hermana y yo, pero ella se marchó y entonces Tomás dejó su trabajo en una fábrica para venir al bar". Su hijo Igor también trabajó con ellos, pero tras la pandemia, en 2021, encontró otro empleo en hostelería en Olite.

Los platos caseros siguen siendo el alma del bar. "Las recetas son de mi madre y de mi abuela, y eso la clientela lo nota", asegura Uxua, mientras enumera las especialidades que han conquistado a generaciones de clientes: ajoarriero, callos, manitas, albóndigas, carrilleras y pulpo, además del insuperable torrezno de Soria y la icónica tortilla de patata, que "vuela" nada más salir de cocina.

Los fritos también tienen legión de seguidores: jamón y queso, gamba, calamar, pimiento, tigre, croquetas de jamón y de rabo de toro. Además, las tostadicas de salmón, bacalao ahumado, anchoas y jamón ibérico son una apuesta segura. "Los clientes se dan codazos por ellas", dice entre risas.

La clientela fiel es otro sello del Bar Amaya. "Visi tiene casi 90 años y sigue viniendo. Era amiga de mis padres y aquí sigue, como muchos otros que han convertido el bar en su segunda casa", explica Uxua. Sin embargo, reconoce que los tiempos han cambiado: "La clientela ha bajado porque el mercado del Ensanche también ha perdido movimiento. Antes la gente venía a comprar y luego pasaba por el bar, ahora han cambiado los hábitos".

El almuerzo y el picoteo de tarde siguen funcionando, pero las cenas han ido perdiendo fuerza. "No sé si es por la pandemia, pero se nota. Antes se cenaba más, ahora la gente prefiere un par de pintxos y listo", observa Uxua, que ha apostado por recuperar platos tradicionales como el relleno con sangrecilla o los riñonicos al Jerez para ofrecer opciones de toda la vida.

Cuando llegan los Sanfermines, el bar vive momentos de máxima actividad, con almuerzos y comidas que llenan el local. "Por la noche baja, pero de ocho a diez de la noche hay movimiento. No como antes, pero algo hay", admite. A pesar de los cambios en los hábitos de consumo, el Bar Amaya sigue siendo un rincón imprescindible del barrio, con su pequeña terraza siempre ocupada y un ambiente que invita a quedarse.

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